El Mundial de futbol ya no se juega solo en el césped ni se debate en la sobremesa. Gracias, en parte, a la fragmentación de la experiencia y a los costosos derechos de transmisión, nuestra vivencia mundialista se procesa en formato de la pantalla vertical del móvil, a golpe de scroll.
En esta justa mundialista, nuestras pantallas se inundaron de una amalgama frenética de narrativas hiperbólicas. Vimos la enconada incivilidad nacionalista entre aficiones como la de México y Ecuador tras su encuentro, donde la fricción deportiva mutó rápidamente en insultos xenófobos en X y TikTok. Para un bando, la victoria mexicana supuso en la mente de usuarios de redes sociales y creadores de contenido un ajuste de cuentas político y simbólico de jerarquía, mientras que para el otro involucró el “sospechosismo” criminal que aseguraba, sin pruebas, que el narcotráfico había amenazado a los seleccionados ecuatorianos.
Fuimos testigos también de las acusaciones virales que sostienen que Argentina tiene “comprado” el torneo, al hilar fallas arbitrales repetidas o jugadas milimétricas como pruebas irrefutables de un fraude global. A la vez, proliferaron memes satíricos que vinculan a Gianni Infantino en pactos oscuros con Lionel Messi. Contra toda lógica científica o racional, se aplicó la máxima de “no tengo pruebas, pero tampoco dudas”.
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La agenda digital no dio tregua: apreciamos cómo en cada tendencia primó, por supuesto, una realidad política y social preexistente. En el ecosistema digital, se tradujo en un discurso descontextualizado, reactivo y profundamente antideliberativo que, en lugar de debatir, tendió a ajusticiar y sentenciar en quince segundos sin derecho a réplica.
Esta fábrica de la indignación y el linchamiento no es casual. Cuando un creador de contenido lanza un ataque nacionalista, la interfaz facilita que miles de usuarios respondan no con argumentos, sino con la misma virulencia verbal. Recordemos: las plataformas digitales no están diseñadas para premiar la veracidad, la contextualización, el matiz histórico o el análisis táctico. La economía de la atención es el verdadero motor de esta conversación monodireccional. El algoritmo premia el ultraje y la reacción visceral porque las emociones, especialmente la indignación o el enojo, retienen al usuario más tiempo frente a la pantalla. Interfaces como TikTok, por su diseño técnico y funcionalidad, están diseñadas para la réplica inmediata.
Es en este caldo de cultivo algorítmico donde florecen el “sospechosismo” global, las teorías conspirativas y la deshumanización de las llamadas “selecciones villanas”. El linchamiento digital hacia escuadras como la de Estados Unidos, Argentina o el propio México por parte de otros países latinoamericanos revela cómo el futbol se instrumentaliza para saldar cuentas pendientes sin relación con el deporte.
El racismo estructural, la memoria colectiva, el colonialismo, los traumas de guerras pasadas, las asimetrías económicas y el resentimiento geopolítico se vuelven la gasolina para el algoritmo. Sin duda, nada de eso es nuevo. Pero en la era del consumo en pantalla vertical, la extrapolación hiperbólica provoca que el comentario incitador de un periodista de televisión o el tuit irresponsable de un aficionado radical se cobren como si fueran la postura oficial de 130 millones de ciudadanos.
Además, la desinhibición digital elimina la empatía. Las redes sociales sufren del efecto de la falsa mayoría: el diseño técnico de la red visibiliza y amplifica al 5% más radical, tóxico y ruidoso de los usuarios. De ese modo, construye la peligrosa ilusión de que toda una nación comparte discursos de odio, incluso si en las calles el posicionamiento resulta totalmente opuesto.
Ante la derrota o la frustración de ver caer los anhelos nacionales, prima también la disonancia cognitiva. Aceptar que tu equipo fue inferior en la cancha o que el deporte es gobernado por una dosis inevitable de aleatoriedad genera un malestar mental insoportable para el aficionado ferviente. Es psíquicamente más reconfortante creer en un complot sofisticado operado desde las sombras por la FIFA, que aceptar la dolorosa realidad del marcador.
Una vez sembrada la sospecha, el sesgo cognitivo de confirmación entra en acción: el cerebro ignorará activamente los goles limpios y las jugadas legítimas del adversario, pero se aferrará con uñas y dientes a un tiro de esquina dudoso de último minuto para coronarlo como la prueba del engaño. Enseguida las cámaras de eco digitales se encargan de encapsular al usuario en un bucle infinito de contenidos que solo reproducen el eco de su propia paranoia.
Sin embargo, el recelo ciudadano no nace en el vacío ni es una locura colectiva sin fundamento. La crisis de legitimidad de la FIFA es tan honda y real por sus pasados actos de corrupción al amañar partidos y comprar sedes mundialistas, que las audiencias juzgan hoy el balón con el mismo marco de desconfianza sistémica con el que evalúan a la clase política o a las instituciones financieras.
La buena noticia es que frente a este escenario apocalíptico, no todo fue odio. Las redes sociales también ayudaron a mostrar la genialidad, la fraternidad y la hospitalidad de los mexicanos. Los videos que circularon masivamente permitieron viralizar al entrañable Pato Merlín con su playera en las calles de la Ciudad de México, o el surrealista y gozoso baile de las botargas del Doctor Simi conquistando latitudes y desafiando el marketing de la FIFA. Fuimos testigos de videos conmovedores donde aficionados mexicanos cargaban en hombros, bailaban y lanzaban por los aires a hinchas coreanos e ingleses en una catarsis de júbilo colectivo que rompió cualquier frontera idiomática.
Estos fenómenos de viralidad luminosa nos indican que la opinión pública digital es distorsionada por el diseño de las aplicaciones, pero que la mayoría de las personas, cuando nos encontramos cara a cara en los viajes y en las tribunas, optamos por la decencia, la hospitalidad y la celebración mutua. La infraestructura digital maximiza nuestras peores paranoias; pero el futbol, en su esencia más pura y callejera, siempre encuentra la forma de recordarnos que seguimos siendo mejores vecinos de lo que el algoritmo nos quiere hacer creer.
