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Lo que Michelin nunca prometió

Michelin no impuso su relevancia a fuerza de decreto, nosotros decidimos que importaba, y con esa decisión convertimos una guía de carretera en el concurso de belleza más caro de la gastronomía. | Yoab Samaniego

Escrito en OPINIÓN el

Anoche, en algún salón con iluminación estudiada, un grupo de chefs esperó una llamada. O no esperó nada porque ya sabía. O esperó sin poder dormir porque llevaba meses cocinando para alguien que no conoce, siguiendo reglas que nadie le explicó con claridad, persiguiendo un reconocimiento cuya lógica interna es, en el mejor de los casos, opaca. Anoche fue la ceremonia de la Guía Michelin para México, y la escena se repitió como se repite cada año en cada ciudad donde la guía tiene presencia: con la solemnidad de un rito y la ansiedad de un examen de admisión.

Conviene recordar, aunque sea brevemente, de dónde viene todo esto. La Guía Michelin nació en 1900. La fabricó una compañía de llantas —sí, de llantas— para convencer a los conductores franceses de que valía la pena usar sus automóviles. Si salías a la carretera, la guía te decía dónde repostar, dónde dormir y dónde comer. Era, en su origen, un instrumento de servicio: un mapa de lo que existe para quien viaja y tiene hambre. No era un jurado. No era una ceremonia. Era, literalmente, publicidad disfrazada de utilidad.

En algún punto del siglo que siguió, la guía se transformó. Primero en autoridad. Luego en institución. Finalmente en tribunal. Y el tribunal, como todos los que se toman demasiado en serio a sí mismos, dejó de preguntarse si seguía siendo útil para quienes supuestamente servía.

El problema no es que Michelin exista. El problema es lo que hemos construido alrededor de su existencia.

Hay chefs —y esto no es especulación, es información que circula abiertamente en la industria— que rediseñan menús pensando en el inspector. Que calibran la experiencia no para el comensal de a pie sino para una figura hipotética, anónima, que llegará en algún momento del año y evaluará según criterios que la guía describe con suficiente vaguedad como para que nadie pueda estar completamente seguro de haberlos cumplido. Que contratan vajilla nueva. Que repiensan la iluminación. Que ajustan el ritmo del servicio. Todo para una audiencia de uno. O de ninguno, si el inspector no aparece ese año.

La pregunta que pocos formulan en voz alta es esta: ¿para quién cocina un restaurante que cocina para Michelin? La respuesta incómoda es que no cocina para ti.

Y sin embargo somos nosotros —comensales, medios, industria— quienes construimos el altar. Michelin no impuso su relevancia a fuerza de decreto. Nosotros decidimos que importaba, y con esa decisión convertimos una guía de carretera en el concurso de belleza más caro de la gastronomía. Decidimos que la estrella valida, que su ausencia descalifica, que el restaurante sin estrellas es un restaurante que todavía no llega. Decidimos, en suma, que el criterio de una compañía de llantas francesa es el criterio que ordena el mérito culinario del mundo.

Hay restaurantes extraordinarios que no aparecen en la guía. Algunos porque no cumplen con los criterios formales. Otros porque no están en ciudades donde Michelin opera. Otros simplemente porque el inspector no fue, o fue y no entendió lo que tenía enfrente, o fue y entendió pero había otra noche mejor en su libreta. Esos restaurantes siguen siendo extraordinarios. La guía no les quita nada. Pero la industria sí les niega algo: la legitimidad que decidimos que solo Michelin puede otorgar.

Eso es lo que se torció. No la guía en sí, sino la desmesura de lo que depositamos en ella. La confusión entre reconocimiento y calidad, entre distinción y excelencia, entre cocinar para impresionar a un inspector y cocinar para que alguien, después de la última cucharada, sienta que algo cambió.

Esta mañana circulan las listas. Habrá euforia en algunas cocinas y silencio incómodo en otras. Los medios publicaremos los resultados. Los chefs posarán con sus certificados. Y en algún comedor sin estrella, alguien comerá algo verdaderamente memorable que no aparecerá en ningún ranking, y se irá a casa sin saber que acaba de vivir la mejor comida del año.

La guía nunca dijo que podía evitar eso.

Nosotros decidimos no preguntar.

Yoab Samaniego

@yoabsabe