#ASÍVEOMÉXICO

Gobernar no es mirar al pasado

Gobernar no es mirar al pasado, ni repetir discursos heredados, ni justificar decisiones con frases hechas; es asumir el presente, con toda su complejidad, y hacerlo para todos, no solo para quienes aplauden. | Miguel Ángel Orduño

Escrito en OPINIÓN el

"El cambio con rumbo y con responsabilidad no puede esperar": Luis Donaldo Colosio, 1994.

Barcelona, España. En México se ha vuelto una rutina que desde el poder se gobierne mirando hacia atrás. Lo hizo durante seis años Andrés Manuel López Obrador y hoy lo continúa Claudia Sheinbaum Pardo, repitiendo el mismo libreto: señalar, comparar, acusar. Cada mañana se revive un pasado que ya no gobierna, como si el país estuviera atrapado en una eterna campaña electoral. Y mientras tanto, el presente —el que sí duele, el que sí pesa, el que sí exige soluciones— queda relegado a un segundo plano. 

No se trata de negar errores de administraciones anteriores. Se trata de preguntarnos por qué un gobierno en funciones necesita regresar una y otra vez al expresidente de México Felipe Calderón Hinojosa para justificar lo que hoy no funciona. Y aquí vale la pena plantear una reflexión necesaria: suponiendo sin conceder que la gestión de Calderón hubiera sido un desastre absoluto, suponiendo sin conceder que todos los males actuales tuvieran origen en ese sexenio, o los anteriores, aun así el gobierno actual tendría la obligación de asumir el presente. Si ya se identificó el problema, ¿por qué no concentrarse en resolverlo? ¿Por qué seguir justificando cada falla con un pasado que ya no está? Esa es la pregunta que queda sobre la mesa para la administración en turno. 

Porque lo que hoy vemos no es un ejercicio de memoria histórica: es un mecanismo de evasión. Es más fácil señalar al pasado que asumir la responsabilidad del presente. Es más cómodo hablar de “los otros” que enfrentar los problemas que siguen ahí, intactos: salarios que no alcanzan, servicios públicos insuficientes, inseguridad persistente, falta de oportunidades reales para millones de familias. Y en medio de todo esto, se repite una frase que ya se ha vuelto muletilla: “el pueblo lo decidió”. “Con el pueblo todo, sin el pueblo nada”. Pero ¿qué significa realmente eso cuando se utiliza para justificar cualquier acción, cualquier omisión, cualquier exceso? El pueblo no es un escudo. No es una coartada. No es un permiso para gobernar sin rendir cuentas. El pueblo es una responsabilidad, no un eslogan

A esto se suma otro elemento que merece atención: la insistencia en autodefinirse como un gobierno “progresista”. El término se repite con convicción, pero el progreso —ese que debería verse en la vida cotidiana, en el futuro inmediato, en el mediano plazo— no aparece con la claridad que se promete. Y surge entonces una duda legítima desde la ciudadanía: ¿acaso el progreso es patrimonio exclusivo de una sola corriente política? ¿No podrían existir gobiernos de otras filiaciones capaces también de impulsar avances reales? El progreso no se decreta; se demuestra. Y cuando no se ve, la palabra pierde sentido. 

Lo preocupante es que esta historia —repetida, amplificada, convertida en doctrina— ha generado un desgaste emocional profundo. La polarización no solo divide opiniones: fractura familias, amistades, espacios de trabajo. La insistencia diaria en señalar a un enemigo, real o imaginario, termina por contaminar la convivencia social. Y mientras el gobierno insiste en hablar de “ellos”, la gente común intenta simplemente vivir sin cargar con odios ajenos. 

Por eso esta columna se escribe desde la justa medianía, ese espacio donde muchos ciudadanos nos encontramos: lejos de los extremos, lejos de los fanatismos, lejos de la necesidad de tener siempre un adversario. La medianía no es tibieza; es sensatez. Es la convicción de que un país no se construye con pleitos, sino con resultados. Que gobernar no es dividir, sino unir. Que el bienestar no se decreta: se construye. 

Y por eso estas palabras van dirigidas a quienes hoy ocupan el poder. A ver si entienden que gobernar no es mirar al pasado, ni repetir discursos heredados, ni justificar decisiones con frases hechas. Gobernar es asumir el presente, con toda su complejidad, y hacerlo para todos, no solo para quienes aplauden. 

Porque México no necesita más etiquetas ni más consignas. Necesita progreso real, no proclamado.  Y ya es hora de que el gobierno lo entienda.

Miguel Ángel Orduño Torres

@mao_2108