La inteligencia artificial (IA), es algo que forma parte de nuestras vidas, lo queramos o no, desde que buscamos algo en google, como un restaurante, una noticia, el clima, lo primero que aparece en el buscador es la respuesta de la IA de google. Pero ¿esto qué implica? Sin duda, sabemos del potencial que puede tener, en el ámbito de la ciencia, en el entretenimiento o en la comunicación. El día viernes 1º de mayo se anunció que el Pentágono tuvo acuerdos con siete empresas de inteligencia artificial para implementar su tecnología en sistemas militares clasificados. El problema de esto, es que prácticamente todas las empresas que se dedican a la tecnología tienen miles de datos de sus usuarios, rutinas diarias, incluso rutinas de sueño. Estas empresas son Space X, OpenAI, Google, Nvidia, Microsoft y Amazon Web Services, y estos se integrarán a los sistemas del departamento de Defensa de Estados Unidos, utilizados para “planificación”, orientación de armas y otros fines.
Incluso comenzaron a aparecer anuncios donde la IA de la red social X, a través de su sistema Grok, ofrece clonar la voz de una persona en menos de dos minutos y en distintos idiomas. Este tipo de herramientas pueden parecer útiles en ciertos ámbitos, como la producción de contenido, los videojuegos o incluso utilizar la voz de un ser querido que ya no está. Sin embargo, un problema que ya se viene acarreando desde hace mucho, es la posibilidad de suplantar identidades y generar información falsa con una facilidad que antes no existía. Lo que antes requería conocimientos sobre programas de software complejos o recursos especializados, hoy puede hacerse de manera rápida y accesible, con unos cuantos clicks, esto cambia por completo la relación que tenemos con la veracidad de lo que escuchamos y vemos en nuestros dispositivos.
Al mismo tiempo, el uso de inteligencia artificial y nuestra cotidianidad está lejos de ser privada, ya que esos datos pasan a grandes empresas, y después pasan al mejor postor. Como en este caso, el gobierno de Estados Unidos, lo que hace parecer las novelas distópicas una realidad, donde la excusa de su uso cotidiano se puede transformar en un fin político o militar, y sus implicaciones sobre la seguridad de los datos personales se vuelven inevitables, así como la interrogante sobre para quién y para qué se utilizaran todos los datos que recopilan sobre cada uno de nosotros. Estos datos, que parecen inofensivos o por mero protocolo de recolección por uso de alguna búsqueda en internet, pueden adquirir otro sentido cuando se integran a sistemas de control y análisis más amplios.
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En este sentido, el problema de fondo no es la tecnología en sí, sino los datos que la hacen posible su uso. Esta acumulación permite que los sistemas funcionen con mayor precisión, creando perfiles individuales para cada uno de nosotros, generando una forma de control que no siempre es visible. A través de todos estos datos, es posible anticipar comportamientos, segmentar públicos y orientar decisiones. La inteligencia artificial no solo responde a lo que hacemos también puede influir en cómo lo hacemos, en qué elegimos y en qué podemos ver y dejar de ver.
Para este punto, pensar que la inteligencia artificial es algo neutral resulta bastante ingenuo, ya que toda tecnología produce efectos que van más allá de lo que se busca inicialmente. Estas consecuencias no previstas permiten entender mejor lo que ocurre con la IA en la actualidad. Un sistema diseñado para facilitar el acceso a la información puede terminar filtrándose o vendiendo al mejor postor, esta tecnología pensada para mejorar procesos puede reproducir o incluso expandir desigualdades existentes. Esto no significa que la tecnología sea negativa en sí misma, más bien sus efectos dependen del contexto en el que se desarrolla y de las estructuras sociales que la rodean.
En este sentido, la inteligencia artificial no crea desde cero lo que se le pide, trabaja con información previa. Esto implica que muchas veces se repitan patrones, ideas o estructuras ya existentes, dando la ilusión de generar algo completamente nuevo. Puede ayudar a producir más rápido, pero no necesariamente a pensar distinto. En ese sentido, la innovación tecnológica convive con una tendencia a la repetición, y a las mismas narrativas, lo que limita la diversidad de perspectivas. La IA reorganiza lo que ya existe, y en ese proceso también puede reforzar visiones, crear una realidad ficticia, en la cual cada individuo pierde la noción de sentido común, pensando que lo que se ve filtrado por estos algoritmos es la realidad.
Esto se ha tratado por muchos autores, como por ejemplo Harari en su libro Nexus advierte que los algoritmos no solo organizan información, también influyen en la manera en que la entendemos. Lo que vemos, lo que leemos y lo que consideramos relevante pasa cada vez más por estos filtros automatizados. Esto implica que el acceso a la información ya no depende únicamente de la búsqueda individual, sino de sistemas que priorizan ciertos contenidos sobre otros. En ese sentido, el control de los datos también se convierte en control sobre las narrativas.
Por eso, pensar en la inteligencia artificial hoy implica dejar de verla como un tema meramente tecnológico. No se trata de imaginar lo que podría pasar, sino de observar lo que ya está ocurriendo. La IA es una condición del presente que atraviesa tanto la vida cotidiana como las estructuras de poder. El problema no es su existencia, es la forma en que se desarrolla y se utiliza. Entender quién controla los datos, cómo se emplean y qué efectos generan es parte central de esta discusión. Porque no es solo “el desarrollo tecnológico” esta es la manera en que se organiza la vida misma a partir de estos cambios.
Fabrizio Moreno González*
Licenciado en Historia por la Universidad Veracruzana, maestrante en Historia Moderna y Contemporánea del Instituto Mora, las líneas de investigación son la historia urbana, historia política e historia de la ciencia durante el siglo XX.
