Juan Carlos Cal y Mayor Franco entendía la historia como un expediente abierto. Abogado de profesión, con una destacada trayectoria en la vida política chiapaneca y periodista por vocación, trasladó el rigor del razonamiento jurídico al debate de ideas. En los últimos años de su vida se dedicó a revisar textos y archivos para poner en duda las certezas de la historia oficial.
A diferencia de muchos de sus contemporáneos, que se acomodaron a los cambios partidistas de los últimos años, Cal y Mayor fue un político liberal que permaneció fiel a sus convicciones y mantuvo una postura crítica frente al populismo que, a su juicio, se agudizó con la llegada de Morena al poder. Esa realidad lo llevó a sostener que era indispensable revisar los relatos con los que se había interpretado el pasado político de México y Chiapas.
Encabezó la defensa del Escudo de Chiapas cuando desde el gobierno estatal surgieron propuestas, carentes de sustento histórico, para modificar un emblema que, a lo largo de casi cinco siglos, había adquirido un profundo significado de identidad para generaciones de chiapanecos.
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Descendiente del general Rafael Cal y Mayor, su tío abuelo, quien encabezó una guerrilla zapatista en Chiapas entre 1916 y 1917, Juan Carlos nació en San Cristóbal de Las Casas, el 28 de noviembre de 1966.
Su sentido y prematuro fallecimiento, ocurrido el 3 de julio de 2026, cuando aún no cumplía 60 años, dejó inconcluso un proyecto de investigación histórica que, tras la publicación de “Yo, Maximiliano: El sueño del colibrí” (2025), buscaba revisar, sin prejuicios ideológicos, la trayectoria de personajes convertidos en “villanos” por una visión maniquea de la historia.
Formado como abogado en la Universidad Autónoma de Guadalajara (UAG), inició su carrera profesional en el ámbito notarial al colaborar con su padre, el licenciado Luis Raquel Cal y Mayor Gutiérrez. Fue diputado local del PAN, director del Consejo Estatal para la Cultura y las Artes de Chiapas (Coneculta) y secretario estatal de Turismo.
Alejado desde hacía años de la política partidista, Cal y Mayor encontró en el periodismo, a través de su columna A Estribor, una forma de ejercer la crítica con plena independencia. Solía cuestionar el deterioro de la clase política, marcada —decía— por la ignorancia, la corrupción, el oportunismo y la falta de compromiso con el servicio público. Ante esa degradación, planteaba una pregunta que lo acompañó hasta el final de su vida: ¿qué sucedió y cómo llegamos a esto?
Esa inquietud lo llevó a buscar respuestas en la historia. Hace un año, en la presentación de su libro sobre Maximiliano recordó la figura de su antepasado Juan Pablo Franco, prefecto superior político de Oaxaca durante el Segundo Imperio, a quien reivindicó como un hombre que actuó por sentido del deber y cuyas convicciones quedaron plasmadas en unas pocas líneas en las Memorias de Porfirio Díaz y en una carta de despedida, serena y humana, escrita antes de morir fusilado.
En ese libro, Cal y Mayor evitó los juicios simplistas. No presentó a Maximiliano como un mártir ni como un tirano, sino como un hombre culto e idealista que confundió nobleza con destino, justicia con poder y amor con deber. “Su historia –escribió- no cabe en una sentencia ni en una bandera, sino en los testimonios de quienes lo conocieron de cerca”. Recordaba que, tras la derrota del ejército francés, el emperador pudo haber abordado un navío para regresar a Miramar, pero decidió quedarse. “No por vanidad –observó– sino por sentido del deber”.
La concepción de la historia que defendía Cal y Mayor encontraba un antecedente en Marc Bloch, uno de los grandes renovadores de la historigrafía del siglo XX. En su obra póstuma “Introducción a la historia” (1949), rechazó la idea del historiador como un “juez de los Infiernos”, encargado de distribuir elogios o censuras a los héroes muertos. “El historiador –escribió el estudioso francés– sabe que sus testigos pueden equivocarse o mentir; pero, ante todo, debe esforzarse por hacerlos hablar y comprenderlos”.
Cal y Mayor cuestionó la narración teleológica de la historia promovida por el morenismo, que divide el pasado nacional en cuatro etapas orientadas hacia un desenlace predeterminado. Frente a esa visión, sostenía que sólo una lectura crítica, alejada de los dogmas y las simplificaciones, permitiría comprender no solo el pasado, sino también las causas del deterioro de la vida pública del presente.
Al recibir un reconocimiento de la Facultad Libre de Derecho de Chiapas y del Instituto Nacional de Estudios Fiscales (INEF), hace un par de años, exhortó a los jóvenes a no creer ciegamente en los actores políticos, sino a observarlos con espíritu crítico y exigirles resultados como ciudadanos, porque -advertía– muchos habían llegado al poder no para servir, sino para servirse de él.
En la última conversación que sostuvimos, durante una memorable reunión en las instalaciones del diario Ultimátum de Tuxtla Gutiérrez, me habló con entusiasmo del libro que preparaba sobre Agustín de Iturbide. Después tenía previsto dedicar nuevos trabajos a Hernán Cortés y Miguel Miramón.
Me explicó que no pretendía reivindicar causas perdidas ni absolver a los derrotados. Su propósito era alumbrar los silencios de la historia, comprender las circunstancias que moldearon las decisiones de sus protagonistas y poner en duda las certezas heredadas. Esa búsqueda intelectual, rigurosa y honesta, constituye uno de los legados más perdurables de Juan Carlos Cal y Mayor Franco. Descansa en paz, querido amigo.
