Han pasado ya 24 horas y todavía hay un eco que no se apaga. Se cuela entre las mesas, entre el ruido de los platos y el olor a mar que llega desde la cocina de este restaurante sinaloense en la Ciudad de México, donde escribo esto sobre las rodillas, como si la prisa fuera parte del recuerdo. Y es que hay noches que no se terminan cuando el árbitro pita. Se quedan. Insisten.
Allá afuera, además, el país sigue soñando y sonando. Miles de personas celebran todavía en las calles: claxonazos que se estiran en la noche, trompetas improvisadas que rompen el silencio, gritos que suben y bajan como una marea que se niega a retirarse. No es euforia inmediata: es una alegría que se resiste a apagarse.
La de ayer fue una de esas noches.
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México no solo ganó. México se desbordó. Y no es una frase hecha: fue un equipo que por momentos pareció liberado de esa vieja costumbre de jugar con miedo. Hubo autoridad, sí, pero también algo menos frecuente: disfrute. Como si por fin alguien hubiera abierto las ventanas de una casa que llevaba años cerrada.
Conviene decirlo con todas sus letras, incluso a riesgo de que mañana nos acusen de exagerados: fue una de las mejores presentaciones de la Selección Mexicana en su historia reciente. No por el tamaño del rival —que siempre será tema de discusión nacional— sino por la manera. Por la claridad. Por esa contundencia que durante tanto tiempo fue promesa y casi nunca certeza.
Más de 60% de posesión, precisión en los últimos metros y una defensa que no concedió más de lo indispensable. Pero los números, esta vez, son apenas el pie de página. Lo importante fue otra cosa: el equipo supo a lo que jugaba. Y eso, en el futbol mexicano, es casi una revelación.
No hubo un solo héroe. Hubo varios. Y mejor aún: hubo sistema. Hubo una idea que no se rompió con el primer golpe ni se diluyó con la ventaja. México fue constante, fue serio y, en momentos clave, fue brillante. Lo suficiente para reconciliar, aunque sea por una noche larga, a una afición que ya venía cansada de promesas recicladas.
Porque si algo quedó claro, incluso 24 horas después, es que la verdadera magnitud de lo ocurrido no está solo en la cancha. Está en el país.
El Azteca a reventar. Y luego el país hizo lo suyo. El Ángel convertido en un punto de peregrinación laico; Guadalajara cantando como si el Mundial estuviera a la vuelta de la esquina; Monterrey celebrando sin cálculos; Morelia entregada; Tijuana latiendo a contrarreloj… y en la frontera, en Ciudad Juárez, esa costumbre de festejar mirando hacia dos lados, como si la alegría también supiera cruzar.
Ayer México fue una sola voz. Hoy, todavía lo es, aunque más bajito, más reflexivo, pero acompañado de ese ruido persistente que entra por las ventanas y se cuela en cada conversación, recordándonos que hay victorias que no se quedan en el estadio.
Y sí, ya empezaron a aparecer los de siempre. Los que piden mesura, los que recuerdan que esto no define nada, los que sugieren que no conviene emocionarse demasiado. Tienen razón, claro. El futbol mexicano nos ha enseñado a desconfiar incluso de nuestros mejores momentos.
Pero también es cierto que hay partidos que funcionan como bisagras. Que no ganan títulos, pero cambian narrativas. Que no garantizan futuros, pero los hacen posibles. Este podría ser uno de esos.
No porque todo esté resuelto —nunca lo está— sino porque, por primera vez en mucho tiempo, la Selección no pareció un rompecabezas armado a medias. Pareció un equipo. Y eso, en un país que vive el futbol como espejo, no es poca cosa.
Sigo escribiendo mientras alguien en la mesa de al lado vuelve a hablar del gol, de la jugada, del momento exacto en que todo hizo clic. Afuera, los claxonazos insisten, las trompetas no se cansan, la ciudad no termina de dormirse. Como si todos supiéramos, en el fondo, que hay noches que merecen estirarse un poco más.
Y aunque el tiempo se encargará de poner todo en su sitio, hay algo que ya nadie puede quitarnos: la certeza —breve, luminosa, peligrosa— de que México, cuando quiere y cuando se encuentra, puede jugar así.
¿Y si, sí ?
