ELECCIÓN JUDICIAL

¿Para qué competir si el ganador ya estaba decidido?

La legitimidad de cualquier competencia depende de que exista confianza en que las reglas fueron respetadas, cuando la confianza desaparece, el marcador deja de convencer: lo mismo ocurre con una elección judicial. | José Manuel de Alba de Alba

Escrito en OPINIÓN el

Del Mundial a la elección judicial: cómo la simulación destruye la confianza pública

El Mundial de futbol de 2026 dejó una enseñanza que va mucho más allá del deporte. Las polémicas por las decisiones arbitrales, el uso del VAR y las distintas interpretaciones de especialistas y medios volvieron a poner sobre la mesa una verdad elemental: la legitimidad de cualquier competencia depende de que exista confianza en que las reglas fueron respetadas. Cuando esa confianza desaparece, el marcador deja de convencer. Lo mismo ocurre con una elección judicial.

En el futbol nadie aceptaría que el campeón estuviera decidido antes de comenzar el torneo. Los equipos participan porque creen que todos tienen la posibilidad real de ganar. Para garantizarlo existen reglas, árbitros y mecanismos de revisión que, aunque no eliminan todos los errores, ofrecen la certeza de que el resultado no responde a intereses ajenos al juego.

Las controversias que dejó el Mundial de 2026 recordaron precisamente eso. Más allá de que las versiones sobre determinadas decisiones arbitrales sean ciertas o no, basta con que exista la percepción de favoritismo para que la legitimidad del resultado comience a erosionarse. La confianza es tan importante como el resultado.

Lo mismo ocurre con una elección judicial. Un proceso sólo puede considerarse legítimo cuando existe una competencia auténtica. Si algunos participantes cuentan desde el inicio con ventajas estructurales, mayor exposición o condiciones desiguales, la competencia pierde credibilidad, aunque formalmente se hayan cumplido todas las reglas.

En la justicia, como en el deporte, no basta con actuar con imparcialidad; también es indispensable parecer imparcial. Cuando un árbitro parece favorecer reiteradamente al mismo equipo, la confianza desaparece. Lo mismo sucede cuando quienes organizan o participan en un proceso judicial generan la percepción de que existen condiciones preferenciales para algunos contendientes.

Por ello, el problema nunca es únicamente quién gana. La verdadera pregunta es si todos compitieron en igualdad de circunstancias. La legitimidad no nace del resultado, sino de la convicción de que éste fue producto de reglas claras, parejas y respetadas por todos.

Las reglas existen precisamente para impedir que el poder decida de antemano quién debe ganar. Cuando dejan de garantizar una competencia real y se convierten en una simple formalidad, aparece la simulación y con ella se debilita la confianza pública.

Nadie aceptaría un campeonato con árbitros parciales, reglas cambiantes o ventajas previamente concedidas a determinados equipos. La democracia tampoco debería aceptar procesos en los que la competencia sea sólo una apariencia.

El deporte y la justicia comparten un mismo fundamento: la credibilidad. No basta declarar un ganador; es indispensable convencer incluso a quien perdió de que el resultado fue producto de reglas limpias. Sin reglas, no hay competencia. Sin competencia auténtica, no hay legitimidad. Sin justicia independiente, no hay democracia.

 

José Manuel de Alba de Alba

@JoseDeAlba99607