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Otra vez la paz en Irán

De lograrse el acuerdo de paz en Irán, se resolverá algo muy sustantivo en dicho país: el fin del bloqueo económico que, desde la administración del presidente Barack Obama, mermó sus finanzas. | Eduardo Zerón

Escrito en OPINIÓN el

El presidente Donald Trump anunció el lunes que había llegado a un acuerdo con Irán para poner fin a la guerra que ha puesto de cabeza el mercado energético mundial. Esta no es la primera vez que lo hace, pero parece que el acuerdo resuelve algo muy sustantivo para Irán: el fin del bloqueo económico que, desde la administración del presidente Barack Obama, mermó sus finanzas.

Para entender la dimensión de lo que está en juego es necesario regresar al año 2015, cuando Irán y el denominado P5+1 —Estados Unidos, Reino Unido, Francia, Alemania, Rusia, China y la Unión Europea— alcanzaron el llamado Joint Comprehensive Plan of Action (JCPOA). El acuerdo buscaba limitar el programa nuclear iraní a cambio de un alivio gradual de las sanciones económicas. Durante varios años, el Organismo Internacional de Energía Atómica certificó el cumplimiento de buena parte de las obligaciones asumidas por Teherán, en particular en materia de inspecciones y de restricciones al enriquecimiento de uranio. Sin embargo, el acuerdo nunca logró resolver las preocupaciones relacionadas con el programa iraní de misiles balísticos ni con el apoyo que la República Islámica brinda a organizaciones armadas en la región.

Detrás de aquel acuerdo existía una arquitectura de presión económica extraordinariamente sofisticada. Su principal arquitecto fue Stuart Levey, subsecretario del Tesoro para Terrorismo e Inteligencia Financiera, quien entendió algo que pocos habían comprendido hasta entonces: la verdadera vulnerabilidad de Irán no se encontraba en sus campos petroleros, sino en su dependencia del sistema financiero internacional. Washington aprovechó su posición dominante dentro de los mercados globales y del sistema financiero basado en el dólar para aislar progresivamente a Teherán no solo del comercio internacional, sino también de los mecanismos que permiten operar a cualquier economía moderna: pagos internacionales, financiamiento, seguros, corresponsalías bancarias y acceso a divisas.

Levey, quien había sido subsecretario del Tesoro para Terrorismo e Inteligencia Financiera, tuvo un interesante acierto, y es que, si bien Irán tiene vastos yacimientos petroleros y su flujo monetario podía encontrar alternativas en diferentes países para su comercio, su principal vulnerabilidad radicaba en una dependencia de los mercados internacionales para realizar pagos y desarrollar operaciones. Washington presionaba a los bancos, las empresas y las instituciones financieras privadas, advirtiéndoles de los riesgos regulatorios y legales que conlleva realizar actividades con entidades terroristas. Entonces, ante la amenaza, fueron los mismos bancos los que comenzaron a desvincularse de Irán, no solo estadounidenses, sino del mundo, lastimando a este último de manera significativa. 

Cuando Trump decidió retirarse del JCPOA en 2018 argumentó que el acuerdo era insuficiente. Desde la óptica de su administración, el pacto simplemente posponía el problema nuclear sin eliminarlo definitivamente. Además, no abordaba el desarrollo de misiles balísticos ni la creciente influencia regional de Irán a través de organizaciones como Hezbollah, Hamas o los hutíes. La política de "máxima presión" impulsada por Trump buscó corregir esas deficiencias mediante sanciones aun más severas. Paradójicamente, el resultado fue que Teherán comenzó a abandonar gradualmente varias de las restricciones nucleares que había aceptado, elevando los niveles de enriquecimiento de uranio y reduciendo la distancia que lo separaba de una eventual capacidad nuclear militar.

¿Qué sucedió entonces? Tras la salida de Estados Unidos del acuerdo en 2018, la lógica de incentivos que sostenía al JCPOA comenzó a desmoronarse. Teherán argumentó que ya no tenía razones para seguir cumpliendo plenamente un pacto cuyos beneficios económicos habían desaparecido y, de manera gradual, comenzó a abandonar varias de las restricciones que había aceptado. Los niveles de enriquecimiento de uranio aumentaron muy por encima del límite de 3.67% establecido por el acuerdo; las reservas de material enriquecido crecieron significativamente y el número y sofisticación de las centrifugadoras se incrementaron. Al mismo tiempo, muchas de las promesas económicas que justificaban el acuerdo nunca se materializaron plenamente, pues el temor de los bancos e instituciones financieras a futuras sanciones estadounidenses impidió el retorno masivo de inversiones y capitales a Irán. Desde la óptica de Trump, esto confirmaba que el acuerdo había fracasado en su objetivo estratégico de contener de forma permanente las ambiciones nucleares iraníes; desde la perspectiva iraní, demostraba que Occidente no estaba dispuesto a cumplir con el componente económico que daba sustento al pacto.

Lo de Trump podría tener cierta lógica. El problema fue que Israel, inmerso en su narrativa —y también en su legítima preocupación— de que el programa nuclear iraní representaba una amenaza existencial, terminó empujando a Washington a entrar en una guerra que nadie quería, contra un país que no era su enemigo, en un conflicto que no era suyo y que terminó metiéndolo en una presión que no necesitaba, además de que el momento no era el mejor. 

Trump ya necesitaba terminar con la guerra; la escalada inflacionaria lo lastimó electoralmente y el descontento social arreciaba, mientras la economía y el poder adquisitivo se encarecían por el cierre del estrecho de Ormuz. De cara a las elecciones de noviembre, no se podía apostar por una guerra eterna. Trump fue estratégico porque, si bien algunos piensan que el acuerdo que levanta las sanciones a Irán significaría un acierto a favor del régimen de los ayatolás, paradójicamente, el plan de Stuart Levey fue tan profundo que su desmantelamiento no ocurrirá automáticamente. Incluso si parte de las sanciones desaparecieran, ello no garantiza el regreso inmediato de Irán a los mercados internacionales, pues bancos, aseguradoras e inversionistas continúan considerando al país una jurisdicción de alto riesgo. Desde esta perspectiva, Trump obtiene estabilidad económica; Irán “consigue oxígeno financiero”, mientras que los mercados recuperan certidumbre. En este momento, el principal beneficiado puede ser Donald Trump.

Moneda al aire

El verdadero desafío ahora no estará en Teherán ni en Washington, sino en Jerusalén. Si la guerra ha terminado, el siguiente paso será convencer a Benjamin Netanyahu de que la diplomacia ofrece más beneficios que una nueva escalada militar

La experiencia iraní demuestra que cuando Washington decide emplear todo el peso de su poder nacional, las sanciones, las investigaciones financieras, las acusaciones penales y el aislamiento económico pueden resultar más devastadores que cualquier intervención armada. La pregunta ya no es si habrá presión sobre los cárteles, sino quiénes descubrirán que resulta mucho más difícil sobrevivir a una investigación internacional que a una crisis política doméstica.

Eduardo Zerón

@EZeronG