La reaparición esta semana del más reciente expresidente de México significó un desafío para la prensa nacional que ahora debe responder a la pregunta, ¿qué hacemos con la cobertura a López Obrador?
El primer reto fue su regreso en forma de estampita con la foto compartida por Andy, el hijo que declaró que buscaría competir con cualquiera en igualdad de circunstancias para después subir una foto con el expresidente y fundador de Morena. Mostrando como diría el clásico que todos somos iguales pero unos más iguales que otros, y de paso exhibiendo que AMLO sigue políticamente vivo y dando avales a las aspiraciones de algunos, por lo pronto, si se apellidan López Beltrán.
Pero el mayor desafío fue con su regreso epistolar. El hombre que había dicho que se retiraba de la vida pública decidió que era momento de volver. Lo había hecho antes con un par de tuits para hablar de Venezuela y Cuba, pero fue en esta coyuntura que decidió salir y pelear por el reflector que, si no lo extraña cómo parece, pues reapareció y hace suponer que para él se están cumpliendo las condiciones que él mismo se puso para regresar: que el proyecto democrático estuviera en riesgo, que hubiera una amenaza de acoso o golpe contra la presidenta o que tuviera que salir a defender la soberanía.
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¿Cuál de los tres factores fue el que le movió? Solo él lo sabe, aunque suponemos que hay alguna combinación. Lo cierto es que decidió aparecer y lo hizo el mismo día que Los Ángeles Times anunciaba investigaciones en contra de dos gobernadores, uno de ellos su ex secretario de seguridad pública, y por si fuera poco, presidente del Consejo de Morena, Alfonso Durazo.
En política a veces adivinar las intenciones es riesgoso si no se saben de primera mano, por eso siempre he preferido analizar las consecuencias pues esas sí están a la vista de todo el mundo. En este caso es claro que el regreso implicó un movimiento que atrajo todas las miradas y cambió el centro de atención de la presidenta al ex mandatario.
¿Eso es bueno o malo para el gobierno? Para algunos es un respaldo, para otros, solo se respalda aquello que lo necesita, y en este caso flaco favor le hizo a quien busca construir su propia imagen, ahora con la notable presencia de quien merece tuits elogiosos, muestras de admiración de su movimiento y hasta espacio en las mañaneras.
El dilema alcanzó también a los medios impresos que parecieron sufrir al definir el lugar de AMLO en la cobertura. Unos, como El Universal, lo llevaron de principal; otros como la Jornada lo destacaron dándole todas las columnas del diario -aunque no como estelar- y varios prefirieron poner solo llamados o anuncios en sus portadas. El rango fue amplio, desde los que lo pusieron como protagonista hasta quienes incluso lo dejaron fuera de su primera plana como Excélsior.
Y es que la pregunta no es sencilla. ¿AMLO vuelve a las primeras planas y planos? ¿Eso le gusta o le incomoda a la actual comunicación presidencial, que en público siempre dirá que celebra su presencia pero que quizá en privado reconoce que le resta autoridad? ¿Qué harán los columnistas que fueron devotos de AMLO y que ahora se asumen como voceros de Sheinbaum?, ¿aplaudirán el respaldo o le reprocharán su papel en un escenario ya de por sí complejo para la presidenta?
El tiempo dirá si este regreso público irá acompañado de más acciones, por lo pronto con dos apariciones en una misma semana, AMLO volvió a ser el personaje estrella de la 4T.
