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Desde una mesa del hotel Algonquin

El hotel Algonquin, en Nueva York, abierto al público en 1902 fue sede de la famosa Mesa Redonda del Algonquin, integrada por un destacado grupo de escritores, periodistas, actores y críticos teatrales. | Ricardo del Muro

Créditos: Ricardo del Muro
Escrito en OPINIÓN el

Una noche de Navidad de 1925, durante su exilio en Nueva York, el poeta mexicano José Juan Tablada expresó en un texto nostálgico la profunda insatisfacción que le provocaba la escasa valoración del artista en la sociedad mexicana: “Mucho de paria, de descastado y algo de fantasma –lamentó- tiene el artista en los pueblos sin cultura real y el poeta y el literato en las sociedades analfabetas”. 

“Escribo estas líneas amargadas por el sinsabor de una vida frustrada en sus mejores propósitos espirituales –señaló en sus Memorias- , sobre una mesa del Hotel Algonquin, que en esa urbe archimillonaria en población y riqueza es el rendez-vous de los artistas de toda especie”. 

Desde “un rincón penumbroso, propicio a mi trabajo”, Tablada describió en sus crónicas el ambiente que en esos años se vivía en el Algonquin, “donde los críticos y autores teatrales se intercambian los sápidos chismes de entre bastidores y el resto de los parroquianos, damas elegantes y egg-and-butter-men, o sea, ricachos pródigos y galantes, admiran y envidian a los artistas”. 

A pocos pasos de Times Square, en el número 59 de la calle 44 Oeste, en Midtown Manhattan, se alza este célebre hotel, abierto al público en 1902, que Tablada conoció en su época de mayor esplendor, durante la década de 1920, cuando fue sede de la famosa Mesa Redonda del Algonquin, integrada por un destacado grupo de escritores, periodistas, actores y críticos teatrales. 

“¡Ah, aquí esos entes no son por cierto, parias ni fantasmas! –escribió el poeta-. A cada instante el footman del hotel abre la portezuela de los automóviles que se detienen bajo la marquesina de la entrada para que desciendan ellos: los artistas, músicos, actores o pintores que con la alegría legendaria del “Yule-Tide”, o atmósfera de navidad, van a sentarse en torno de las mesillas ornadas de gajos de pino escarchados de plata y constelados de focos multicolores…”

El hotel, reconocido como monumento histórico, es el más antiguo de Nueva York que continúa en funcionamiento y conserva gran parte de la atmósfera que lo convirtió en un importante centro de la vida cultural y literaria de esta ciudad. Fue allí donde surgió la idea de fundar la revista The New Yorker, creada por Harold Ross, cuyo primer número apareció el 21 de febrero de 1925. 

En el vestíbulo del hotel, junto al Blue Bar, se exhibe una pintura de Natalie Ascencios que recrea una reunión de la Mesa Redonda. En ella pueden identificarse a Dorothy Parker, reconocible por su amplio sombrero; a Harold Ross, absorto en la lectura de The New Yorker; a Robert Benchley, fumando un habano; y a Frank Case, el legendario gerente y primer propietario del hotel.

Foto: Ricardo del Muro

Además en el cuadro aparece un gato que se convirtió en un personaje fundamental del hotel, el cual conserva hasta la fecha la tradición de tener un felino, llamado Hamlet o Matilda, según se trate de un macho o una hembra, considerado el conserje felino del establecimiento.    

Tablada convirtió al Hotel Algonquin en escenario de varias de sus crónicas y reflexiones. Desde este emblemático punto de encuentro literario observaba la efervescente vida intelectual neoyorquina y seguía de cerca las corrientes artísticas de vanguardia. Al mismo tiempo, desplegó una intensa labor como promotor cultural de los artistas mexicanos radicados en Nueva York. 

En una de sus crónicas,  publicada dentro de su serie “Nueva York de día y de noche” el 31 de mayo de 1925, Tablada relató una espontánea "noche mexicana” ocurrida en uno de los salones del hotel, donde la orquesta tocó “Three o´clock in the morning” (Las tres de la mañana) del compositor mexicano Julián Robledo, seguida de las dolientes melodías del Cielito lindo. 

“Acababa yo de exhibir en el Whitney Club las caricaturas a colores de (Miguel) Covarrubias, una serie de pinturas y dibujos de nuestro gran José Clemente Orozco, cuatro esculturas en cera del extraordinario Luis Hidalgo y un matizado baúl de Olinalá”, escribió en un texto en el que hizo referencia a tres artistas mexicanos que por entonces radicaban en Nueva York, así como al club ubicado en Greenwich Village que con el tiempo se convertiría en el núcleo del Whitney Museum of American Art. 

“Y de todo aquello –relató en su crónica– hablaban con entusiasmo en el Hotel Algonquin Alex Brooks, Charlie Chaplin y Rose Rolanda, es decir, críticos sesudos, actores ilustres, bellas mujeres, cuyas palabras oyen con interés y aun reverencia los millones de ciudadanos de esta patria”. 

Tras más de dos décadas de intensa actividad literaria y cultural en Nueva York, Tablada regresó a México en 1935 y se estableció en Cuernavaca. Durante esos años publicó sus memorias, “La feria de la vida” (1937), y en 1941 ingresó como miembro de número de la Academia Mexicana de la Lengua.

A mediados de 1945 volvió a Nueva York al ser nombrado vicecónsul de México. Poco después de asumir el cargo, falleció el 2 de agosto de 1945, a los 74 años de edad. Sus restos fueron trasladados posteriormente a México y depositados en la Rotonda de las Personas Ilustres. 

En lo que se refiere a los integrantes de la Mesa Redonda, cuya brillantez intelectual despertó la admiración e incluso la envidia del poeta mexicano, el grupo se fue desgastando gradualmente. Algunos miembros se trasladaron a Hollywood atraídos por la creciente industria cinematográfica; otros se concentraron en sus carreras individuales, mientras las diferencias personales y políticas, junto con el impacto del desplome bursátil de 1929, transformaron el ambiente cultural estadounidense.  

Marc Connelly, uno de los integrantes, resumió años después ese proceso con una frase memorable: «No terminó; simplemente se fue apagando». A comienzos de la década de 1930, el llamado “Círculo Vicioso” estaba prácticamente disuelto. En 1932, la novelista Edna Ferber comprendió que una época había llegado a su fin cuando encontró ocupada la mesa habitual por una familia de turistas.  

Algunos de aquellos escritores, periodistas y dramaturgos que alcanzaron gran notoriedad en la década de 1920 se vieron posteriormente afectados por el clima de persecución ideológica del macartismo. El caso más conocido fue el de Dorothy Parker, cuyas posiciones progresistas y su participación en diversas causas sociales la convirtieron en objeto de vigilancia y sospecha durante los años de la Guerra Fría. Parker falleció el 7 de junio de 1967 a los 73 años, a causa un infarto, sola en su apartamento del hotel Volney de Nueva York. 

Ricardo del Muro

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