Empieza el Mundial y, como ocurre cada cuatro años, México volverá a detenerse frente a una pantalla. Se llenarán restaurantes, se vaciarán oficinas, habrá banderas en las ventanas y millones de personas gritarán goles como si durante noventa minutos todos compartiéramos el mismo destino.
Y eso, en sí mismo, no tiene nada de malo.
El futbol -como tantas expresiones colectivas- tiene la capacidad de recordarnos algo que a veces olvidamos entre el enojo cotidiano: que seguimos siendo capaces de emocionarnos juntos. Que todavía existe un espacio común donde las diferencias políticas, sociales o económicas parecen diluirse momentáneamente. Que todavía podemos abrazarnos con desconocidos después de un gol.
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El problema empieza cuando esa emoción colectiva pretende convertirse en sustituto de la realidad.
En las últimas horas se volvió viral un mensaje que proponía algo aparentemente sencillo y bienintencionado: dejar de lado divisiones, conflictos y diferencias para “jalar todos para el mismo lado” durante el Mundial. “Sin chairos ni fifís”. Sin partidos políticos. Sin pleitos. Solo una enorme celebración nacional.
Y claro que la idea resulta atractiva. Todos estamos cansados de la confrontación permanente. Todos extrañamos un país menos crispado. Todos quisiéramos sentir, aunque fuera por un momento, que todavía compartimos algo en común.
Pero hay una diferencia enorme entre unidad y silencio. Porque cuando se pide “dejar de pensar” en los problemas del país para concentrarnos en el futbol, lo que en realidad se está proponiendo es una especie de tregua emocional selectiva. Una pausa cívica. Una suspensión temporal de la conciencia crítica.
Como si hubiera dolores que pudieran ponerse en pausa porque hay partido.
¿De verdad la idea es que las madres buscadoras dejen de buscar durante noventa minutos? ¿Que quienes llevan meses intentando conseguir medicamentos simplemente “se relajen”? ¿Que las familias víctimas de violencia suspendan el miedo porque rueda un balón? ¿Que quienes perdieron derechos, trabajo, seguridad jurídica o estabilidad institucional simplemente se distraigan un rato y luego regresen a la normalidad?
Hay algo absolutamente privilegiado en esa petición. Porque solamente quien no está atravesado por el dolor estructural puede asumir que la realidad se suspende por entretenimiento. Solamente quien conserva cierta estabilidad puede imaginar que los problemas nacionales son un tema de conversación del que podemos desconectarnos temporalmente para “disfrutar la fiesta”.
Pero para millones de personas en México la crisis no es una conversación. Es su vida cotidiana. No desaparece cuando empieza el himno nacional. No se olvida cuando rueda el balón.
Y eso no significa que no podamos disfrutar el futbol. El problema no es celebrar un gol. El problema es pretender que el amor al país exige olvidar momentáneamente todo aquello que lo está destruyendo.
De hecho, quizá ocurre exactamente al revés. Tal vez quienes más señalan lo que está mal son precisamente quienes más aman a México. Porque el patriotismo verdadero no consiste en cerrar los ojos frente al deterioro institucional, la violencia o la desigualdad. Consiste en negarse a normalizarlos.
En México hemos empezado a confundir peligrosamente el disenso con traición.
Si señalas la violencia, “divides”.
Si cuestionas al poder, “polarizas”.
Si hablas del deterioro democrático, “aguadas la fiesta”.
Si denuncias la destrucción institucional, “eres negativo”.
Si exiges derechos, “no apoyas al país”.
Y no. Una democracia no se fortalece cuando todos guardan silencio. Se fortalece cuando las personas pueden disentir sin convertirse en enemigas públicas.
Además, hay algo profundamente injusto en responsabilizar únicamente a la sociedad de la polarización mexicana, como si esta hubiera surgido espontáneamente entre ciudadanos intolerantes. Durante años hemos visto desde el poder político una estrategia sistemática de división social: pueblo contra élites, buenos contra malos, conservadores contra liberales, traidores contra patriotas.
La confrontación no nació en las mesas familiares ni en redes sociales. Fue impulsada desde las más altas tribunas del país como mecanismo político de cohesión y control.
Por eso resulta incompleto pedirle ahora a la ciudadanía que “olvide las diferencias” sin exigir exactamente lo mismo a quienes han construido capital político a partir de ellas.
