Barcelona, España. El gobierno de México habla mucho de transformación, pero sigue sin transformar lo esencial: la manera en que entiende y trata a su campo. No ha entendido, que debe empezar a ver al campo como un espacio estratégico para el desarrollo económico, social e industrial del país. El programa Sembrando Vida ha devuelto atención a regiones olvidadas y ha puesto sobre la mesa la urgencia de reforestar y diversificar cultivos. Es un avance, sí, pero insuficiente. Las sociedades del campo demandan más. Porque la vida rural no se sostiene sólo con plantar árboles ni con transferencias mensuales. Se sostiene con infraestructura hídrica, caminos, centros de acopio, educación técnica, salud, mercados, investigación aplicada y políticas que duren más que un sexenio. Mientras tanto, la modernización avanza con drones, sensores, algoritmos y agricultura de precisión. Pero en muchas comunidades, la señal de celular sigue siendo un lujo. La tecnología llega, pero no para todos. Y cuando llega, a veces desplaza: mecaniza, concentra, encarece. El empresario gana eficiencia; el productor pierde tierra, ingresos y, en ocasiones, hasta el pueblo mismo. A esto se suma una contradicción que se repite desde hace décadas: México insiste en concentrar industria en las ciudades, aunque tenga comunidades rurales a 30 o 50 kilómetros que aportan al Producto Interno Bruto, sostienen la producción alimentaria y, aun así, no tienen hospitales dignos, universidades completas ni infraestructura industrial. ¿Por qué insiste el gobierno de la cuarta transformación en construir hospitales donde ya existen varios, mientras hay comunidades enteras sin uno solo? ¿Para qué instalar maquiladoras donde ya no cabe un trabajador más, mientras hay pueblos con jóvenes formados que regresan a sus comunidades sin oportunidades?
El campo mexicano no es un territorio exclusivamente agrícola, ahí también hay capital humano preparado para mucho más. Y, por lo tanto, la gente del campo también merece oportunidades y una mayor atención en sus necesidades. Hay ingenieros agrónomos, ingenieros biólogos, técnicos agrícolas, especialistas en software, ingenieros industriales, administradores, mecánicos, jóvenes formados en la industria automotriz y aeronáutica. La mal llamada cuarta transformación, tiene que entender que el campo ya no es un territorio sin perfiles; más bien, es un territorio sin oportunidades. Y aquí aparece un punto que conviene subrayar con claridad: las autoridades sólo recuerdan al productor cuando hablan de soberanía alimentaria. Ahí sí, el discurso se llena de orgullo nacional, de autosuficiencia, de identidad y de grandeza. Pero cuando se trata de invertir en infraestructura, de garantizar servicios, de llevar industria, de asegurar educación técnica, de construir hospitales o de mejorar caminos, el productor vuelve a desaparecer del mapa. Se le reconoce en el discurso, pero no en el presupuesto. Se le aplaude históricamente, pero no se le toma en cuenta en las políticas públicas. Se le menciona como símbolo, pero no como prioridad. Y, sin embargo, es el productor quien sostiene la mesa de millones de familias. Es el productor quien mantiene vivas las cadenas de suministro.
Es el productor quien garantiza que el país tenga alimentos, aun cuando el país no garantiza que él tenga futuro. México podría liderar en agricultura sostenible, industria rural y desarrollo territorial equilibrado. Tiene tierra, tiene talento, tiene clima, tiene ubicación estratégica, tiene jóvenes preparados y tiene comunidades con vocación productiva. Lo que no tiene —todavía— es una visión de Estado que entienda que el desarrollo no puede seguir concentrándose en las ciudades mientras el campo se queda esperando. El país necesita un modelo que combine agricultura con industria, que aproveche la formación técnica de los jóvenes rurales, que diversifique la economía local, que reduzca la migración forzada y que convierta al campo en un espacio de oportunidades, no sólo de sobrevivencia. Porque el campo no pide privilegios. Pide algo más simple y sobre todo más justo: ser parte del futuro, no sólo del discurso.
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El país no necesita más programas que repartan; necesita políticas que permanezcan. Necesita entender que el desarrollo no se construye sólo en las ciudades, sino también en esos pueblos que hoy sostienen al país sin que el país los sostenga a ellos. El día que el gobierno deje de ver al campo como territorio secundario y lo reconozca como espacio de industria, ciencia y vida, ese día México empezará realmente a construir futuro.
