30 de enero de 2026: más de 3 millones de páginas, 2 mil vídeos y 180 mil imágenes sobre el caso Epstein fueron publicadas por el Departamento de Justicia de Estados Unidos; han pasado 163 días desde esa entrega masiva. La mayor parte de dicho material, que documenta agresiones sexuales, tráfico humano, subastas de personas, explotación reproductiva, tortura y otras formas extremas de violencia, yace hoy en gran parte relegado al rumor o reducido a la etiqueta de “conspiranoia”. ¿Por qué una revelación de esta envergadura fue y continúa siendo despolitizada?
Al inicio, la publicación de los archivos provocó lo que Stanley Cohen (2017) describiría como un “pánico moral”: titulares alarmistas, especulaciones sobre rituales y un frenesí mediático que parecía anunciar consecuencias inmediatas. Sin embargo, las repercusiones fueron mínimas: algunas renuncias, investigaciones preliminares y arrestos breves que nunca se tradujeron en condenas comparables a la magnitud de los hechos. El escándalo se disipó con rapidez y la ventana sin precedentes que se abrió a las redes de riqueza, poder y explotación que atraviesan continentes e instituciones terminó relegada en el olvido.
El problema no fue el volumen de noticias y artículos —abundante a escala internacional y nacional— sino la arquitectura de los análisis y la difusión. La cobertura fue mayormente episódica y centrada en las personalidades, cada publicación de documentos desencadenaba una oleada de noticias sobre quiénes aparecían mencionados, qué se había dicho y qué figura pública se veía sometida a presión. Luego, la atención se dispersaba hasta la siguiente filtración. McChesney (2013) denomina a esto “el eterno presente” de las noticias comerciales —novedad constante, memoria mínima y una tendencia a privilegiar los acontecimientos sobre los procesos—.
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La decisión más trascendental en la cobertura mediática fue la individualización de la responsabilidad, ya que Epstein se convirtió en “la noticia” —su monstruosidad, sus vínculos, su muerte—; una “anormalidad”, el caso escandaloso de un hombre malvado y enfermo. Pero este escándalo no es ni individual ni una anomalía; en los archivos aparecen nombres de dirigentes mundiales, tecnólogos, miembros de familias reales y altos ejecutivos, unidos todos no por una patología privada, sino por su pertenencia a una élite que demanda expansión y acumulación infinitas. Es decir, el conjunto de sucesos relatado en los archivos es el resultado inevitable del poder estatal, del capitalismo y del patriarcado.
Ahora, la expansión y acumulación infinitas no son realmente posibles sin romper límites legales, morales y culturales; lo que no puede ser hecho de manera abierta, sino que requiere un “espacio” paralelo, secreto y seguro en el cual sus acciones —cualesquiera que sean— no tengan consecuencias. En este sentido, Epstein, más que un “monstruo”, fue alguien que proveía una “zona de excepción” donde la norma se suspendía para garantizar la continuidad de intereses concentrados (Agamben, 2005; Mbembe, 2011). En este caso, la transgresión extrema —tráfico, tortura, antropofagia— servía como un vínculo entre actores poderosos, no por las propias acciones, sino por la confianza forjada en el secreto y en la impunidad.
La violencia —particularmente la violencia sexual— y crueldad en los círculos de poder no es un desliz moral ni un vicio privado, es parte de la lógica capitalista de acumulación y control (Federici, 2004). La importación de mujeres desde contextos vulnerables, la normalización de la pedofilia en ciertos relatos culturales y la tolerancia institucional ante denuncias son prácticas que organizan jerarquías y lealtades. En esos intercambios circulan dinero, prestigio, favores y, sobre todo, silencio; esto es, el cuerpo como instrumento de intercambio y la violencia como estrategia de cohesión silenciosa. Aquí es importante subrayar que las víctimas de este caso son, en su inmensa mayoría, mujeres jóvenes de entornos económicamente precarios y que la cobertura mediática relegó sistemáticamente su explotación a un mero telón de fondo de la “historia real”: la reputación de hombres poderosos.
Si bien, los medios contribuyeron desde su campo en este enmascaramiento y posterior olvido social, no puede ignorarse que una enorme cantidad de personas tampoco quería saber nada al respecto. La pedofilia, las violaciones y la tortura son realidades que la mayoría de la sociedad no está preparada para procesar sin caer en el pánico, la negación o la revictimización. Frente a imágenes y relatos que desbordan la imaginación pública, la reacción habitual es justo personalizar el mal, desplazar la atención hacia el morbo o, incluso, proteger la reputación de los poderosos; todo ello facilita que las víctimas queden relegadas a un segundo plano y que el sufrimiento se convierta en telón de fondo de una narrativa centrada en los nombres y los escándalos. Esa incapacidad colectiva para sostener la gravedad del daño sin reducirlo a espectáculo es, en sí misma, un mecanismo de protección de las estructuras que lo permiten.
No obstante, la lógica violenta que hace posible lo documentado es que esos archivos reaparece en otros episodios de 2026: en el bombardeo de la ciudad de Caracas; en el avance de fuerzas de ultraderecha al servicio de la misma élite mundial; en la indiferencia hacia las madres buscadoras y otros colectivos que exigen verdad y justicia mientras los grandes eventos —como el Mundial— concentran la atención pública y mediática. No son hechos desconectados, sino manifestaciones de una matriz común, la tolerancia social a la violencia cuando sirve a intereses concentrados, la instrumentalización del secreto y el olvido, y la conversión del sufrimiento ajeno en ruido de fondo.
FUENTES:
Agamben, G. (2005). Estado de excepción: Homo sacer, II, I. Buenos Aires: Adriana Hidalgo Editora. (Trabajo publicado originalmente en el año 2003).
Cohen, S. (2017). Demonios Populares y "Pánicos Morales": Delincuencia Juvenil, Subculturas, Vandalismo, Drogas y Violencia. España: Gedisa. (Trabajo publicado originalmente en el año 1972).
Federici, S. (2010). Calibán y la bruja. Mujeres, cuerpo y acumulación originaria. Traficantes de Sueños. (Trabajo publicado originalmente en el año 2004).
McChesney, R. (2013). Digital Disconnect: How Capitalism is Turning the Internet Against Democracy. New York: The New Press.
Mbembe, A. (2011). Necropolítica. España: Melusina.
*Adylene Bueno Aguilar
Estudiante del doctorado en Estudios del Desarrollo, Problemas y Perspectivas Latinoamericanas (DEDPPLA) del Instituto de Investigaciones Dr. José María Luis Mora. Sus líneas de investigación son la violencia contra las mujeres, la prostitución y el orden patriarcal urbano.
