El domingo la selección mexicana terminó su participación en el Mundial, pero nos dejó algo que no cabe en el marcador. Ganó sus primeros cuatro partidos del Mundial sin recibir gol, pasó a la siguiente ronda como líder de grupo y en su último partido, frente a Inglaterra, nos llenó de orgullo hasta el final. Fue un equipo que mostró claridad de rumbo, enfoque y hermandad y en un país acostumbrado a discutir sus fracturas, ver a once jugadores moverse como un solo cuerpo tiene un efecto psicológico profundo: nos recuerda que sí somos capaces de organizarnos, ser competitivos y ganar.
La afición hizo lo suyo. En calles, estadios y pantallas, México volvió a aparecer ante el mundo como un país rico en historia, cultura, creatividad y alegría. Somos herederos de Teotihuacan, Palenque, Monte Albán, Chichén Itzá y Tenochtitlan; un país con 36 bienes inscritos en la Lista del Patrimonio Mundial de la UNESCO y una cultura viva reconocida en el Día de Muertos. Somos la cocina, el mariachi, la charrería, el bolero y los voladores. Somos también arquitectura moderna: Ciudad Universitaria y la Casa Estudio Luis Barragán. Somos diseño, cine y memoria. Y además, con un PIB nominal superior a los 2 billones de dólares en 2026, somos la treceava economía del mundo.
Sabemos lo que somos, pero lo más importante que nos deja esta selección es imaginar lo que podemos ser. Cada jugada bien trabajada y cada gol evitado muestran algo más que coyuntura y talento individual: muestran estrategia. México tiene talento de sobra, lo que nos falta, demasiadas veces, es estrategia nacional y ejecución disciplinada.
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Los países que han dado saltos no lo hicieron por accidente. Corea del Sur apostó durante décadas por educación, ciencia, industria y disciplina institucional. El resultado es verificable: 71% de las personas de 25 a 34 años tiene educación terciaria, la tasa más alta de la OCDE; ese dato representa una población joven con mayores capacidades para insertarse en sectores productivos complejos, acceder a mejores empleos y sostener niveles más altos de bienestar. Singapur convirtió la formación de capital humano, la vivienda pública y la planeación urbana en políticas de largo plazo, hasta colocarse entre los países con mejores resultados del mundo en salud y educación, según el Índice de Capital Humano del Banco Mundial. Costa Rica decidió proteger sus bosques y revirtió décadas de deforestación hasta lograr que más de la mitad de su territorio esté cubierto por bosques; eso representa más biodiversidad, mayor resiliencia climática, protección de fuentes de agua, atracción de turismo sostenible y una economía que convirtió la conservación ambiental en una fuente de desarrollo. Ninguno de esos procesos nació de una ocurrencia sexenal, sino del cumplimiento de metas nacionales.
México necesita objetivos claros, compartidos y estables, que no cambien cada seis años ni dependan del gobierno en turno: educación, salud, seguridad pública, seguridad social y Estado de derecho deberían ser pilares inamovibles. Sin eso, el orgullo se queda en emoción; con eso, puede convertirse en bienestar permanente.
El deporte revela la misma carencia. En cada competencia internacional celebramos atletas que, muchas veces solos y con apoyos insuficientes, nos dan alegría y orgullo, pero seguimos sin una política seria de promoción del deporte: infraestructura escolar, entrenadores, detección temprana de talento, ligas infantiles, ciencia aplicada, nutrición y continuidad presupuestal. ¿Cómo puede una economía de más de 130 millones de habitantes no construir las condiciones para generar once jugadores capaces de ganarle a Inglaterra, un país con alrededor de 58 millones de habitantes y un territorio unas 15 veces menor?
Si México puede producir talento, pasión, identidad y cultura de alcance mundial, también puede producir instituciones, políticas públicas y resultados de clase mundial. La selección nos ha mostrado una imagen posible: un país concentrado, solidario, disciplinado y capaz de cerrar filas sin perder alegría.
El Mundial pasará pero lo que no debería pasar es esta intuición colectiva de que México puede ser más que “la mejor afición”. Para eso necesitamos convertir el orgullo en proyecto, la emoción, en instituciones, y la unidad de una tarde, en objetivos nacionales que duren más que un sexenio.
