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Martín Luis Guzmán y los muertos venturosos de Wall Street

El cementerio de la vieja iglesia episcopal de Trinity Church inspiró a Martín Luis Guzmán a escribir una de sus crónicas más singulares: “Muertos venturosos”. | Ricardo del Muro

Escrito en OPINIÓN el

En el extremo sur de Manhattan, donde vibra el corazón financiero de Wall Street, sobrevive la vieja iglesia episcopal de Trinity Church. Su cementerio, pequeño y casi oculto entre los rascacielos, guarda un centenar de tumbas, entre ellas las de Alexander Hamilton, uno de los padres fundadores de Estados Unidos –autor de “El Federalista”- y de Robert Fulton, inventor del barco de vapor. 

Hace más de un siglo, ese rincón neoyorquino, llamó la atención del periodista y escritor mexicano Martín Luis Guzmán (1887-1976). Desde las ventanas del Trinity Building –un edificio que fue construido en 1905 y demolido en la década de 1990- contempló un día aquel pequeño cementerio rodeado por el vértigo financiero y escribió una de sus crónicas más singulares: “Muertos venturosos”. 

“Encerrados en sus tumbas –escribió-, estos muertos de Wall Street han sentido cómo su campo santo ha venido transformándose poco a poco en campo de oro, y se han regocijado con extraño deleite. El tropel de los mercaderes y sus esclavos ahoga en afán y ruido la pobre paz del cementerio”. 

“Y cuando la noche llega; cuando en los contornos corre el último cerrojo de la última caja fuerte; cuando se ha desvanecido la multitud, y la oscuridad y la soledad hacen de los ruidos ciudadanos voces lejanas de la naturaleza, entonces los muertos se incorporan en sus tumbas y escuchan el tintín prodigioso: pasa un tren, y suena el oro; silba una sirena en el puerto, y suena el oro; bate el viento, y suena el oro; se golpea alguna puerta, cae una ventana, y suena el oro; un terremoto destruye a mil leguas una ciudad, y suena el oro…”

Guzmán vivió en Nueva York durante dos períodos de exilio político que marcaron decisivamente su obra literaria. El primero ocurrió en 1914, tras el asesinato de Francisco I. Madero y el ascenso de Victoriano Huerta; el segundo, entre 1923 y 1925, después del fracaso de la rebelión delahuertista. Desde la distancia y el desarraigo, Guzmán encontró en el periodismo y la escritura una forma de supervivencia intelectual y política.

Aquellas experiencias terminarían por convertirlo en uno de los principales novelistas de la Revolución Mexicana y en el precursor de la novela política hispanoamericana. Obras como “El águila y la serpiente” (1928) y, sobre todo, “La sombra del caudillo” (1929), le dieron un lugar central en la literatura mexicana del siglo XX por su aguda interpretación del poder, el caudillismo y las contradicciones surgidas tras la Revolución.

A finales de 1915, tras sobrevivir un año de exilio en Madrid y publicar su primer libro, “La querella de México”, Guzmán abordó junto con su familia el vapor trasatlántico Espagne con destino a Nueva York, donde según su biografo Fernando Curiel, daría sus primeros pasos como empresario: inauguró un Book Department en el número 42 de Broadway y albergó a Pedro Henríquez Ureña, futuro embozado enemigo, en su piso de Central Park y West Street.

Además, retomó su labor como articulista en “La Revista Universal” y fungió como director de “El Gráfico”, ambos publicados en español en Manhattan, actividades que para ganarse la vida combinó con un trabajo de corredor de bolsa en Wall Street, junto a su amigo Emiliano López Figueroa.  

Muchas de esas crónicas, escritas entre 1915 y 1918, fueron recopiladas en su libro “A orillas del Hudson” (1920). Los textos reflejan las experiencias de Guzmán en Manhattan: la vida moderna, Wall Street, los rascacielos, los inmigrantes, el puerto y la sensación de extrañeza del exiliado latinoamericano frente a la gran urbe estadounidense.

Desde la Gran Manzana -“en el piso vigésimo nono de mi arañacielos”-, Guzmán observó la modernidad estadounidense y la contrastó con la realidad mexicana. Nueva York aparece como una metrópoli dinámica, organizada y tecnológicamente avanzada, símbolo del capitalismo industrial del siglo XX. Frente a ella, México surge como una nación todavía marcada por la inestabilidad política y la violencia.

En el exilio neoyorquino, como ha señalado uno de sus biógrafos, Marco Antonio Martínez, catedrático de la Universidad de Pennsylvania, la escritura funcionó para Guzmán como un doble mecanismo de supervivencia –económica y emocional– que le permitió mitigar tanto la pérdida del terruño como la ausencia de participación política. 

En una de sus crónicas describió un amanecer en el que el sol iluminaba los contornos dorados del edificio Woolworth, alguna vez llamado la “Catedral del Comercio”; el histórico rascacielos neogótico, diseñado por Cass Gilbert -ubicado en el 233 de Broadway, frente al Ayuntamiento de Manhattan– que desde su inauguración en 1913 y que durante 17 años fue el edificio más alto del mundo. 

“La ancha banda del río Hudson” –escribió-, “sujeto por las argollas férreas de los puentes, dentadas sus orillas por muelles innumerables, movidas sus aguas, sin descanso, por incontables barcas y bajeles: un tropel de tranvías, carros y automóviles rueda día y noche sobre cada puente; trenes enteros lleva sobre el río cada lanchón”. 

“Y este panorama gigantesco, envuelto en un rumor confuso y espeso que asciende hasta aquí como ascienden las sombras cuando el sol se pone, se repite una y otra vez hasta donde la vista alcanza. ¿Es este vigor arrogante, brutal y ofensivo, bello y grandioso, el alma de Nueva York?”

En el artículo “México y los Estados Unidos”, Guzmán señaló que los procesos históricos y sociales particulares habían generado dos países diferentes, pero no por ello incompatibles. Por un lado “una nación grande, rica, fuerte, bien organizada, bien gobernada (Estados Unidos)” y, por otro lado, una “que si no es chica por sus recursos naturales es socialmente pobre, débil, mal organizada, mal educada, mal gobernada, susceptible y temerosa (México)”. 

No obstante, esta disparidad, sostenía que la geografía compartida imponía la interdependencia y colaboración, objetivo que se alcanzaría “cuando exista en los Estados Unidos un sentir popular semejante al sentir oficial iniciado por el presidente Wilson”, señalaba Guzmán

Su simpatía hacia Woodrow Wilson, a quien veía como una figura clave para mejorar la relación bilateral, no era fortuita. En 1914, la administración Wilson se había negado a reconocer al gobierno de Victoriano Huerta por haber surgido de un golpe de Estado. Sin embargo, el mandatario estadounidense también aprobó la ocupación de Veracruz en 1914 y la expedición punitiva contra Villa en 1916, además de impulsar intervenciones militares en Haití, República Dominicana, Nicaragua y Cuba, conocidas como las “guerras del banano”.

Ricardo del Muro

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