El Mundial de 2026 ha convertido a Norteamérica en el mayor escaparte de la globalización futbolística. México, Estados Unidos y Canadá comparten la organización del torneo, pero la imagen de integración regional mostró desde el arranque sus propias contradicciones. Las ausencias de Claudia Sheinbaum, Donald Trump y Mark Carney a los partidos inaugurales en sus respectivos países reflejaron el clima de polarización política, incertidumbre económica y el temor a posibles rechiflas y abucheos desde las tribunas.
La principal contradicción de este Mundial es que se desarrolla en una de las regiones con mayor interdependencia económica del planeta, pero que al mismo tiempo enfrenta crecientes dudas sobre el futuro de ese modelo de cooperación. Los gobiernos de los tres países se preparan para la revisión del TMEC, cuya primera evaluación formal está prevista para el primero de julio de 2026, en medio de presiones proteccionistas y de las amenazas de Trump de abandonar el acuerdo.
Bajo la conducción de Gianni Infantino, la FIFA ha profundizado la transformación del futbol en un negocio global multimillonario en el que los intereses comerciales ocupan un lugar central. Los elevados precios de las entradas, los espacios reservados para patrocinadores y clientes VIP, así como la creciente mercantilización del espectáculo han desplazado de los estadios a la mayoría de los aficionados que durante generaciones dieron vida a las tribunas.
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Para el sociólogo Jean-Marie Brohm el futbol constituye una superestructura político-ideológica de capitalismo avanzado que opera bajo la lógica de una corporación multinacional. Los jugadores son la materia prima de esta industria, sus imágenes se comercializan y el producto final se vende a millones de aficionados. Se establece así una relación clásica entre producción y consumo. Nunca antes, sin embargo, el fetichismo del futbol se había manifestado de manera tan cruda como en este Mundial.
Según Brohm, el deporte no es simplemente una actividad recreativa, sino también un instrumento de poder, un mecanismo de influencia sobre la opinión pública y una forma de moldear valores e identidades colectivas. Este fenómeno se presenta tanto en los regímenes autoritarios como en las democracias contemporáneas.
Hubo una época en que el futbol era considerado el deporte de masas por excelencia. Debido a su enorme capacidad de convocatoria e influencia social, los historiadores del deporte suelen identificar al menos cuatro Copas del Mundo en las que el torneo fue utilizado por gobiernos autoritarios como instrumento de propaganda política o de legitimación internacional.
Así ocurrió en Italia 1934, cuando el régimen de Benito Mussolini convirtió el Mundial en una vitrina del fascismo. Igual sucedió en Argentina 1978, donde la junta militar encabezada por el general Jorge Videla aprovechó el torneo para mejorar su imagen en el exterior en medio de denuncias por violaciones a los derechos humanos.
Más recientemente, en Rusia 2018, el gobierno de Vladimir Putin buscó proyectar una imagen de estabilidad y modernidad, tratando de minimizar la indignación mundial por la intervención militar en Crimea en 2014; mientras que en Qatar 2022, según diversas organizaciones de derechos humanos, el emirato intentó fortalecer su reputación internacional pese a las críticas por las condiciones laborales de los trabajadores migrantes y las restricciones a las libertades civiles.
El Mundial de Inglaterra 1966 fue el primero en ser transmitido vía satélite a gran parte del planeta, en tanto que México 1970 se convirtió en la primera Copa del Mundo difundida globalmente a través de la televisión a color.
Sin embargo, el Mundial de 2026 se desarrolla en un contexto distinto. Aunque sigue siendo el mayor espectáculo deportivo del planeta, se ha transformado en gran escaparate de la sociedad globalizada y del mercado mundial, en una era marcada por la fragmentación de las audiencias, las redes sociales y la competencia de múltiples plataformas de entretenimiento.
En ese contexto, la inauguración de la Copa del Mundo no sólo exhibió el enorme poder económico de la industria futbolística global, sino también los profundos contrastes sociales y la polarización política que marcan a Norteamérica en uno de los momentos más complejos de su historia reciente.
Diversas crónicas publicadas por medios internacionales coincidieron en señalar que el torneo comenzó marcado por divisiones políticas, tensiones diplomáticas y fuertes contrastes sociales. Más que una competencia deportiva, el torneo futbolístico aparece como un espejo de los problemas sociopolíticos y económicos que actualmente se padecen en Estados Unidos, México y Canadá.
Se trata de “un Mundial histórico que arranca en una Norteamérica dividida”, escribió James Wagner, corresponsal de The New York Times. En su crónica recordó que, desde el inicio de su segundo mandato, Donald Trump ha mantenido una relación tensa con México y Canadá, marcada por amenazas arancelarias, disputas comerciales y una retórica de acciones militares.
En México, la inauguración del Mundial, según la crónica de Elia Castillo en El País, evidenció las profundas desigualdades y contrastes políticos del país. Mientras empresarios, gobernadores y dirigentes políticos opositores asistieron al partido inaugural en las zonas exclusivas del Estadio Azteca, la presidenta Claudia Sheinbaum y la jefa de Gobierno capitalina, Clara Brugada, siguieron el encuentro en una explanada pública de una de las zonas más marginadas de la Ciudad de México.
Al mismo tiempo, las protestas de la CNTE y de colectivos de madres buscadoras recordaron que la celebración mundialista convive con problemas sociales y demandas pendientes del país como la inseguridad, las desapariciones y la violencia del crimen organizado.
Aunque el futbol sigue siendo el deporte más popular del mundo, el elevado costo de boletos, hospedajes y servicios han expulsado de los estadios a la mayoría de los aficionados.
La polémica por el alto costo de los boletos llevó a los fiscales generales de Nueva York y Nueva Jersey a investigar a la FIFA. Según The New York Times, algunas entradas para partidos de la fase de grupos en Estados Unidos pasaron de 60 a más de 600 dólares, mientras que boletos para la final alcanzaron cerca de 12 mil dólares, convirtiendo al Mundial en uno de los espectáculos más costosos de la historia.
