Hay canciones que no escuchas: las habitas. Las de Joaquín Sabina son de esas.
Lo descubrí en la Prepa 6, durante la huelga del CEU en el 86. Mientras la UNAM ardía en asambleas y pinta de bardas, alguien metió un casete en una grabadora portátil y de repente ahí estaba ese tipo —flaco, ronco, madrileño— cantándole a una tal Lucy del bar y a los callejones de una ciudad que yo todavía no conocía. Ahí supe que ese personaje era mío.
Durante años, Sabina funcionó como mi manual de instrucciones emocional. Aprendí de él que el amor sin drama no vale la pena, que hay que irse antes del alba o quedarse para siempre, y que una buena excusa dada a tiempo puede salvar una amistad. Sus canciones me enseñaron a beber con elegancia, a fumar con pose y estar siempre abierto a un nuevo amor. No todo fue buena idea, para ser honestos.
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Este autor era nuestro compañero de desveladas. Sabina era el músico perfecto para aquellas madrugadas de discusión interminable sobre si el amor era una trampa o una redención. Y resulta que era las dos cosas, como casi todo en la vida.
Para quien quizá no lo conozca, el repertorio de Sabina tiene canciones que ya son patrimonio sentimental de varias generaciones. “19 días y 500 noches”, ese himno al desamor sin fondo. “Pongamos que hablo de Madrid”, su declaración de amor a una ciudad herida. Y “Nos dieron las diez”, el relato de una noche que no quiere terminar. “Con la frente marchita”, que muchos cantamos sin saber bien por qué nos duele tanto. Y “Princesa”, quizás la más tierna de todas, dedicada a una chica que vivía al margen. Cinco canciones que, si no las conoces, son una buena puerta de entrada. Si ya las conoces, sabes exactamente de qué va todo esto.
Joaquín Sabina se retiró en febrero de este año después de dar su último concierto de la gira “Hola y Adiós” en el Movistar Arena de Madrid. Hoy tiene 77 años. Lo vi en vivo unas doce veces. Doce. En distintas épocas, distintas ciudades, distinto yo. Cada concierto era un rito: el escenario oscuro, ese silencio previo donde el público aguanta la respiración, y luego él —cada vez más viejo, cada vez más él— agarrando el micrófono como quien agarra el último trago de la noche.
Pero la vez que más me marcó no fue en ningún foro. Fue en Guanajuato, durante un Cervantino. Lo encontré caminando por los callejones —esos mismos callejones angostos y empedrados que parecen inventados para canciones— rodeado de poca gente, sin protocolo, casi sin escolta. Llevaba mi cámara encima, como siempre, y le tomé fotos. No posó. Iba de la mano con una chica mexicana para nosotros desconocida y se molestó un poco por las fotos que le hice, al estilo de los paparazzis italianos. Por respeto a él, esas imágenes nunca las publiqué. Sabina caminaba como quien sabe que la ciudad era suya aunque nadie se la haya dado.
Eso es Sabina: alguien que ocupa el espacio como si le perteneciera. La calle, el escenario, la canción, el silencio entre verso y verso.
Hoy lo escucho distinto. Ya no soy el cuate que tomaba sus letras como recetas. Ahora las oigo con la ternura de quien reconoce sus propias cicatrices en los versos de otro. Sé que no siempre fue buena guía. Sé que romantizó cosas que no merecían tanto romanticismo. Incluso algunas letras famosas de Sabina hoy son consideradas como “políticamente incorrectas”. Pero también sé que sin él, mis veintes habrían sido más grises, más ordenados y mucho menos divertidos.
Vivir es cosa seria. Es recordar a Sabina, es recordar las noches de huelga, es recordar a los amigos que se fueron, es recordar a los amores que se quedaron, es recordar que uno estuvo ahí, que uno escuchó, que uno vivió. Y al final, eso es todo lo que importa: haber vivido. Vivir con resaca y buena música. Vivir con Sabina. Y eso es lo que hoy importa.
