MUNDIAL 2026

El Ángel 4, México 0

Cuatro personas murieron donde la ciudad celebra sus victorias, el marcador simbólico es brutal: el Ángel 4, México 0, no porque haya perdido la Selección, sino porque perdió la prevención, perdió la planeación. | José Roldán Xopa

Escrito en OPINIÓN el

La noche de la victoria mexicana sobre Ecuador sólo debió terminar con una postal de júbilo. No debieron morir cuatro personas, su júbilo debió terminar en casa en el reposo de la celebración. En las inmediaciones del Ángel de la Independencia y sobre Paseo de la Reforma, donde cientos de miles de personas se reunieron para celebrar el avance de la Selección, tres personas fallecieron por asfixia y una cuarta por un paro cardiorrespiratorio asociado a una emergencia médica. Reuters reportó que alrededor de un millón de personas se concentraron en la zona; otras versiones elevaron la cifra hasta 1.4 millones. La diferencia estadística no cambia el fondo: la ciudad fue rebasada por su propia celebración.

Las causas inmediatas aún deberán esclarecerse por las autoridades. Se ha mencionado el efecto de pirotecnia, empujones, caídas, riñas, consumo de alcohol, cansancio y un flujo humano sin dirección clara. Pero en una aglomeración crítica las causas rara vez actúan solas. La multitud tiene vida propia como fenómeno de masas: cuando la densidad aumenta, el margen de decisión individual se reduce; cuando alguien tropieza, no siempre puede levantarse; cuando se abre una ola de pánico, el movimiento deja de ser voluntario. En ese punto, la fiesta ya no depende de la prudencia de cada persona, sino del diseño público que la contiene o la abandona.

Por eso la tragedia no puede leerse como un accidente imprevisible. Las concentraciones masivas, espontáneas y festivas son un riesgo conocido. El Ángel es, desde hace décadas, el punto simbólico de las celebraciones deportivas y políticas de la capital. El Ángel es la expresión, no ya de un monumento en Reforma, es una metáfora de la celebración, de la concentración de los nuestros, de los que comparten. Si México ganaba, era previsible que Reforma se llenara. También era previsible que llegaran familias, jóvenes, vendedores, turistas, y que hubiese alcohol, música, pirotecnia. El riesgo estaba anunciado.

El Gobierno de la Ciudad de México sí tomó medidas: cerró tramos de Reforma al tránsito, desplegó policías, ambulancias y personal de emergencia, distribuyó pantallas, restringió la venta de alcohol en el corredor y monitoreó la zona. Esas medidas importan y deben reconocerse. El problema es que parecen haber sido medidas de acompañamiento, no de administración integral de multitudes. Había presencia institucional, pero no necesariamente conducción. Había reacción médica y policial, pero no un sistema suficientemente visible de prevención de sobreocupación, evacuación, distribución y cierre progresivo de zonas saturadas.

La responsabilidad pública empieza ahí. No se trata de exigir al gobierno que prohíba la alegría ni que convierta cada festejo en un cuartel. Se trata de exigirle que gobierne el riesgo. La autoridad no puede limitarse a decir, después de los hechos, que la gente no vaya al Ángel cuando esté lleno. Esa advertencia puede servir como llamado cívico, pero no sustituye una política pública. 

La información disponible en la red permite conocer algunas de las posibles medidas a adoptar. La información debe llegar antes de la saturación, los accesos deben cerrarse antes de que el colapso sea inevitable, y las alternativas deben existir antes de que la multitud ya esté atrapada.

Lo que faltó fue precisamente lo que distingue un operativo de seguridad de una estrategia de gestión de multitudes: aforos máximos por zonas, conteo en tiempo real, comunicación pública por altavoces y aplicaciones, rutas de entrada y salida diferenciadas, corredores libres para emergencias, puntos de alivio, cierres escalonados, zonas familiares, equipos de mediación, prohibición efectiva de pirotecnia, decomiso preventivo de objetos peligrosos y programación suficiente para desconcentrar el flujo. También pudo haberse anunciado, con anticipación, que al alcanzar cierta ocupación el Ángel se cerraría y que la celebración continuaría en otros puntos.

Nueva York ofrece un contraste útil. En Times Square, durante la celebración de Año Nuevo, la policía y la ciudad no esperan a que la plaza se llene para decidir. Hay cierres de calles desde la mañana; accesos peatonales definidos; zonas de observación que se cierran una por una al alcanzar capacidad; revisiones de seguridad; prohibición de alcohol, mochilas grandes, drones, sillas y objetos voluminosos; barreras, vehículos bloqueadores, carriles congelados para seguridad y monitoreo mediante cámaras, helicópteros y drones. No es un modelo perfecto ni necesariamente trasladable sin matices, pero sí muestra una idea básica: la multitud no se administra sólo con policías alrededor, sino con geometría, tiempos, información y límites

Cuatro personas murieron donde la ciudad celebra sus victorias. El marcador simbólico es brutal: el Ángel 4, México 0. No porque haya perdido la Selección, sino porque perdió la prevención. Perdió la planeación. Perdió la idea de que una concentración festiva, por ser alegre, deja de ser riesgosa. La próxima celebración no debería depender de la suerte ni de la resistencia física de quienes queden atrapados entre miles de cuerpos. La alegría pública también requiere gobierno. Y cuando el gobierno sabe que una multitud va a llegar, su primera obligación no es escoltarla: es evitar que la fiesta se convierta en una tumba.

 

José Roldán Xopa 

@jrxopa