#ENLAMIRA

Annie Leibovitz en México: una exposición que juega a lo seguro

La exposición de Annie Leibovitz recién inaugurada en el Museo de Antropología no dialoga, ilustra; no confronta, acompaña; no propone, repite. | Ulises Castellanos

Escrito en OPINIÓN el

Hay exposiciones que se anuncian con bombo, platillo y un discurso curatorial que promete una “inmersión” en la trayectoria de una autora. Y luego está la de Annie Leibovitz.

La muestra de Leibovitz, inaugurada esta semana en México con motivo del Mundial 2026, se presenta en Antropología como un fragmento autobiográfico: una narrativa visual que va de los Rolling Stones a los retratos escenificados que la convirtieron en marca global. En el papel —o más bien, en el texto de sala— todo suena impecable: atmósferas, personalidad, esencia, cuerpo, movimiento. Palabras grandes para una producción, digamos, bastante menor.

Porque lo que uno encuentra al recorrer esa exposición es, en esencia, un despliegue que parece quedarse a medio camino entre la retrospectiva y el montaje institucional de trámite. Proyecciones que cumplen sin sorprender y un muro con cien imágenes que intenta resumir décadas de trabajo, pero termina pareciendo más un timeline de Pinterest que una curaduría sólida. Una biografía comprimida que no alcanza a respirar.

El contraste inevitable —y doloroso— es con aquel 1986. Cuando Leibovitz vino a México hace 40 años por encargo de Televisa, entendió algo que aquí, curiosamente, parece diluido: que el futbol en este país no es solo un deporte, sino un lenguaje visual cargado de símbolos, de cuerpo, de territorio. Aquellas imágenes integraban lo prehispánico, el paisaje y la tensión muscular del jugador con una potencia estética que todavía resiste el paso del tiempo. Todos recordamos aquellas imágenes.

Hoy, en cambio, el discurso insiste en esa misma idea —la mezcla entre cultura, identidad y futbol— pero la ejecución se siente domesticada. Los retratos de figuras como Ochoa, Edson Álvarez o Julián Quiñones cumplen con el estándar de producción impecable que caracteriza a Leibovitz, sí, pero rara vez incomodan, rara vez sorprenden. Son imágenes correctas en un contexto que pedía algo más que corrección.

El texto de sala habla de “descubrir el mundo interior” de los retratados, de “capturar la esencia del deporte”, de encontrar talento en lugares insospechados. Pero lo que predomina es una sensación de distancia, como si el montaje estuviera más preocupado por cumplir con la narrativa institucional del Mundial que por arriesgar visualmente. Casi no hay fotos impresas, todo es proyección.

Incluso la inclusión de piezas mesoamericanas —que en teoría dialogan con el antiguo juego de pelota— se siente más como un recurso decorativo que como un verdadero cruce conceptual. Están ahí, sí, pero no terminan de integrarse al discurso fotográfico. Son contexto, no conversación.

Y quizá ese es el problema de fondo: esta exposición no dialoga, ilustra. No confronta, acompaña. No propone, repite.

Para una fotógrafa que construyó su prestigio a partir de la capacidad de reinventar el retrato y tensar los límites entre lo documental y lo escenificado, el resultado aquí se percibe cómodo, incluso predecible. Como si el peso del nombre bastara para sostener una exposición que, en términos de producción, se queda corta.

En tiempos donde la imagen compite ferozmente por atención y sentido, uno esperaría que una figura como Leibovitz volviera a México con algo más que una selección de obra y un montaje correcto. Sobre todo cuando ya demostró, hace cuatro décadas, que podía leer este país con una profundidad visual que muchos aún no alcanzan.

Pero no. Esta vez, la historia no se escribe con la cámara, sino con el expediente. En conclusión, no se pierden de nada, si no van a la expo.

Ulises Castellanos

@MxUlysses