Las edificaciones públicas tienen, inevitablemente, una carga simbólica y un sentido político. Tal es el caso de las construcciones y transformaciones de la Plaza de la Independencia de la ciudad de Campeche a lo largo de dos siglos –tema que traté en las colaboraciones de enero a mayo–. La importancia socio-cultural –apropiación, pertenencia, identidad– entendida en su estrecha vinculación con la connotación política, constituyen también parte de la elaboración discursiva, aunque en términos subyacentes a la narrativa del poder gubernamental.
Considero que la historia de la plaza campechana puede leerse desde la perspectiva de la impronta, las tensiones y las contradicciones entre dos pretensiones fundamentales que persiguieron los diferentes representantes del poder ejecutivo que actuaron sobre ella: una fue la de proyectar en ella los signos, presumiblemente, distintivos del progreso; la otra, hacer de ella el símbolo representativo de un pasado, supuestamente, memorable. Esto es, al estudiar el devenir de la plaza es posible observar el proceso de transformación que la llevó a constituirse, alternadamente, de un signo de modernidad en el siglo XIX y buena parte del XX, a un símbolo histórico al mediar y luego al finalizar el siglo XX.
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Las características que en los términos arquitectónico-urbanísticos pero, sobre todo, del discurso ideológico político dominante en cada época tenían los conceptos moderno e histórico, así como las motivaciones gubernamentales para buscar imponer uno u otro, resultan fundamentales para comprender las diversas intervenciones sobre la plaza y las afectaciones profundas a su imagen. Ese análisis me permite proponer la existencia del cinco etapas de construcción y transformación que marcan la vida de la plaza y de la ciudad de la que es centro. Cinco cambios arquitectónicos que se enmarcan en una de las dos estrategias políticas anotadas: signo de modernidad o símbolo histórico. Así, dos de ellos, corresponde a la primera pretensión (1857-1913 y 1914-1940), dos a la segunda (1941-1962 y 1985 en adelante) y una tercera pretendió comprenderlas las dos a un tiempo (1962-1984).
Si bien durante los primeros años de vida independiente la plaza central fue objeto de atención al cambiarse su nombre al de Plaza de la Independencia, por el empuje de los movimientos en el ámbito político, sin embargo, las siguientes décadas transcurrieron, al parecer, sin que grandes transformaciones la afectaran. Hacia finales del siglo XIX, durante la etapa liberal, la plaza fue objeto de algunos proyectos gubernamentales para remozarla, ello como parte del programa de mejoras materiales a través del cual se buscaba embellecer la ciudad como una forma de mostrar el grado de civilidad alcanzado y que se puede resumir en el anhelo liberal de edificar (1857-1913). Paradójicamente, años más tarde, los aires renovadores que llegarían con el inicio del nuevo siglo y de la Revolución maderista, no tendrían efecto directo sobre la traza de la ciudad, en cambio, si tuvo su aspecto una importante afectación como consecuencia de los trabajos desplegados por la breve administración de Manuel Rivera, militar que representaba al gobierno reaccionario de Victoriano Huerta, pues parte de su labor supuso el que la plaza, además de otros espacios urbanos, sufriera cambios importantes en su fisonomía, imponiendo así el sello de la contra-revolución (1914-1940).
En efecto, las modificaciones realizadas por Rivera marcaron el inicio de un proceso que abarcó todo el siglo XX durante el cual la plaza se convirtió en objeto de diversas afectaciones –modificaciones o transformaciones en el diseño arquitectónico, en las variaciones de su entorno, en la ornamentación, entre otros–, a través de las cuales los gobernantes, durante diferentes administraciones, pretendieron expresar la ideología política de sus respectivos gobiernos. El gobierno de Héctor Pérez Martínez se propuso desmantelar los signos de una herencia que, consideraba, atentaban contra los principios de la revolución triunfante y en su afán modernizador con conciencia histórica terminó por devolver a la plaza un aire evocador del porfirismo contra el que se levantó la revolución de la que se consideraba heredero (1941-1962).
El proyecto gubernamental de José Ortiz Ávila tenía como propósito una transformación radical de la fisonomía urbana, incluida la plaza, basada en el principio de la funcionalidad como prioridad, y en ese marco supo resolver bastante acertadamente el binomio, muchas veces enfrentado, de pasado-futuro (1963-1984). En los sesenta, pretendió desplazar el centro de la ciudad a un sitio extramuros, cercano a la Plaza de la Independencia, construyendo para ello un nuevo palacio de gobierno y una nueva plaza cívica, llamada la Plaza de la República; cabe anotar que no logró su objetivo, aunque su existencia contribuyó a restarle centralidad en algunos aspectos. Lo que si logró exitosamente fue la fusión de las diferentes etapas históricas previas y el afán de progreso y modernización en la nueva fisonomía de la plaza.
El caso que supuso el mayor fracaso discursivo, si bien exitoso en términos populares durante algún tiempo, fue el de Eugenio Echvería y su intención de recuperar los ecos de un distante pasado de sello “colonial”, supuestamente simbolizado en el kiosco (1985 en adelante). El desconocimiento de la historia mezclado con la necesidad gubernamental de honrar tiempos gloriosos sólo sembró confusión en propios y extraños, locales y visitantes, a quienes se contó el cuento de un parque colonial.
El surgimiento y consolidación de un nuevo espacio en el siglo XX, conocido como el malecón, de forma paulatina, a lo largo de los años, sustrajo parcialmente a la plaza su carácter de eje articulador de la vida de los campechanos, especialmente en el ámbito de la sociabilidad y el esparcimiento. En este contexto, sostengo que la plaza fue perdiendo su carácter de “centro”, de referencia a partir de la cual se ordenaba el espacio y se vivía la ciudad y que ese cambio corrió aparejado con la transformación de la plaza que transitó de constituir el signo de la modernidad y el progreso a consolidarse como el símbolo de la historia recuperada. Esto es, la existencia de otros espacios como la plaza de la república y, especialmente, el malecón, quitaron a la plaza su papel protagónico, el primero asumiendo las funciones de eje de gobierno y, el segundo, convirtiéndose en el referente de la modernidad y la sociabilidad.
Profesora e investigadora del Instituto Mora e integrante del SNII. Especialista en historia política, electoral, de la prensa y de las imágenes. Entre sus publicaciones más recientes se cuentan los libros “Introducción a la política del siglo XIX mexicano” (2025), “Historia política de una ciudad. Campeche, siglos XIX-XX” (2024) y “Caricatura e historia. Reflexión teórica y propuesta metodológica” (2023); así como la co-coordinación de “El carácter de la prensa política. Una tipología de los impresos periódicos del México del siglo XIX” (2025); “Un siglo de tensiones: gobiernos generales y fuerzas regionales. Dinámicas políticas en el México del siglo XIX” (2024) y “Emociones en clave política: el resentimiento en la historia. Argentina y México, siglos XVIII-XX” (2024).
Fausta Gantús “Entre la modernidad y la historia, la Plaza de la Independencia de Campeche, XIX y XX ”.
