Fue el Dr. Alberto Peralta de Legarreta quien me lo señaló con la precisión de quien lleva años estudiando el lenguaje: "espectacular" ya no describe nada. Lo repiten tanto que se vació.
Y tiene razón. Escúchenlo en cualquier mesa, en cualquier reseña, en cualquier video de alguien con iPhone y delantal de cuero: es-pec-ta-cu-lar. Sílaba por sílaba, como si el énfasis compensara la ausencia de argumento. Un aguachile tibio: espectacular. Un taco de canasta recalentado con el aceite de tres días: espectacular. Una cadena de autor con PR de lujo, menú de doce tiempos y lista de espera de un mes: es-pec-ta-cu-lar.
La palabra viene del latín spectaculum: aquello que se mira. No que se huele, no que se mastica, no que se digiere. Que se mira. Ahí está el problema en una sola etimología.
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Cuando un foodie —o alguien que se ostenta como tal— reduce su juicio a "espectacular", no está describiendo un sabor ni una técnica ni una memoria gustativa. Está describiendo una emoción visual, superficial, de consumo inmediato. Está, en el fondo, describiendo contenido. Y la cocina, cuando es cultura de verdad, no es contenido: es contexto, es historia, es territorio puesto en el paladar.
El problema no es solo semántico. Es de fondo. Usar "espectacular" de manera sistemática normaliza una forma de relacionarse con la gastronomía que la trata como entretenimiento, como show, como experiencia Instagram-able antes que como hecho cultural. Y cuando el lenguaje se rinde, la crítica también.
No pido que nadie se ponga solemne frente a un taco. Pido que quien escribe sobre comida tenga al menos la decencia de buscar la palabra justa. Que diga si el chile está tatemado o quemado. Que distinga entre acidez y frescura. Que explique por qué ese mole tiene doce chiles y ese otro tiene tres, y qué cambia en el cuerpo cuando los pruebas.
Eso es crítica gastronómica. Lo otro es publicidad con buena fotografía.
La próxima vez que alguien te diga que algo es espectacular, pregúntale qué probó exactamente. Verás que casi nunca sabe responder.
