MAGNIFICA HUMANITAS

IA, humanidad y las reglas que aún no tenemos

Que el papa León XIV haya dedicado su primera encíclica a la inteligencia artificial dice algo sobre el momento en que vivimos. “Magnifica humanitas”, firmada el 15 de mayo de 2026 es una intervención en una conversación que todavía no tiene respuestas definitivas. | Laura Rojas

Escrito en OPINIÓN el

Que el papa León XIV haya dedicado su primera encíclica a la inteligencia artificial dice algo sobre el momento en que vivimos. “Magnifica humanitas”, firmada el 15 de mayo de 2026 es una intervención en una conversación que todavía no tiene respuestas definitivas y que involucra a gobiernos, científicos, organismos internacionales y ahora también a la institución religiosa con mayor presencia global.

El debate sobre cómo gobernar la inteligencia artificial es incipiente y crítico a la vez. La Unión Europea apenas puso en vigor en 2024 su Reglamento de Inteligencia Artificial, el primero de su tipo en el mundo. Ese mismo año, el Consejo de Europa abrió a firma el primer tratado internacional jurídicamente vinculante sobre IA, derechos humanos y democracia, y la Asamblea General de la ONU adoptó una resolución sobre sistemas de IA seguros y confiables para el desarrollo sostenible. Y aunque los marcos han empezado a generarse, aun falta un trecho para conocer su eficacia y los ajustes que serán necesarios: la discusión sobre qué principios deben orientar el desarrollo tecnológico sigue abierta y, en la mayor parte del mundo, apenas empieza a concretarse a nivel institucional

Los marcos regulatorios vigentes, incluidos los Principios de la OCDE sobre IA y el Proceso de Hiroshima del G7, parten de categorías como seguridad, transparencia, derechos fundamentales y control humano. Son categorías útiles y necesarias, pero técnicas: definen umbrales de riesgo aceptable, establecen obligaciones de auditoría, distribuyen responsabilidades entre desarrolladores y usuarios. León XIV reflexiona en otro registro: la encíclica coloca la pregunta en el terreno de la dignidad de la persona, el sentido del trabajo, la libertad interior y la responsabilidad moral, lo que significa que no pregunta únicamente qué riesgos genera la IA, sino qué tipo de humanidad estamos construyendo con ella. Esa pregunta es, más que técnica, existencial, y precisamente por eso, indispensable para cualquier debate que aspire a ser completo.

En México, como en la mayor parte de América Latina, la conversación sobre IA es todavía principalmente académica y sectorial. En 2025 el Senado de la República inició discusiones para la creación de un marco normativo para la inteligencia artificial en México. Mientras tanto, la tecnología se despliega en procesos electorales, decisiones de crédito y servicios públicos sin estándares claros de transparencia o control. Estamos exactamente en la fase en que la encíclica llega con más utilidad: antes de que las reglas se consoliden, cuando todavía es posible influir en los supuestos que las van a fundar.

La aportación de ”Magnifica humanitas” es, en ese sentido, política además de moral. Introducir la dignidad de la persona como criterio no negociable en el diseño y uso de los sistemas de inteligencia artificial no es un gesto simbólico: es una posición sobre qué debe quedar fuera del cálculo de la eficiencia y no es una posición aislada: Geoffrey Hinton, premio Nobel de Física 2024, ha advertido que el desarrollo acelerado de la IA exige intervención gubernamental porque las empresas no tienen incentivos suficientes para priorizar la seguridad sobre la competencia comercial. Yoshua Bengio ha insistido en que los riesgos inmediatos —discriminación, vigilancia, manipulación, concentración de poder— no pueden quedar desplazados por la discusión sobre riesgos futuros. Stuart Russell, desde la academia, plantea que las máquinas no deberían perseguir objetivos rígidos sino operar bajo incertidumbre sobre las preferencias humanas y permanecer corregibles, lo que en términos prácticos significa que el control humano no es opcional. Yuval Noah Harari ha advertido que el riesgo político central de la IA es que las democracias pierdan control sobre sus propios sistemas de información, porque la tecnología ya puede producir lenguaje, narrativas y decisiones opacas capaces de influir en sociedades enteras. Henry Kissinger, Eric Schmidt y Daniel Huttenlocher plantearon en ”The Age of AI and Our Human Future” que la IA transforma la forma en que los seres humanos conocen, deciden y gobiernan, y que la humanidad está interactuando con una forma de poder que todavía no comprende ni controla plenamente.

A todos ellos se suma ahora León XIV, en México y en el mundo, urge una regulación de la IA que la mantenga como una herramienta de apoyo a la humanidad.

Laura Rojas

@Laura_Rojas_