La unidad nacional no puede edificarse sobre el silencio selectivo de unos mientras otros siguen utilizando la confrontación como herramienta de poder.
Hay, además, otra dimensión todavía más delicada en este tipo de mensajes: la romantización de la evasión.
Los grandes espectáculos deportivos históricamente han servido también como mecanismos de distracción social. No porque el futbol sea malo -sería absurdo sostener algo así- sino porque el entretenimiento masivo tiene la capacidad de generar emocionalidad colectiva suficiente para desplazar temporalmente conversaciones incómodas.
Mientras discutimos alineaciones, dejamos de hablar de instituciones.
Mientras celebramos goles, dejamos de preguntarnos por qué seguimos acumulando desaparecidos.
Mientras debatimos arbitrajes, dejamos de mirar la erosión democrática.
Mientras compartimos memes del Mundial, la realidad sigue ahí.
Y no, nadie está obligado a vivir en estado permanente de indignación. Nadie puede sobrevivir emocionalmente si cada segundo del día piensa únicamente en tragedias nacionales. El descanso mental también es necesario.
Pero una cosa es descansar y otra anestesiarse.
Una cosa es disfrutar el futbol y otra asumir que el compromiso cívico consiste en callar temporalmente para no incomodar el ambiente festivo.
Porque hay personas para quienes no existe pausa posible.
La violencia no entra en receso mundialista.
La falta de medicamentos no se suspende por calendario FIFA.
Las madres buscadoras no tienen medio tiempo.
La precariedad no desaparece durante los partidos.
La destrucción institucional no se congela noventa minutos.
Y quizá uno de los ejemplos más claros de ello es justamente lo que ha ocurrido con el Estado de derecho en México en los últimos años.
Mientras millones de personas intentan simplemente sobrevivir económicamente o encontrar espacios de alegría colectiva, el país ha experimentado transformaciones institucionales profundas: debilitamiento de contrapesos, militarización creciente, eliminación de organismos autónomos, concentración de poder, reformas constitucionales aprobadas sin deliberación real y una reforma judicial que no solo modificó estructuras, sino que implicó el cese masivo de personas juzgadoras y la alteración completa del diseño de independencia judicial construido durante décadas. La destrucción del estado de derecho, en detrimento de todas y todos.
Para quienes observamos esos procesos, no se trata de una diferencia ideológica superficial. No es “polarización” en abstracto. Son cambios concretos que afectan derechos, estabilidad institucional y condiciones democráticas.
Por eso resulta tan problemático reducir toda crítica pública a simple negatividad social.
No. Muchas personas no estamos “enojadas con el pa??s”. Estamos preocupadas por él.
Y eso incluye precisamente a quienes siguen hablando de desaparecidos, de salud pública, de violencia o de deterioro institucional incluso en medio de la euforia mundialista.
Porque amar un país no implica fingir que todo está bien. De hecho, las sociedades más democráticas no son aquellas donde todos piensan igual ni donde todos sonríen mientras el espectáculo continúa. Son aquellas capaces de sostener simultáneamente celebración y crítica, identidad colectiva y disenso, alegría y conciencia.
Podemos emocionarnos viendo jugar a México y al mismo tiempo exigir mejores instituciones. Celebrar un gol y seguir defendiendo derechos.
Podemos cantar el himno y seguir cuestionando al poder.
Podemos amar profundamente a nuestro país sin aceptar resignadamente aquello que lo deteriora.
Eso también es patriotismo.
Y quizá incluso uno más honesto que el optimismo obligatorio.
El verdadero problema de México no es que existan demasiadas voces críticas. El problema sería dejar de tenerlas.
Sería mucho más peligroso un país donde nadie cuestiona nada. Donde la unidad nacional depende de callar. Donde disentir resulta incómodo. Donde el entretenimiento sustituye la conversación pública. Donde el espectáculo desplaza la conciencia cívica.
Ese sí sería un país verdaderamente derrotado.
Por eso ojalá disfrutemos el Mundial. Ojalá gritemos goles. Ojalá existan momentos de alegría colectiva en medio de un país tan cansado y tan herido.
Pero ojalá también entendamos algo esencial: hay dolores que no se suspenden cuando empieza un partido.
Y hay derechos, instituciones y vidas humanas demasiado importantes como para convertirlas en ruido de fondo mientras dura la fiesta.
Porque mientras rueda el balón, la realidad sigue jugando.
