Hace muchos años, un operador político muy experimentado me contaba cómo colocaba mensajes en los medios, y al hacerlo, cuidaba los datos que revelaba “para que no se le notaran las placas”. El objetivo era sembrar temas sin que quedara claro el origen de la información.
Pues bien, se ve que ese principio no es compartido por el gobierno de los Estados Unidos, que no solo está operando una estrategia de comunicación en México, sino que lo hace a la luz de todo el mundo. A través de una serie de acercamientos con periodistas mexicanos, la administración de Donald Trump lleva meses, y en especial las últimas semanas, compartiendo información relevante sobre su mirada, los procesos que hay en ese país contra políticos mexicanos, la información que tienen en su poder, y los siguientes pasos que va a dar.
Esos relatos los hemos podido leer en las últimas semanas en columnas de periodistas como Jorge Fernández Menéndez y Raymundo Riva Palacio, que en sus textos han reflejado con claridad la agenda estadounidense. No es casualidad que ellos, entre otros, sean algunos de los columnistas bien informados, pues durante décadas han cultivado fuentes dentro de los aparatos de seguridad de México y Estados Unidos.
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Esas relaciones les han permitido tener acceso a información de primera mano, y desde la lógica periodística, sin duda tiene valor por el peso de las noticias que han dado a conocer. Son periodistas haciendo su trabajo. Lo interesante, y novedoso, es la claridad con la que el gobierno estadounidense ha usado a la prensa mexicana para impulsar su agenda.
Es notable pues esta práctica –que siempre ha ido de la mano del periodismo– había sido abandonada por la 4T. Durante los últimos 8 años, el gobierno de López Obrador, y en parte el de Claudia Sheinbaum, se dedicaron a despreciar a la prensa. Montados sobre el aparato de propaganda de las mañaneras, influencers y youtubers afines, dejaron de usar en el sentido tradicional a los medios como canales para tratar de poner agenda y enviar mensajes políticos, a veces hacia dentro de la clase política –como se hacía mucho en la era priista– o hacia afuera.
En contraste con ese desdén, el gobierno estadounidense muestra que entiende el valor de esos canales pues con cada uno de esos encuentros logra diversos objetivos estratégicos: muestra su visión de los temas, incluso de los encuentros de funcionarios estadounidenses con la presidenta Sheinbaum; influye en la agenda pública pues pone temas de conversación; y manda mensajes a múltiples destinatarios que saben de dónde viene la información que se está publicando.
Hasta ahora la estrategia de comunicación de Estados Unidos es más efectiva que la mexicana. El desgaste que muestra la aprobación presidencial, señalado la semana pasada en este espacio y confirmada por la reciente encuesta de Enkoll, confirma que el gobierno está perdiendo la guerra de narrativas.
La percepción de que no se combate suficiente a la corrupción sigue creciendo, la baja en la popularidad sobre todo entre los más jóvenes continúa en aumento, y si como han advertido esos columnistas lo que sigue es la lista de decenas de políticos mexicanos acusados, incluyendo gobernadores y al menos un Secretario de Estado, lo que viene es crítico para el gobierno.
No solo porque no podrá concentrar sus esfuerzos en defender a Rocha Moya sino que incluso sacrificándolo, ya no podrá argumentar que se trató de una manzana podrida, de un caso aislado cuando sean ya más los gobernadores acusados que los dedos de una mano.
La estrategia de Estados Unidos sigue avanzando por más leyes anti intervención que le quieran poner enfrente, y sin duda antes de criticar a los mensajeros, el gobierno mexicano debería tomar nota de los aciertos de la estrategia de comunicación estadounidense.
