No fui a Quebracho Hamburgo buscando un recuerdo. Fui porque el de Río Lerma lo conozco demasiado bien.
El de Lerma lo empecé a frecuentar por comodidad. Grabábamos el podcast cerca y después de la sesión resultaba natural llevar al invitado ahí: una parrilla argentina de confianza, cortes sin drama, servicio que no interrumpe la conversación. Así es como los lugares se vuelven tuyos, no por amor a primera vista sino por acumulación. Vas suficientes veces y el lugar empieza a tener tu forma.
Hamburgo era el que no frecuentaba. El mismo restaurante, otra sucursal, otra lógica. Fui sin expectativas específicas y sin invitados. Solo a ver qué había.
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Lo que no esperaba era la pizza.
Pepperoni con miel. En una parrilla argentina. El detalle suena a concesión comercial, a restaurante que amplió carta para no perder clientes, y quizás lo es. Pero la primera mordida hizo algo que la carne no había hecho en mucho tiempo: me sacó del restaurante. Me llevó a Recoleta. A Los Inmortales. A Buenos Aires.
Y a mi padre.
Él murió en 2010. Pero antes de eso me llevó a Los Inmortales con la emoción específica de alguien que te muestra algo que ama. No era solo llevarme a comer pizza. Era compartir algo que para él tenía peso, historia, significado que yo todavía no podía calcular del todo. Los Inmortales es de esas pizzerías porteñas que los bonaerenses no explican, simplemente dan por hecho que las conoces o te compadecen si no. Él lo daba por hecho.
No recuerdo exactamente qué pedimos. Recuerdo la emoción de él. Recuerdo que la pizza tenía ese equilibrio entre dulce y salado que en México cuesta encontrar porque aquí el dulce en la pizza todavía se lee como error. Recuerdo que pensé que entendía por qué le importaba tanto.
No supe que ese recuerdo seguía guardado hasta que la pizza de Quebracho Hamburgo lo abrió sin avisar.
Eso es lo que hace la comida cuando está bien hecha: no te alimenta, te regresa. No a un lugar abstracto sino a uno concreto, con personas concretas, en un momento que no sabías que extrañabas hasta que algo en el paladar lo reconoce antes que el cerebro.
No voy a decirte que la pizza de Quebracho es la mejor de la ciudad. No es el punto. El punto es que tenía suficiente verdad para bajar por el continente y quince años en una sola mordida.
El de Río Lerma seguirá siendo mío por costumbre. Pero Hamburgo ahora tiene algo que el otro no puede tener: el sabor de algo que creí que se había ido.
Voy a volver. Por la pizza. Y por todo lo demás.
Quebracho Hamburgo
Hamburgo 313 esq. Burdeos, Col. Juárez, Cuauhtémoc, CDMX
55 5211 7840 | quebracho.com.mx
Para ir: Cualquier tarde después de las 5. Pizza + 2 bebidas por menos de $600 para dos.
Pide: La pepperoni honey. Y algo de la parrilla si puedes.
El de siempre: Río Lerma, para cuando necesitas un lugar que ya te conoce.
