Por supuesto que no es una buena señal. El incremento en la difusión de especulaciones, rumores y conjeturas en el nuevo espacio público está llegando a niveles preocupantes. En las noticias, entrevistas, reportajes y debates de todos los medios vemos el uso y abuso de estos recursos, como si ya fueran parte de nuestra normalidad comunicacional.
En el llamado tiempo de la posverdad, especular puede ocasionar daños graves e irreversibles a la reputación de quienes se ven envueltos en este tipo de tramas. Además, está demostrado que se erosiona la credibilidad de los líderes y se reemplaza la información verificable por falsas o premeditadas interpretaciones.
El daño al derecho a la información también es inevitable. Las especulaciones se difunden rápidamente y a veces no se distinguen de la realidad. Y aunque después sea aclarada o desmentida, el daño persiste porque muchas personas sólo recuerdan las primeras informaciones que recibieron, no las correcciones.
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La especulación surge cuando se construyen inferencias o se exponen posibilidades sobre los sucesos políticos sin presentarlas como hechos comprobados, utilizando recursos retóricos que expresan incertidumbre, conjeturas o probabilidades. Su uso es frecuente por las posibilidades que ofrece para manipular, atacar y defenderse ante cualquier adversario.
Derivado del potencial que ha demostrado para cumplir con ciertos objetivos, la especulación suele ser parte de las estrategias políticas y narrativas en el espacio público, de manera particular cuando se busca incrementar la atención de la gente en los medios tradicionales y generar conversaciones de mayor impacto en las redes sociales.
En contraste, debemos reconocer que la especulación no implica necesariamente una intención de engañar. Por un lado, porque las afirmaciones pueden surgir legítimamente de hipótesis sobre lo que sucede. Por el otro, porque hay muchas opiniones que no pretenden inducir al error, en forma deliberada, a partir de la difusión de información falsa o imprecisa.
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A pesar de lo anterior, hay que subrayar que existe demasiada evidencia de que la especulación puede transformarse en un recurso fundamental para la desinformación o las campañas negras. Visto así, debemos tener presente que conlleva diversos riesgos legales y éticos, ya sea por difundir afirmaciones sin fundamento o por hacer acusaciones difamatorias o irresponsables.
Utilizar suposiciones o marcadores lingüísticos como “Todo indica”, “Es posible que”, “Al parecer”, “Fuentes confiables me confirman”, “Se presume”, “Se dice por ahí”, “Según algunos testigos”, “Me comentan”, etcétera, poco abona a los principios éticos de la comunicación política y el periodismo de informar con responsabilidad, transparencia, veracidad y objetividad.
Aún más. La especulación también hace mucho daño cuando surge de las autoridades gubernamentales. Si bien en este espacio se recurre a ella con menos frecuencia, no deja de sorprender que se utilice cada vez más en casos relevantes y complejos, tanto nacionales como en la relación con otros países. Así ha sucedido recientemente en los temas de seguridad, economía y procesos electorales.
En contraste, es preciso reconocer que en algunas situaciones excepcionales, la especulación puede tener una función positiva y estratégica. Sobresalen tres razones: influye en las interpretaciones en favor de hechos o personajes, orienta los debates y es capaz de influir en las interpretaciones y expectativas de la ciudadanía. Pero esto no es frecuente. Por eso es mejor evitarla.
De una u otra manera, la especulación contiene información falsa, imprecisa o incompleta. Entorpece la reflexión y no es nuestra mejor opción frente a los procesos de toma de decisiones políticas y comunicacionales. De igual forma, reduce la claridad y contundencia de los hechos a las percepciones. Y, lo que es peor, complica demasiado la gestión de situaciones de conflicto y crisis.
En síntesis, para que una democracia sea robusta y se imponga el derecho a la información lo mejor es evitar la especulación. Herramientas como el debate de altura y civilizado, el acuerdo y la negociación ofrecen mejores equilibrios, reducen la polarización e incrementan la confianza de la población en sus autoridades, dirigentes, medios y líderes de opinión. La clave está en argumentar con mayor profesionalismo, respeto y eficacia.
Recomendación editorial: Matthew de Ancona. Posverdad: la nueva guerra en torno a la verdad y cómo combatirla. Madrid, España: Alianza Editorial, 2019.
