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Díaz Ayuso y la “X” de la mayoría silenciosa

Díaz Ayuso vino a buscar una grieta y se encontró con un muro: no el de la intolerancia, sino el de una densidad histórica que ella fue incapaz de prever. | Mireya Márquez Ramírez

Escrito en OPINIÓN el

Pregunte a cualquier taxista, ama de casa, aficionado al futbol o vendedor ambulante: ¿estaría de acuerdo en ver el nombre de nuestro país escrito con “j”, independientemente de lo dictaminado por la Real Academia Española? La respuesta, sospecho, sería un rechazo masivo y visceral. Ese consenso elemental es el que la presidenta de la Comunidad de Madrid, Isabel Díaz Ayuso, fue incapaz de leer durante su reciente y atropellada visita a México. No por la grafía en sí, sino por lo que representa.

El episodio ofrece un laboratorio inigualable para analizar la comunicación política contemporánea. Si se observa a través del prisma de la célebre teoría de la espiral del silencio, la anécdota trasciende lo diplomático. Revela un error de diagnóstico estructural sobre el clima de opinión en México, un territorio donde la polarización partidista y sus guerras políticas internas pueden parecerse mucho a las de otras latitudes, pero donde subyace un sustrato identitario transversal a todos los partidos, colores y sectores.

Propuesta por la politóloga Elisabeth Noelle-Neumann, la espiral del silencio postula que los individuos poseen un ‘sentido cuasiestadístico’ que les permite monitorear constantemente el clima de opinión. Si perciben que sus posturas son minoritarias, suelen guardar silencio para evitar el aislamiento social, o al menos la exposición digital estridente pero superficial que generan los algoritmos hoy en día. 

No obstante, es crucial precisar que este aparente silencio no es necesariamente de las minorías, ni equivale a inexistencia ni a debilidad. Por el contrario, suele representar un consenso latente tan arraigado que no requiere de la estridencia mediática para reafirmarse. Es una fuerza estructural que, aunque no genere tendencias en el algoritmo, actúa como un dique infranqueable ante narrativas externas que pretendan disputar lo que ya no está en duda.

Es bajo esta lógica que podemos entender la disonancia de la visita de Díaz Ayuso. Bajo la premisa del emprendedurismo político populista, ella aterrizó en México asumiendo que el clima de opinión en las redes sociales era un reflejo fiel y total de la sociedad. Fue un error de cálculo pensar que llegaba a una nación tan fracturada en que el ruidoso descontento de las clases medias urbanas, digitalmente visibles y vocalmente opositoras a la administración de Claudia Sheinbaum, se traduciría en una validación de su narrativa histórica. Ayuso buscó aplausos para la figura de Hernán Cortés, la Conquista y la hispanidad de viejo cuño, sin comprender que incluso en la polarización más ácida, la soberanía simbólica de México está muy institucionalizada en el imaginario social. 

En este escenario, no se cumplió la máxima de que “el enemigo de mi enemigo es mi amigo”. Ayuso confundió la mayoría ruidosa de la oposición con la densidad estructural de la mayoría silenciosa. La primera, hiperactiva en el algoritmo y con acceso a micrófonos editoriales, le proporcionó un eco inmediato pero epidérmico. En cambio, la segunda constituye el piso mínimo del contrato social mexicano y no se rige por dicotomías simplistas. 

No puede soslayarse que, en materia de memoria histórica, México atraviesa por una conciencia dolorosa y compleja, pero estrictamente soberana, que se activa por instinto ante cualquier asomo de tutela externa. Sin embargo, Ayuso leyó el síntoma del descontento local, pero ignoró la anatomía del paciente: la construcción de un Estado-nación que, hace dos siglos, decidió nombrar las calles de sus ciudades en honor a Hidalgo, Morelos o Allende. Hay una razón de peso por la que el 16 de septiembre es un consenso nacional: evocamos la gesta de aquellos criollos que, desdeñados por la Corona, entendieron que la identidad solo puede discutirse y definirse desde este lado del Atlántico. Aún así, nuestra identidad nacional es una herida abierta, sujeta a debates y discusiones bizantinas, en la que conviven el orgullo prehispánico y el nacionalismo colorido con el racismo sistémico y el rezago de los pueblos originarios. 

Del nacionalismo de mercado a la soberanía de la grafía

En México, el nacionalismo ha funcionado como un cemento de convivencia mínima entre sustratos socioculturales muy distintos; es el lenguaje compartido entre la frontera de Sonora y los pueblos multiculturales de Oaxaca.

Para los medios de comunicación, este sentimiento también es un activo de mercado. Hasta los sectores más alineados con el pensamiento globalista reconocen que su credibilidad depende de la defensa de esta soberanía simbólica. Aquí reside la contradicción más flagrante de los anfitriones locales de la presidenta madrileña. Resulta revelador que uno de sus principales valedores, Ricardo Salinas Pliego, encabece un imperio mediático cuyo nombre no es “TV Hispánica” ni “Telemadrid”, sino TV Azteca.

Este detalle no es trivial; es una confesión de parte. Incluso quienes aplauden la retórica de Ayuso en X, saben que para conquistar el mercado masivo, el símbolo azteca es más lucrativo que cualquier nostalgia colonial. En el negocio de la identidad, se factura con el penacho, no con la corona. Validar el whitewashing colonial de Ayuso supondría una ruptura costosa con su propia audiencia. Por ello, la recepción de gran parte del círculo rojo fue aséptica: no por “izquierdismo”, ni mucho menos por lealtad al gobierno de la 4T, sino por pura supervivencia institucional.

El Ayuso-gate es un episodio más del nacionalismo de algoritmo, en el que la disputa por el pasado se libra en fragmentos de TikTok e Instagram. Ciertos sectores del revisionismo español pretenden que la identidad mexicana sea una tabula rasa lista para ser reescrita desde un iPhone en Madrid, alentados por los aplaudidores digitales. La insistencia en el “Méjico con J” es el síntoma más evidente de esta desconexión. 

Pero mientras el revisionismo externo intenta domesticar el nombre bajo una norma que ya no nos rige, para la mayoría silenciosa esa equis representa un acto de soberanía gráfica. La “J” no es una simple variante ortográfica; es un marcador de jerarquía e imposición de la nostalgia colonial. Díaz Ayuso vino a buscar una grieta y se encontró con un muro: no el de la intolerancia, sino el de una densidad histórica que ella fue incapaz de prever. Al final, la “X” de México funciona como el último reducto de ese consenso inquebrantable. Porque pretender que México se alinee con una visión revisionista española es ignorar que nuestro eje de gravitación se desplazó hace mucho tiempo hacia el norte del río Bravo, y no hacia la Puerta del Sol. México se escribe con X porque así se honra nuestra propia historia.

Mireya Márquez Ramírez

@Miremara 

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