Yo tenía diez años. Mi hermana, ocho. En esa época, el terror no venía en forma de payasos asesinos ni exámenes de matemáticas. Venía con aguja y nombre propio: el doctor Elías Rozilio.
La escena fue digna de un thriller mal doblado. Mi hermana, con la agilidad de una ninja de condominio, se atrincheró en el baño del consultorio. Mi mamá, en modo diplomático, negociaba desde afuera. Y la enfermera, en operativo SWAT, planeaba el rescate. Spoiler: ganó la enfermera. Hubo lágrimas, gritos y una dosis doble de vacunas.
Y luego, el bálsamo: una mesa de cafetería, cuatro sillas, y un plato que parecía saberlo todo. Una milanesa empanizada, dorada. El consuelo tenía forma de comida caliente. De esa que no necesita explicación ni estrella Michelin, porque le habla directo al niño herido que uno lleva dentro (y no sólo por la aguja).
Te podría interesar
Eso ocurrió en Bondy. O más bien, en lo que alguna vez fue este emblemático rincón de Polanco. Ese café que durante décadas ancló la memoria emocional del barrio. Donde los desayunos sabían a domingo y la repostería a Europa. Donde la milanesa —crujiente por fuera, tierna por dentro— se servía con un puré de espinacas que no castigaba: acariciaba.
El legendario café cerró en 2015, y con él se fue un fragmento de la ciudad. De su historia. Y de la mía. Dicen que Clara Bruder, la hermana de Silvia —herederas del viejo Café Viena y del legado culinario— abrió años después un restaurante llamado Matisse. Ahí, en silencio, reapareció la famosa milanesa. Yo no lo sabía. No la he probado. Pero desde hoy, la tengo en la mira.
Porque hay días en los que comer bien no es un lujo. Es una forma de defensa emocional. Y hay platos que no se olvidan porque no sólo alimentan: reconcilian.
