Pagar caro no es el problema. Nunca lo ha sido. El problema empieza cuando el precio llega a la mesa sin explicación, sin contexto y sin sustento. Cuando la cuenta aparece como un acto de fe y no como la consecuencia lógica de un proceso.
En México hemos aprendido a discutir precios como si fueran valores morales. Caro es malo, barato es bueno. Y no: caro puede ser justo, necesario y hasta ético. Barato puede ser abuso, simulación o trampa. El precio, por sí solo, no dice nada. Lo que importa es por qué cuesta lo que cuesta.
Un plato puede costar 400 pesos y ser honesto. Otro puede costar 120 y ser una farsa. La diferencia no está en la cifra, sino en la historia que la respalda: el origen del producto, el tiempo invertido, la técnica aplicada, las condiciones laborales detrás, la estacionalidad asumida. Cuando nada de eso se explica, el precio se vuelve sospechoso.
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Hoy pagamos más por comer fuera, sí. Pero no siempre pagamos mejor. Hay restaurantes que subieron precios sin mejorar producto, servicio ni experiencia. No porque la inflación los haya alcanzado, sino porque entendieron que el comensal está dispuesto a pagar… aunque no sepa por qué. Ahí no hay encarecimiento: hay oportunismo.
El problema es que dejamos de hacer preguntas. Preguntar parece incómodo, clasista o pretencioso. “¿Por qué cuesta esto?”, “¿de dónde viene?”, “¿qué lo justifica?”. Preferimos el silencio para no parecer ignorantes o conflictivos. Y ese silencio es el mejor aliado del precio inflado.
Tampoco se trata de exigir pedagogía exhaustiva ni discursos grandilocuentes. Nadie pide una cátedra en cada plato. Pero sí un mínimo de coherencia. Si el precio no se puede explicar con palabras simples, probablemente no se sostiene con hechos.
El precio también comunica postura. Dice qué se valora y qué se sacrifica. Un restaurante que paga mal pero cobra caro no está vendiendo lujo, está vendiendo desigualdad maquillada. Uno que cobra lo justo y explica sus límites está haciendo algo más raro y más valioso: respeto.
Pagar caro sin saber por qué no es aspiracional. Es renunciar al criterio. Y comer sin criterio es aceptar cualquier cosa con tal de sentirse parte.
No se trata de comer barato ni de comer caro. Se trata de saber qué estás pagando. Porque cuando el precio no se entiende, el abuso se normaliza. Y cuando eso pasa, el problema ya no es gastronómico: es ciudadano.
