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La historia antes del plato

¿Qué pasaría si le quitaras la historia al menú de degustación más caro de la ciudad y lo evaluaras solo por lo que hay en el plato? | Yoab Samaniego

Escrito en OPINIÓN el

Piensa en el último menú de degustación que pagaste. No en lo que comiste. En lo que te contaron antes de que cometieras el primer bocado.

Hay una alta probabilidad de que recuerdes la infancia del chef en algún pueblo de Guerrero mejor de lo que recuerdas el sabor del tercer tiempo. Eso no es un accidente. Es un modelo de negocio.

El fenómeno

El arquetipo ya tiene forma fija: origen humilde, ingrediente rescatado del olvido, regreso a las raíces, deuda con la abuela. A veces es verdad. Frecuentemente es verdad parcial. Siempre es estrategia.

Lo que ocurrió en la última década es que esta narrativa dejó de ser contexto y se convirtió en producto. El chef aprendió —con razón, porque funciona— que una historia bien construida precede al plato, lo enmarca y, en muchos casos, lo sustituye como criterio de evaluación. Si la emoción llega antes de la comida, la comida no tiene que justificarse sola.

No estoy diciendo que los chefs sean impostores. Estoy diciendo que el sistema que los rodea aprendió a valorar la biografía antes que la ejecución. Y cuando eso pasa, la cocina se vuelve secundaria.

El cómplice

Los medios gastronómicos —revistas, suplementos, plataformas digitales, premiaciones— son arquitectos centrales de este desplazamiento, no testigos inocentes.

La narrativa del chef es más fácil de contar que una evaluación técnica. Requiere menos oficio, menos visitas, menos incomodidad. Un perfil de tres mil palabras sobre el trauma de identidad de un cocinero no exige que el periodista sepa distinguir una reducción bien ejecutada de una con exceso de acidez. Exige empatía y fluidez. Eso está disponible en abundancia.

Los premios y listas refuerzan el ciclo. Cuando los criterios de selección priorizan "propuesta", "concepto" e "impacto cultural" sobre lo que hay en el plato, están premiando el relato. Y el relato, a diferencia de la comida, no se puede contradecir con un tenedor.

El chef aprende rápido qué produce cobertura. La cobertura produce reservaciones. Las reservaciones producen rentabilidad. El sistema no está roto: funciona exactamente como fue diseñado. El problema es para quién.

El comensal atrapado

Cuando la historia precede al plato con suficiente fuerza emocional, criticar la comida se vuelve un acto casi grosero. No estás cuestionando una cocción. Estás cuestionando una biografía, un proceso de sanación, un rescate cultural. El blindaje está bien construido.

Los restaurantes que más dependen de este modelo son frecuentemente los menos dispuestos a recibir crítica técnica. No porque sean defensivos, sino porque el contrato con el comensal fue firmado en otro terreno. Tú no pagaste solo por comer. Pagaste por participar de una narrativa. Y nadie quiere que le digan que la narrativa no alcanza.

El resultado es un comensal que sale de una experiencia cara, vagamente insatisfecho con la comida, pero sin herramientas para articular por qué. La historia fue buena. El servicio fue correcto. El espacio era bonito. Solo que lo que estaba en el plato no se correspondía con lo que costaba.

La pregunta incómoda

¿Qué pasaría si le quitaras la historia al menú de degustación más caro de la ciudad y lo evaluaras solo por lo que hay en el plato?

No por la procedencia de los ingredientes. No por la intención del cocinero. No por lo que el menú dice sobre identidad, territorio o memoria. Solo por lo que está ahí, en ese plato, frente a ti.

Algunos resistirían el escrutinio. Otros no. La diferencia entre ambos grupos sería más reveladora que cualquier lista de los mejores restaurantes del año.

Yoab Samaniego

@yoabsabe