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La calle no mintió, el estadio sí

La calle no ha subido los precios por decreto FIFA, la calle sigue siendo la calle; a unas cuadras del estadio el taquero de siempre sigue en su esquina, no subió precios porque llegó la FIFA. | Yoab Samaniego

Escrito en OPINIÓN el

Hay dos mundiales en la misma ciudad. En uno, el taco cuesta 35 pesos y una cerveza no llega a los 90. En el otro, un paquete de alitas y quesos para un palco de doce personas puede costar más de 10 mil dólares. Los dos tienen lugar en la Ciudad de México. Los dos llevan el nombre del ismo evento.

Hacia afuera, CDMX ha resultado ser —según el análisis de la firma The Action Network— la sede mundialista con los precios más accesibles del torneo: gasto diario estimado en comida de 11.62 dólares por persona, cerveza promediando 3.37 dólares. Los números hacen sentido para cualquiera que conozca cómo come esta ciudad. La calle no ha subido los precios por decreto FIFA. La calle sigue siendo la calle.

Hacia adentro del Estadio Ciudad de México, la lógica es otra. El organismo rector del futbol mundial instaló un monopolio de consumo: ningún asistente a los palcos puede ingresar alimentos ajenos a los autorizados. El menú lo controla la FIFA. Los precios también. El resultado es un esquema donde agua y bocadillos alcanzan, literalmente, valor de artículo de lujo.

El paquete básico de hospitalidad gastronómica para un palco de doce personas —cinco partidos— cuesta 35,400 dólares. El premium llega a 75,000. La diferencia entre uno y otro, según los documentos revisados, es principalmente el alcohol y la variedad del menú. En términos económicos: casi 40,000 dólares por unas botellas adicionales y más opciones en la carta. La ecuación no es de restauración. Es de monopolio.

El estadio mexicano es, curiosamente, el único de las 16 sedes del torneo que no cedió el control total de sus palcos a los organizadores. La negociación duró meses. El desenlace fue peculiar: los dueños del palco ganaron el acceso pero perdieron el derecho a llevar su propia comida. Como premio de consolación, se les ofreció el menú FIFA a precios FIFA. Algunos lo llamaron victoria. Otros lo llamaron lo que era: venganza administrativa con gordo bono.

Afuera del estadio, la industria juega su propio partido. La Canirac proyecta un incremento del 30% en ingresos para el sector durante el torneo. Prometió, con voz de gremio responsable, que los precios no subirían más de 10% en 2026. Al mismo tiempo, los menús mundialistas ya circulan: paquetes por persona de 750 a 790 pesos en cadenas que antes cobraban la mitad por la misma propuesta. El nombre técnico del fenómeno, según consultores especializados, es "gentrificación gastronómica temporal". Lo que significa, sin eufemismos: cobrarle al turista lo que el local no puede pagar.

La FIFA, por su parte, no es nueva en este negocio. Sus propios documentos de candidatura proyectaban un precio medio de entrada de 1,408 dólares. La cifra quedó muy atrás: en el mercado oficial de reventa, una entrada para la final se ofreció esta semana por hasta 230,000 dólares. El presidente del organismo reconoció públicamente que los boletos se revenderán a precios aún más altos. Lo dijo en Davos, sonriendo. La Football Supporters Europe presentó una denuncia ante la Comisión Europea por abuso de posición dominante. La FIFA estudia el expediente.

Mientras tanto, a unas cuadras del Coloso de Santa Úrsula, el taquero de siempre sigue en su esquina. No subió precios porque llegó la FIFA. No diseñó un "menú mundialista experiencial". No necesita Deloitte para proyectar su rentabilidad. Lleva décadas cocinando para el aficionado real, ese que va al partido con el dinero contado, que decide entre la entrada y la cena, que no tiene palco ni paquete de hospitalidad ni 35,400 dólares de presupuesto para unas alitas.

La pregunta que queda, después de revisar todos los números, es simple: ¿quién define qué es la experiencia gastronómica del Mundial? ¿La FIFA con su monopolio de palcos y su carta a precio de platino? ¿Las cadenas restauranteras que ajustan tarifas al tipo de cambio del turista? ¿O la calle, esa que, sin saberlo, ya ganó el primer partido: ser lo más barato y, probablemente, lo más honesto de todo el torneo?

Yoab Samaniego

@yoabsabe