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Futbol, FIFA y negocio: seis rostros de una captura corporativa

El futbol de nuestros días ya no es el espejo de la sociedad, sino el reflejo de sus peores dinámicas de mercado: la exclusión, la sumisión ante el capital transnacional y el despojo comunitario. | Mireya Márquez Ramírez

Escrito en OPINIÓN el

El futbol ha dejado de pertenecer a los aficionados. Nacido como el gran ritual colectivo del siglo XX y representativo de una de las pocas arenas donde las clases sociales se difuminaban en un grito idéntico de gooool, hoy opera bajo una lógica global de despojo. De tal forma, la fiesta de las masas se ha transformado en un enclave exclusivo rumbo al Mundial de 2026, y la FIFA ya no es una simple federación deportiva, sino que actúa como un suprapoder global que dobla las leyes de los Estados soberanos, impone su propio código mercantil y privatiza la nostalgia y el patriotismo. Tristemente, el Mundial ya no es lo que era, ni crea la comunidad de antaño, porque su objetivo ya no es el deporte en sí, sino la captura corporativa de nuestra pasión.

El desencanto y la alienación del hincha se pueden rastrear en seis fracturas evidentes:

1. La pantalla fragmentaria. Tradicionalmente, el Mundial se vivía en la televisión abierta, con familias, oficinas y barrios enteros frente al mismo televisor. En México 86 o Italia 90, el torneo fue un ecualizador social que reunía a las multitudes en torno a una pantalla, ya fuera la sala de su casa, el bar o la peluquería de la esquina. Hoy, los derechos de transmisión han fragmentado y balcanizado esa experiencia. Ver un torneo completo exige contratar plataformas de streaming y sistemas de cable especializados. En un país con las asimetrías de México, ello no es solo un cambio técnico: es la acentuación cruda de la brecha digital. En consecuencia, millones de personas sin acceso de calidad a internet o sin estos servicios de difusión en directo quedan excluidas del derecho al entretenimiento popular, confinadas a enterarse de los resultados por redes sociales o resúmenes de terceros. El futbol de pantallas premium ha roto el tejido de la comunidad que antes se congregaba en la plaza pública o en la tiendita de la esquina.

2. El estadio VIP. Ir al estadio solía ser una experiencia mística, ruidosa y profundamente popular. Hoy, los accesos a los recintos han dejado de ser el espacio del aficionado de a pie para convertirse en filtros de élite. Las inmediaciones de los estadios modernos están blindadas, transformadas en parques de consumo hiperexclusivos controlados por marcas transnacionales. El futbol ya no recibe a las masas, las tolera en las zonas más altas y lejanas como el gallinero, mientras las experiencias VIP, los palcos de hospitalidad y las corporaciones ocupan el corazón geográfico del espectáculo. El hincha folclórico que ponía el color ha sido desplazado por el cliente de alta gama con boleto corporativo. 

3. El desplazamiento de la comunidad. Detrás del brillo de los reflectores mundialistas siempre hay una cicatriz urbana. El patrón de la FIFA se repite históricamente en cada justa mundialista: se prometen legados de desarrollo que terminan en obras a medias, elefantes blancos o proyectos de gentrificación que asfixian a las comunidades locales. Lo vimos de forma dramática en el Mundial de Brasil 2014, ocasión en que el gasto faraónico en estadios como el de Manaos —hoy prácticamente en el abandono en medio de la selva— contrastó con el desalojo forzado de miles de personas en las favelas de Río de Janeiro. En el contexto actual, las remodelaciones alteran el entorno social y ambiental de las zonas receptoras, donde los vecinos pagarán el costo a largo plazo del caos vial, las expropiaciones simuladas y el desabasto de servicios, sin ver jamás un solo centavo de la derrama multimillonaria.

4. El orden supranacional. Uno de los fenómenos más alarmantes de la globalización es cómo la FIFA opera casi como un estado corporativo al que se deben doblegar los Estados soberanos. Para otorgar una sede, el organismo suizo exige exenciones fiscales totales; zonas de exclusión comercial, donde se prohíbe el comercio local; y la instauración de tribunales exprés, tal como ocurrió en Sudáfrica 2010, cuando se crearon cortes especiales para juzgar de inmediato a quien violara la propiedad intelectual de los patrocinadores. En México, el reflejo de este absolutismo jurídico es el conflicto con los dueños de palcos en el Estadio Azteca. Ciudadanos con títulos de propiedad legítimos y contratos históricos, adquiridos desde los años sesenta para financiar la construcción del coloso, se han topado con la pared de un organismo que exige el control absoluto y limpio de cada rincón del inmueble, desafiando la certeza jurídica nacional y los derechos de propiedad privada. Bajo el régimen FIFA, las leyes de la nación anfitriona pasan a segundo término; lo único sagrado es el monopolio del consumo que ellos dictan.

5. La invisibilización social. El futbol de élite exige un escenario pulcro, libre de realidades incómodas. El manual de operaciones de los grandes torneos incluye el silenciamiento sistemático de las crisis sociales para vender una imagen país edulcorada y artificial. El antecedente histórico más oscuro ocurrió en el Mundial de Argentina 78, utilizado por la dictadura militar para ocultar los centros de detención, y más recientemente en Qatar 2022, con la censura a las muertes de trabajadores migrantes. En el México actual, la maquinaria del olvido opera a marchas forzadas para el Mundial de 2026. Se pretende tirar un manto de invisibilidad sobre las tragedias cotidianas y los problemas de siempre: la violencia estructural, la inseguridad y la impunidad. El grito de auxilio y dignidad de las madres buscadoras, que rastrean la tierra en busca de sus hijos, o las combativas marchas de la CNTE que toman las calles exigiendo justicia laboral, son percibidos por la FIFA y los comités organizadores como mala publicidad a esconder debajo de la alfombra. El diseño del torneo exige limpiar las rutas turísticas y las inmediaciones de los estadios de cualquier rastro de protesta. Por ello el dolor de una nación rota se esconde para que los patrocinadores operen en una burbuja de felicidad artificial.

6. La camiseta ya no tan verde. El eslabón final de esta cadena de frustración la vive el aficionado mexicano con su propia selección. Apoyamos al Tri por inercia cultural y nacionalista, por una lealtad identitaria insustituible, pero hoy lo hacemos desde un profundo escepticismo. No por las derrotas ni el “ya merito”, sino por la realidad del futbol de hoy. La Federación Mexicana de Futbol ha clonado el modelo FIFA, priorizando el negocio —los lucrativos partidos amistosos en Estados Unidos, la sobrexplotación de contratos comerciales y la rentabilidad en dólares— por encima del desarrollo deportivo, la competencia real y el fomento de jóvenes talentos. Nos duele y nos enfurece apoyar a un equipo que parece diseñado por contadores y financieros en lugar de directores técnicos. Es la gran paradoja del futbol contemporáneo: nos exigen una pasión desmedida e incondicional para poder facturar con ella, mientras en la cancha nos entregan un producto cada vez más devaluado.

El futbol de nuestros días ya no es el espejo de la sociedad, sino el reflejo de sus peores dinámicas de mercado: la exclusión, la sumisión ante el capital transnacional y el despojo comunitario. Pensar que el juego puede rescatarse de las garras del negocio corporativo parece una utopía. Sin embargo, el primer paso para resistir es la lucidez: dejar de llamarle fiesta global a lo que hoy funciona, con total impunidad, como una fría, codiciosa y excluyente corporación transnacional.

Mireya Márquez Ramírez

@Miremara