Hace unos días me uní a distintas voces que convocaron a una concentración ciudadana. La convocatoria no tenía color ni representaba a partido político alguno. Tampoco me uní para defender anticipadamente a una persona ni para absolver a nadie desde la opinión pública. Mucho menos para convertir un caso judicial en una bandera política.
Aquella convocatoria tenía un propósito distinto: exigir que en México prevalezcan el Estado de Derecho, la independencia judicial y el derecho de toda persona a un juicio justo.
Sin embargo, la respuesta que con mayor frecuencia recibí, no fue: ¿qué se va a exigir?
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Ni siquiera: ¿por qué se convoca?
La pregunta fue otra:
¿Quién convoca?
Confieso que esa pregunta me preocupa mucho más que cualquier convocatoria.
Porque revela que poco a poco hemos dejado de defender principios para comenzar a defender colores.
Revela hasta qué punto el color comienza a pesar más que el Derecho.
Hoy pareciera que, antes de decidir si una causa merece nuestro respaldo, necesitamos saber quién la impulsa y de dónde viene.
Y esa forma de pensar debería preocuparnos profundamente.
Los derechos humanos no tienen color.
El Estado de Derecho no tiene color.
La independencia judicial no tiene color.
La seguridad tampoco.
Cuando desaparece un hijo, cuando asesinan a un familiar, cuando una madre busca a su hija, cuando una persona es víctima de un delito, cuando alguien pierde su patrimonio o enfrenta un proceso penal, el problema deja de pertenecer a un grupo, a una ideología o a una causa determinada.
Se convierte en un problema humano.
Y los problemas humanos exigen instituciones que funcionen para todos.
No importa quién sea la víctima.
No importa quién sea el acusado.
No importa quién gobierne.
Lo único que importa es que la Constitución y la ley se apliquen con el mismo rigor para todos.
Por eso me preocupa que hayamos llegado al punto en que, antes de exigir justicia, preguntemos: ¿quién está convocando a hacerlo?
No estamos hablando de respaldar personas. Hablamos de defender principios y de reflexionar sobre el país que estamos construyendo y el que heredaremos si permanecemos indiferentes.
Porque cuando dejamos de exigir seguridad, justicia e instituciones independientes simplemente porque no nos gusta el color de quien alza la voz, dejamos de defender nuestros propios derechos.
Cuando empezamos a decidir qué derechos defendemos según el color de quien los reclama, dejamos de creer en derechos universales y comenzamos a aceptar, quizá sin advertirlo, la existencia de derechos selectivos.
Y entonces comenzamos a perderlos sin darnos cuenta.
El problema no comienza cuando la justicia tiene color.
El problema comienza cuando nosotros dejamos de defender la justicia porque no nos gusta el color de quien la exige.
Porque el día en que el Derecho tenga color, dejará de ser Derecho.
Y el día en que los derechos humanos tengan color, dejarán de pertenecer a todos.
Cuando el Estado de Derecho está en riesgo, la primera pregunta nunca debería ser ¿quién convoca? La primera pregunta debería ser si aquello que se exige es justo y conforme a la Constitución.
Los derechos humanos son universales; pertenecen a todos por igual, sin distinción de color, raza, ideología o credo. Están por encima de cualquier nombre. Los tienes tú, los tengo yo y los tiene cualquier persona.
Los colores cambian con el tiempo. Los gobiernos también. Los derechos y el Estado de Derecho deberían permanecer. Si un día dejamos de defenderlos porque no nos gusta el color de quien los exige, quizá cuando llegue nuestro turno ya no quede nadie dispuesto a defender los nuestros.
Olvidémonos de los colores cuando se trate de defender aquello que pertenece a todos. Recordemos únicamente que tenemos derechos humanos que deben ser respetados por todas las autoridades y que, cuando sea necesario, debemos exigir su respeto. Porque el día que dejemos de hacerlo, quizá descubramos demasiado tarde que ya no queda nada por defender.
