“Pasa de largo y tapa las orejas de tus compañeros con cera blanda, previamente adelgazada, a fin de que ninguno las oiga; mas si tú deseares oírlas, haz que te aten en la velera embarcación de pies y manos, derecho y arrimado a la parte inferior del mástil y que las sogas se liguen al mismo; y así podrás deleitarte escuchando a las Sirenas”.
Consejos de Circe a Ulises (Canto XII, Odisea, Homero)
No todas las historias escritas hace casi tres mil años hablan del pasado. Algunas describen con inquietante precisión los dilemas de la política contemporánea. El estreno de La Odisea, de Christopher Nolan, ofrece una buena oportunidad para volver al episodio más célebre del canto XII de Homero y descubrir que, quizá, el verdadero problema de nuestro tiempo sigue siendo el mismo: cómo resistir la seducción del poder.
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Las sirenas no vencían por la fuerza. Su arma era el deseo. Su canto hacía olvidar a los navegantes quiénes eran, hacia dónde se dirigían y cuál era el propósito de su viaje. Quien sucumbía terminaba estrellándose contra las rocas.
Ulises comprendió algo extraordinario: el peligro no residía únicamente en las sirenas, sino en él mismo. Sabía que también podía sucumbir. Por eso siguió el consejo de Circe. Ordenó que sus hombres se taparan los oídos con cera y pidió que lo ataran firmemente al mástil. Además, les dio una instrucción definitiva: aunque les rogara que lo soltaran, aunque les ordenara liberarlo, debían apretar todavía más las cuerdas.
Jon Elster convirtió ese episodio en una de las metáforas más influyentes de la teoría política contemporánea. La enseñanza es sencilla y profunda: la libertad no consiste en confiar ciegamente en la propia voluntad, sino en reconocer las propias debilidades y construir mecanismos que impidan destruir, en un momento de seducción, aquello que da sentido al viaje.
Quizá esa sea una buena metáfora para entender algunos de los problemas de la política mexicana.
Cada proceso electoral tiene sus propias sirenas. Algunas ofrecen dinero; otras, estructuras territoriales; otras más, protección, impunidad o la promesa de una victoria fácil. En no pocos casos, la delincuencia organizada se convierte en una de esas voces seductoras que promete conducir al poder a quienes acepten su ayuda.
El problema es que, como en el relato de Homero, el precio de escuchar el canto consiste en olvidar el destino.
Quien acepta apoyos ilícitos para ganar una elección puede llegar al cargo público, pero difícilmente llegará al objetivo que justificaba ocuparlo. Gobernar deja de significar desarrollo, seguridad, prosperidad o fortalecimiento de la democracia. El poder deja de ser un instrumento para convertirse en un fin en sí mismo o, peor aún, en una deuda permanente con quienes facilitaron el ascenso.
Las sirenas no prometían la muerte. Prometían placer, conocimiento y satisfacción. Precisamente por eso eran peligrosas. También la corrupción suele presentarse como una solución inmediata. Todo comienza con una excepción aparentemente justificable; después, la excepción termina gobernándolo todo.
Por eso la enseñanza de Ulises conserva una actualidad sorprendente. Su grandeza no consistió en creer que era inmune a la tentación. Consistió en aceptar que podía fallar.
En México, la “transformación” careció de un Ulises. Circe fue ignorada.
Durante años se nos dijo que bastaba la superioridad moral para transformar la vida pública. Pero la historia —desde Homero hasta nuestros días— enseña exactamente lo contrario. Ningún proyecto político, por elevado que sea su discurso, puede descansar únicamente en la virtud de quienes gobiernan. La democracia no parte de la confianza en la perfección de los gobernantes; parte del conocimiento de sus debilidades.
Por eso las democracias necesitan mástiles y cuerdas. Instituciones electorales independientes, órganos de fiscalización, controles sobre el financiamiento de las campañas, tribunales autónomos, transparencia, división de poderes y fiscalías capaces de investigar la infiltración del crimen organizado cumplen, en el fondo, la misma función que aquellas cuerdas ordenadas por Ulises: impedir que la seducción del momento haga olvidar el propósito del viaje.
Pero las cuerdas sólo sirven si permanecen firmes. Los mástiles institucionales requieren independencia para cumplir su función. Cuando son capturados, dejan de sujetar al gobernante precisamente cuando más los necesita.
El verdadero drama de nuestra política no es que existan sirenas. Siempre las habrá. El problema comienza cuando quienes conducen la nave creen que son inmunes a su canto y deciden navegar sin cuerdas.
Ulises regresó a Ítaca porque nunca perdió de vista que el sentido del viaje era volver con Penélope. La política también debería recordar cuál es su Ítaca: una sociedad más libre, más segura, más próspera y más democrática. Cuando el dinero, el poder o los pactos con la ilegalidad hacen olvidar ese destino, ya no importa cuán cerca se esté del puerto. Hace mucho que la nave perdió el rumbo.
