#ASÍVEOMÉXICO

De suelos “orgánicos” y políticos “independientes”

La analogía entre la agricultura orgánica y la independencia política plantea que la verdadera transformación requiere tiempo, coherencia y no solo un cambio de etiqueta. | Miguel Ángel Orduño

Escrito en OPINIÓN el

Barcelona, España. En la agricultura ecológica hay una verdad muy cierta: la tierra no se vuelve orgánica por decreto. No basta con decirlo, ni con cambiar la etiqueta, ni con imprimirle un sello verde al costal. La tierra, cuando ha sido tratada durante años con fertilizantes sintéticos, herbicidas y atajos productivos, necesita pasar por un proceso. Un periodo de transición. Un tiempo de desintoxicación. Un lapso en el que, literal, se le da chance a la naturaleza de limpiar lo que el hombre decidió acelerar. Y ese proceso lleva su tiempo, no es tan inmediato. Puede durar dos, tres años o más. Es auditado, certificado, vigilado. Porque, al final del día, lo que está en juego es la confianza del consumidor: que cuando compre algo “orgánico”, no le estén vendiendo una simulación con mejor mercadotecnia. Curiosamente, en la política mexicana —y en muchas otras— ocurre lo contrario.

Aquí pareciera que la independencia política es como un botón que se aprieta cuando conviene. El político milita años en un partido, hace carrera, construye relaciones, se beneficia de estructuras, cargos y recursos… y de repente “vuela”, porque ya no le dieron la candidatura o porque perdió la interna, amanece “independiente”. Así, sin periodo de transición, sin desintoxicación ideológica. Sin auditoría de coherencia. Casi como esos productos que dicen “natural” en letras grandes, pero en la letra chiquita traen media tabla periódica.

Si aplicáramos la lógica de la agricultura ecológica, la cosa sería distinta. Un aspirante a candidato independiente tendría que demostrar un periodo razonable sin afiliación partidista, sin cargos impulsados por estructuras políticas previas, sin dependencia de esas redes que tanto criticaron… ahora que ya no están dentro. Tendría que probar, con hechos y tiempo, que ya no opera bajo las mismas prácticas que critica.

Porque la independencia, igual que la tierra orgánica, no es una declaración: es un proceso.

Y aquí es donde la analogía se vuelve muy compleja. Un suelo puede seguir teniendo residuos años después de haber dejado de usar químicos. Lo mismo ocurre con los políticos: las inercias no desaparecen de la noche a la mañana. Las formas de negociar, de operar, de entender el poder… todo eso deja huella. No se borra con una rueda de prensa ni con un nuevo logo de campaña. Pero el problema no es que quieran transformarse. Al contrario, la reinvención es válida —hasta necesaria—. El problema es la simulación. Esa costumbre tan nuestra de cambiar de etiqueta sin cambiar de fondo. De venderle al votante una conversión exprés, como si se tratara de un paquete instantáneo. “Independiente en 24 horas… o le devolvemos su voto”.

Y claro, siempre hay quien compra. Porque el discurso suena bien. Porque el cuento del “yo contra el sistema” vende. Porque en un país donde la desconfianza hacia los partidos es alta, ponerse la etiqueta de independiente es casi como ponerse un traje de pureza política.  Aunque por dentro siga oliendo a lo mismo.

En la agricultura, las certificaciones existen precisamente para evitar eso: el engaño. Para que no cualquiera se cuelgue del prestigio de lo orgánico sin haber pasado por el proceso. Para proteger al consumidor.

En política, en cambio, esa certificación no existe. O peor aún: la sustituimos por percepciones, por campañas bien diseñadas, por discursos que apelan al hartazgo ciudadano, pero sin exigir coherencia en el tiempo. Y ahí es donde el votante termina siendo como aquel que compra “jitomate orgánico” en oferta: confiando en que lo es… aunque no tenga forma de comprobarlo. Tal vez ha llegado el momento de trasladar esa lógica del campo a las urnas. No para complicar la participación, sino para dignificarla. Para entender que la independencia no es una salida de emergencia cuando el partido ya no te funciona, sino un camino que se construye con consistencia.

Porque de lo contrario, seguiremos teniendo algo peor que suelos contaminados: democracias disfrazadas de renovación, pero con los mismos residuos de siempre.

Y eso, como bien saben los agricultores, tarde o temprano… se nota en la cosecha. ¡Así veo México!

Miguel Angel Orduño

@mao_2108