Recomendar parece un acto inocente. Casi generoso. Pero en gastronomía —donde el dinero, el prestigio y la expectativa están en juego— recomendar no es un gesto neutro. Es una forma de poder. Y como todo poder, debería ejercerse con criterio.
El problema es que hoy se recomienda demasiado y se piensa muy poco.
Vivimos en la era de la recomendación compulsiva. Todo se recomienda: restaurantes recién abiertos, lugares visitados una sola vez, experiencias pagadas con descuento, menús incompletos. Se recomienda por entusiasmo, por compromiso, por intercambio o por simple inercia algorítmica. Rara vez por análisis.
Te podría interesar
Ahí está el primer error: confundir experiencia personal con orientación pública.
Que algo te haya gustado no significa que debas sugerírselo a los demás. Recomendar implica asumir que tu experiencia es transferible, que las condiciones se repiten y que el receptor no saldrá perjudicado por confiar en tu palabra. Eso ya no es opinión: es responsabilidad.
Recomendar sin contexto es una forma elegante de desinformar.
No es lo mismo sugerir un restaurante de barrio que empujar a alguien a gastar una quincena entera en una experiencia mal entendida. No es lo mismo hablarle a tu círculo cercano que a miles de personas. El alcance cambia la ética. Y sin embargo, muchos recomiendan como si no hubiera consecuencias.
Parte del problema es que se ha romantizado la figura del "curador", el que "sabe dónde ir". Pero saber dónde ir no es saber por qué ir, ni para quién. Sin ese filtro, la recomendación se vuelve ruido. Peor aún: engaño involuntario.
Recomendar también implica saber decir no. No recomendar lo que no entendiste. No recomendar lo que no probaste completo. No recomendar solo porque te invitaron o te trataron bien.
Por eso abundan las recomendaciones tibias, infladas, sin aristas. Todo "vale la pena". Todo es "imperdible". Cuando todo lo es, nada lo es.
No todo el mundo debería recomendar, y eso no es un insulto. Hay quien comunica, quien entretiene, quien documenta. Todos esos roles son válidos. El problema empieza cuando se simula autoridad sin asumir la carga que conlleva.
Recomendar bien exige más que gusto. Exige memoria, comparación, honestidad intelectual y la capacidad de admitir límites. Decir "esto no lo sé" o "esto no es para todos" debería ser parte natural del discurso. Pero en un ecosistema que premia la certeza falsa y castiga la duda, eso cuesta.
Tal vez por eso 2025 no necesita más recomendaciones. Necesita menos, pero mejores. Menos entusiasmo automático y más contexto. Menos "ve" y más "piensa si te conviene".
Porque cuando alguien recomienda, no solo habla de un lugar. Habla de sí mismo. De su criterio. De su ética. De qué tan dispuesto está a poner su palabra en juego.
Y eso sí importa. Especialmente cuando se empieza un año nuevo.
