En días recientes, el periodista Héctor de Mauleón ha publicado artículos en El Universal sobre nuevas formas en que el crimen organizado opera en hoteles de México. Uno de ellos, el secuestro virtual, en el que a las víctimas se les dan instrucciones bajo amenaza, mientras los criminales extorsionan a sus familiares haciéndoles creer que los tienen secuestrados. En realidad, esta ha sido una práctica delictiva que lleva años operando.
Allá por 2021 me enteré, a través de un conocido, de un caso así.
Un grupo de amigos decidió ir a un Pueblo Mágico de Hidalgo a pasar el fin de semana. Rondaban los 20 años de edad. Iban en coche propio y reservaron unas noches de hotel en un establecimiento conocido de la localidad.
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El primer día todo iba bien: pasearon, se divirtieron, disfrutaron lo que el destino tenía por ofrecer. Ningún contratiempo se les atravesó en el camino. Hasta entonces.
Caída la noche, recibieron una llamada a la línea celular de uno de ellos. Una voz amenazante les advirtió que los tenían vigilados: les dieron nombres, edades, placas del auto, rasgos físicos y contacto de sus familiares. Exigieron hacer videollamada, señalando que si no seguían órdenes o cometían cualquier error, primero un comando apostado en la esquina del hotel acabaría con sus vidas, y luego irían por la de sus padres.
Se les pidió desvestirse y quedarse solo con ropa interior. Mostrar todos los celulares que estaban en la habitación. Atar a una persona a una silla. Hacer videos y fotografías según ciertas instrucciones y mandarlas a un número de celular. Luego, destruir todos los aparatos salvo el de la videollamada que nunca debería interrumpir la transmisión. Así transcurrió toda la noche.
Del otro lado, uno de los familiares recibió la llamada de los secuestradores virtuales. Le mandaron fotos, esas que sus mismos hijos habían tomado, diciendo que los tenían sometidos y pidiendo una fuerte cantidad de dinero por su rescate. Ante el intento de contactar a cualquiera de ellos fue imposible: los celulares estaban destruidos y no habían dejado detalle sobre el hospedaje.
En lugar de apresurarse con las demandas de los criminales, la familia buscó ayuda en organizaciones y autoridades especializadas en este tipo de delitos. Resultó también que una de las personas del grupo del viaje llevaba un segundo celular que nunca reveló, y logró mandar un mensaje sobre el hotel y cuarto donde se ubicaban.
Tras horas de angustia, un operativo irrumpió en el inmueble. Todos estaban bien y a salvo, desvelados por la angustia causada por el secuestro virtual. Regresaron a casa después de una noche de pesadilla.
Posteriormente, las autoridades deshilvanaron el crimen. Nunca existió comando. Nunca estuvieron en riesgo físico inminente. El secuestro virtual se operó desde un reclusorio. Los datos fueron proporcionados por los trabajadores del hotel coludidos con los criminales -el número de los padres era el contacto de emergencia que habían escrito al momento del registro-.
Este es un delito que lleva años cometiéndose y que no cesa. La pregunta es: ¿cuántos casos ocurren al año de los cuales nunca nos enteramos? ¿Qué están haciendo las autoridades para combatirlo? ¿Qué consecuencias enfrenta quien lo comete? Sin consecuencias, la delincuencia no tiene incentivos para ceder ante el negocio del miedo.
