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Trump, MAGA y la rebelión de las criaturas

Hay que dejar de creer que la lealtad digital es sinónimo de estabilidad política. | Mireya Márquez Ramírez

Escrito en OPINIÓN el

Es conocido el arco narrativo de la icónica novela de Mary Shelley: tras infundir vida a un cuerpo compuesto por fragmentos de cadáveres, el doctor Víctor Frankenstein huye aterrorizado de su laboratorio, incapaz de lidiar con la espantosa realidad de su éxito. La criatura, abandonada, desarrolla su propia conciencia, su propio lenguaje y una agenda de venganza contra el hombre que la trajo al mundo. La criatura cobra vida y se rebela.

El paisaje político de Estados Unidos se asemeja, con precisión escalofriante, a esa tragedia romántica. Donald Trump, maestro del espectáculo y la provocación política, se enfrenta a una realidad que no pudo prever. Sus propias criaturas mediáticas, los influencers podcasters conservadores del movimiento Make America Great Again (MAGA) que pavimentaron su regreso a la Casa Blanca, han decidido que el creador ya no es lo bastante puro para el altar que ellos mismos le levantaron.

Durante años la narrativa del movimiento MAGA se sostuvo en desconfianza absoluta hacia el sistema y rechazo a las guerras eternas para salvar a otros en vez de preocuparse por sí mismos. Sin embargo, el ejercicio del poder en este segundo mandato ha obligado a Trump a confrontar la geopolítica real, donde las promesas de campaña de “America First” chocan con la necesidad de mantener la hegemonía en el golfo Pérsico. El poder no se ejerce a golpe de posts; la vergüenza y el ridículo mundial sí dejan secuelas algorítmicas.

El resultado ha sido un estallido de fuego amigo que ha dejado perplejos a los analistas tradicionales. Figuras pilares de su defensa mediática, como Tucker Carlson, Meghyn Kelly, Candace Owens, Alex Jones o Joe Rogan, han pasado de la validación entusiasta al cuestionamiento que raya en la hostilidad abierta. Mientras la administración Trump intentaba justificar la escalada militar contra Teherán por los canales diplomáticos habituales, Carlson sugería que el líder del mundo libre había sido “capturado” por los mismos intereses del complejo militar-industrial que juró destruir. El alcance de esta ruptura es masivo: el podcast de Carlson, sumado a las plataformas de otros apóstoles del MAGA, supera en audiencia a cualquier programa de opinión de la televisión por cable. El relato oficial de la Casa Blanca ya no tiene el control del movimiento.

¿Qué implica este divorcio entre un presidente y sus otrora feligreses digitales? Durante la última década, se popularizó la idea de que los influencers eran los nuevos arquitectos de la opinión pública, poseedores de una conexión mística y directa con la voluntad del pueblo. A la par, se consolidó la creencia de que el líder político carismático, cual dirigente de un culto digital, a base de eslóganes y hashtags, obtenía un control sin precedentes sobre su base de seguidores. Pero este caso revela que dicha alianza es frágil y volátil. Un influencer no es un cuadro de partido político ni un aliado estable, sino un “empresario de la atención” cuyo capital no es el voto, sino el clic ideológicamente motivado. Y en la economía de la atención, la moderación resulta el camino más rápido a la quiebra. Y las narrativas ambiguas, percibidas como perdedoras, no generan likes.

Lo aprendido de estos episodios es que la lógica de la plataforma puede ser más poderosa que la lealtad al líder. El culto a la personalidad de Trump funcionó como pegamento inicial: una entrega emocional donde el seguidor renuncia a su agencia a cambio de pertenecer a una épica de redención nacional. Sin embargo, ese culto se construyó y distribuyó mediante algoritmos diseñados para la fricción, confrontación y la purga constante de lo “tibio”. Cuando el líder político intenta hacer política real —que implica negociar, ceder o cambiar de rumbo ante una crisis internacional—, el algoritmo lo penaliza con furia. Así, el seguidor no se siente persuadido por los argumentos técnicos del Departamento de Estado; al contrario, se siente traicionado en su identidad digital. La criatura, entonces, acaba mordiendo la mano de su creador para seguir siendo relevante en el feed de sus seguidores.

Un culto sobrevive mientras el líder es símbolo intocable, mártir o candidato eterno; pero se desmorona al convertirse en un burócrata con decisiones contradictorias: posts incendiarios en redes, pero negociaciones diplomáticas en tierra. La advertencia desde Washington es clara: el radicalismo para ganar elecciones se convierte en una camisa de fuerza para gobernar. El seguidor entrenado para sospechar de todo terminará dudando del propio líder en cuanto este muestre una grieta de pragmatismo, o el algoritmo encuentre posturas más atrincheradas y alineadas con la promesa. El monstruo del radicalismo dispone de dos vías: alimenta al líder para que suba al trono, pero una vez ahí le exige seguir quemando instituciones para mantener el fuego encendido. Si el líder decide, por responsabilidad, presiones o pragmatismo, apagar el incendio, establecer alianzas incómodas, o incumplir promesas de campaña, el monstruo decide buscarse un nuevo dueño.

Y llegado este punto, el periodismo debe recuperar su distancia intelectual. Durante años, muchos medios, en un intento por no morir en la irrelevancia, decidieron emular el hiperpartidismo. Abandonaron la neutralidad —entendida no como silencio, sino como rigor— para convertirse en animadores de un bando. Pero hoy sabemos que esa es una apuesta suicida. Cuando los medios se vuelven partisanos, quedan atrapados en la misma trampa que Trump: son esclavos de una audiencia cada vez más reducida que no perdona el matiz.

Por ello, la batalla por la neutralidad y la distancia crítica, que dábamos por perdida, se revela hoy como la única estrategia de supervivencia racional. Recuperar la objetividad mínima para el debate no es un gesto de nostalgia, sino un escudo de defensa. En un mundo donde los influencers se despedazan entre sí por un puñado de visualizaciones, el valor de una fuente con cabeza fría, compromiso con el hecho y rigor, recupera un valor que creíamos extinto.

¿Podemos reconstruir una esfera pública en que la verdad no sea moneda de cambio para el algoritmo? Habría que empezar por dejar de creer que la lealtad digital es sinónimo de estabilidad política. La opinión pública no es propiedad de quien tiene más likes, y el poder es una carga insoportable cuando tus propios aliados han sido entrenados para no creer en nada, ni siquiera en ti. La tragedia de Frankenstein no fue crear vida, sino olvidar que, una vez liberada, la criatura sigue sus propias leyes, a menudo a costa de la supervivencia de su creador. Quizá la verdadera herejía en esta era de lealtades digitales sea volver a poner los hechos por encima del feed.

Mireya Márquez Ramírez

@Miremara