La situación la hemos experimentado en cada Mundial de futbol. Aunque todas y todos sabemos que el desenlace para nuestra selección nacional no será exitoso, la esperanza de ser ganadores siempre se ha mantenido viva. Así ha sucedido desde 1930, cuando se celebró la primera contienda.
Desde entonces, cada cuatro años pasamos del optimismo en los partidos de clasificación, a la euforia al ganar cualquier enfrentamiento. Llenamos el Ángel de la Independencia. En instantes, saltamos de felicidad. Luego, pasamos a la resignación porque no llegamos al quinto partido. Pero, muy pronto, recuperamos la esperanza.
En las 17 ediciones en que ha participado —dicen los que saben— el seleccionado ha clasificado a la segunda fase en nueve ocasiones; en siete ha alcanzado los octavos de final; y sólo en dos ha llegado a la fase de cuartos de final. Su mejor participación fue en el Mundial de 1986, cuando nuestro país fue sede por segunda ocasión.
Te podría interesar
Por si no lo leíste: Javier Aguirre lanza crítica pese al triunfo de la Selección Mexicana.
Gracias a este fenómeno, el futbol en México se ha convertido en una actividad recreativa y de entretenimiento altamente rentable. La disputa por lograr el dominio de los beneficios económicos y políticos es intensa, pero los beneficios son, desafortunadamente, para unos cuantos.
Por eso son enormes las inversiones, espacios y tiempo que le dedican las grandes empresas y los gobiernos. Los riesgos derivados de la euforia o enojo que surgen en el marco de los partidos casi siempre son menores a la utilidad que les reditúa el interés de las y los aficionados. Incluso la de quienes no les gusta este juego.
Si bien es cierta la pasión que el futbol despierta en muchos líderes económicos, políticos, mediáticos y sociales, tampoco se puede ignorar que algunos la fingen para quedar bien y mostrar empatía con la afición. Lo primero es el negocio. Lo segundo es la ideología. Como fenómeno de masas, estamos frente a un asunto de poder. Poder para ganar dinero. Poder para controlar y manipular.
Entérate: Mundial 2026: la Copa del Mundo que dejó de ser para el pueblo de México.
Aprovechar esta circunstancia se ha vuelto en una alta especialidad de la publicidad comercial y de la comunicación política. Ningún poderoso quiere quedar fuera del negocio. Mucho menos de los reflectores que lo iluminan. El amor a la camiseta reúne y cohesiona a un pueblo ávido de triunfo, que quiere demostrar de alguna manera su superioridad frente a los demás países y que anhela tener más héroes.
Estos ideales son más que un sueño. Son válvulas de escape. Son la representación de un pueblo entero en una cancha, con once jugadores-héroes o héroes-jugadores. Son la representación de un simbolismo en el que nos vemos reflejados todos y todas, en el que nos fusionamos frente a un adversario, por grande y poderosa que éste sea.
La participación en el Mundial siempre abre otra ventana de oportunidad. “Quizás esta vez sí lo logremos”. Y aunque no lo pensemos claramente, lo intuimos. Lo deseamos. Cuando se juega futbol en un Mundial, no importa la religión, el partido político con el que simpatizamos y ni siquiera la clase social. Lo que vale es el rito y el momento cargado de emociones.
En la cancha, la esperanza no sólo depende de la probabilidad, ni de la viabilidad, ni de la factibilidad. Durante 90 minutos, sólo existe la identidad común, la esperanza, un futuro que no está completamente escrito. Tal vez muchos sepamos que durante varias semanas o meses se nos controla y manipula, pero qué importa. Tampoco nos preocupa que las probabilidades de triunfo de nuestra selección estén hoy entre el 2% y 4%.
¿Se vale soñar? Claro que sí. Después de tres triunfos consecutivos en la primera ronda —hecho que nunca había sucedido— tal vez en esta ocasión sí ocurra aquello que nunca ha ocurrido. Para algunos, pensar en el triunfo es un pensamiento absurdo e irracional. Aún más —dicen— es algo que ni siquiera supera un gran logro científico, educativo, económico, de salud o en materia de seguridad. Pero, a final de cuentas, ¿quién tiene el derecho de destruir nuestra esperanza?
Recomendación editorial: Maximiliano Jara Pozo. Historia del secuestro de una pasión. El futbol como herramienta política bajo el totalitarismo. Santiago de Chile: RIL Editores, 2014.
