En 1940 la Plaza de la Independencia de Campeche, con su fuente central y sus espacios abiertos, era, sin duda alguna, el principal espacio de reunión pública de la ciudad y el corazón de la vida política. Ahí, de frente a la plaza, dando la espalda al mar, estaba el Palacio de Gobierno (calle 8); mirando también a la plaza estaba la iglesia Catedral (calle 55); alrededor además estaban los comercios, como la farmacia Lanz, la papelería Amaya, el Salón Popular, el almacén París-Londres y el antiguo edificio de arquería morisca, donde estuvieran la Cervecería Yucateca y luego el Hotel Cuauhtémoc (sobre la calle 10); y la tienda con su gran letrero de Nestlé, “Leche condensada”, el café y restaurante Campeche o los servicios médicos y de Rayos X de Salvador Pacheco López (sobre la calle 57).
Dos décadas más tarde, en los sesenta, se intentó romper con esa centralidad y sustraerle, al menos, aquel que correspondía a su carácter de eje de la vida política: la fuente había desaparecido y su lugar lo ocupaba un monumento funcionalista que simbólicamente fusionaba aquella fuente con el kiosco, aún más antiguo. La Catedral seguía ahí, pero el Palacio de Gobierno había desaparecido, al igual que el edificio de arquería morisca. La fisonomía del derredor había cambiado. También los comercios. Sin embargo, el “parque del centro” y/o “parque principal”, como era –y es– popularmente conocido, seguía siendo el corazón de la ciudad.
Otras dos décadas habrían de transcurrir para que, de nuevo, en los ochenta, la mirada del mandatario de gobierno en turno, Eugenio Echeverría Castellot, se posara sobre el centro histórico y su Plaza y la hiciera eje de su discurso: la nostalgia por el pasado, la recuperación de una supuesta gloriosa historia “colonial” serían los atributos con los que el gobierno revistiera su proyecto para intervenir el espacio: “Dentro del programa de obras públicas, significó la revitalización del recinto histórico, como una verdadera joya colonial donde se están redescubriendo viejos edificios”, recogería el periódico “El Día”, de la ciudad de México, en su edición del 8 de agosto de 1982, tomándolo del tercer informe que rindiera el gobernador campechano.
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Acorde con esta posición de añoranza del gobierno de Echeverría Castellot se trabajó para devolver al parque su, supuesto, sello de antaño valiéndose de información visual. En tal sentido, en su informe de 1985 apuntaba el mandatario que se hizo la “reconstrucción del parque principal devolviéndosele su antigua fisonomía con su tradicional kiosco rescatando su estilo de históricas fotografías”. Las obras de transformación de la Plaza de la Independencia estuvieron bajo la dirección del arquitecto Fernando Arana Dorantes. Lo tradicional, lo antiguo y lo histórico, se tornaban conceptos ambiguos, conceptos difusos.
Así, "con una inversión de más de 85 millones de pesos se remodeló la Plaza de armas, mejor conocida como el parque del centro, [...]”, apuntaba el periódico “Tribuna” en su edición del 7 de agosto de 1985. Y, agregaba: “Explicó [el mandatario] que se trabajó en aproximadamente 450 metros cuadrados. El kiosco central cuenta con diámetro de 21 metros con dos niveles, el primero tiene 16 caras y el segundo 8, éste está techado con madera. [...] se elaboró un enverjado perimetral, las rejas fueron coladas en Campeche, asentadas sobre un pretil de concreto aparente. Se instalaron bancas hacia adentro en todo el perímetro del parque” (imagen 1). La nota del “Tribuna” continuaba dando cuenta de la transformación de la Plaza: “El Kiosco cuenta con una estructura de concreto aparente, techo de lámina ondulada, según el estilo colonial, con dos niveles y se reparó la instalación eléctrica general del parque." Hay en el recuento informativo del periódico dos expresiones que he marcado en negrillas y que son, a no dudarlo, cuestionables y controversiales: la recuperación del “estilo colonial” de la “Plaza de armas”, términos utilizados de forma reiterada en el discurso oficial.
En la búsqueda por sellar el vínculo con el lejano pasado novohispano durante ese sexenio se decidió usar para referirse a la Plaza de la Independencia el muy antiguo término de “Plaza de armas”, que era el nombre común con el que en su tiempo se conocía a la Plaza Mayor, y cuya característica sobresaliente era la de albergar la picota y la horca, ambos instrumentos disciplinarios, símbolos del poder de las autoridades españolas. Una extraña, al menos, elección denominativa. Paralelamente, se insistió en la importancia de recuperar el aspecto que la misma había tenido en “otros tiempos”. La confusión fue grande. Se especuló con la vuelta a un luminoso pasado “colonial”, sin reparar en que en aquellos tiempos no había construcción alguna que caracterizara a la Plaza.
En realidad, lo que se construyó en la década de 1980 no se asemejaba siquiera al aspecto que la Plaza tuviera en la etapa decimonónica sino que volvía a la imagen de principios del siglo XX, al diseño implementado por las transformaciones de la contra-revolución. Al parecer era difícil saber a cuáles tiempos se quería volver y a cuáles se estaba regresando. ¿Cuál historia, para qué sociedad? El desconocimiento del pasado arquitectónico que se pretendía recuperar se tradujo en la vuelta al patrimonio del gobierno “reaccionario” de principios de la centuria vigésima. Ni novohispana, ni porfirista, ni revolucionaria, lo que triunfó fue la narrativa de ese breve interregno modernizador del representante del huertismo en la entidad, travestida de magnificente historia colonial.
* Fausta Gantús
Profesora e investigadora del Instituto Mora e integrante del SNII. Especialista en historia política, electoral, de la prensa y de las imágenes. Entre sus publicaciones más recientes se cuentan los libros “Introducción a la política del siglo XIX mexicano” (2025); “Historia política de una ciudad. Campeche, siglos XIX-XX” (2024) y “Caricatura e historia. Reflexión teórica y propuesta metodológica” (2023); así como la co-coordinación de “El carácter de la prensa política. Una tipología de los impresos periódicos del México del siglo XIX” (2025); “Un siglo de tensiones: gobiernos generales y fuerzas regionales. Dinámicas políticas en el México del siglo XIX” (2024) y “Emociones en clave política: el resentimiento en la historia. Argentina y México, siglos XVIII-XX” (2024).
