Cada vez que acontece un atentado vinculado a comunidades incel, como el que ocurrió recientemente en Teotihuacán, el tema aparece en la conversación pública como un problema de salud mental —hombres aislados, resentidos, enfermos—. Se les trata como una subcultura marginal, una interpretación tranquilizadora, pero insuficiente dado que cada vez parece más evidente que no son ideas excepcionales e incluso tienen referentes: los coaches de masculinidad.
El coaching es un acompañamiento estructurado que se lleva a cabo en distintas disciplinas para mejorar una habilidad o aumentar el rendimiento. En este caso, el coaching de masculinidad consiste en discursos de autoayuda dirigidos a hombres que prometen mejorar su vida personal mediante la reconstrucción de su identidad masculina, generalmente a partir de valores tradicionales adaptados a ideas de éxito y optimización.
En la modernidad, cada persona debe construir su propia biografía, tomar decisiones continuamente y hacerse responsable de las consecuencias, lo que, en el contexto actual —precarización, avance de nuevas derechas y resurgimiento del conservadurismo— ha vuelto más atractiva esta oferta. Ante la incertidumbre, no es extraño buscar estabilidad, y, aunque sea una ilusión, la tradición —roles de género y jerarquías— se percibe como lo más firme, generando una certeza sobre «lo de antes», aun cuando se trate de un pasado no vivido.
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Conviene recordar que la acumulación primitiva de capital implicó la subordinación de las mujeres para garantizar la reproducción de la fuerza de trabajo: las mujeres se convirtieron en nuevos bienes comunes de los hombres, sustitutos de las tierras despojadas, y se naturalizó su destino al hogar, al cuidado y a la sumisión (Silvia Federici, 2004): «Detrás de un gran hombre hay una gran mujer. Porque el hombre será un cazador, pero ustedes son el centro energético» (Diego Dreyfus, 2024).
Así, este contenido adquiere un tono cada vez más reaccionario. Frente a los avances del feminismo y los cambios en el orden de género, estos relatos posicionan a los hombres como víctimas de una pérdida de lugar y reconocimiento: «El amor hacia nosotros lo generamos nosotros mismos mediante nuestra capacidad de proveer, de proteger […] ¿Es duro? Sí, lo es, pero tú eres un hombre y podrás soportarlo» (Igor Melmax, 2023). El coaching de masculinidad promete refugio y reparación, propone “restaurar” los roles de género: «El hombre va y factura, pero si tú me enderezas facturo diez veces más. La mujer influencia al hombre para ser su mejor versión» (Diego Dreyfus, 2024).
Para comprender su éxito, conviene mirar lo cotidiano: emociones como ansiedad, miedo o frustración son comunes, sin embargo, a los hombres se les enseña que son inaceptables en ellos. Los coaches movilizan políticamente estas emociones frente a la percepción de pérdida de privilegios y construyen una realidad donde los problemas de los hombres son culpa de las mujeres, del feminismo o de la “decadencia” de Occidente. Esto permite entender por qué se perciben como espacios sectarios: pueden generar aislamiento y debilitar la capacidad de relacionarse. Sin embargo, reducirlo a manipulación invisibiliza la capacidad de quienes participan para interpretar o cuestionar estos contenidos.
En definitiva, los coaches ofrecen respuestas simples y una promesa: el cambio depende de uno mismo. Problemas estructurales se interpretan como asuntos individuales, de modo que el malestar se privatiza: «Búsquese trabajo, mi compa. […] Cuando estás desempleado tu trabajo es buscar trabajo. Y depende de con cuánta convicción te lo tomes, lo vas a lograr. El que sea para no estar desempleado y teniendo ese trabajo, seguir buscando para ir mejorando». Esto puede generar la sensación de control, pero limita la posibilidad de pensar soluciones colectivas.
Algunos coaches parecen cuestionar la masculinidad tradicional al considerar la salud mental o criticar vínculos sexoafectivos: «¿Por qué tengo que depender del otro? Tú encárgate de que tu vida tenga abundancia, negocio, dinero, felicidad. Y si te asocias es desde el amor» (Diego Dreyfus, 2021). Sin embargo, esta apertura se orienta hacia la optimización personal y mantiene un antagonismo de género: «Ten paciencia porque el hombre se vuelve atractivo con el tiempo. Esa es la diferencia entre hombres y mujeres. Las mujeres son atractivas desde muy jóvenes, el hombre se vuelve atractivo con la experiencia, las canas y el modo guerra» (Temach, 2026).
De este modo, el coaching de masculinidad reproduce los mandatos tradicionales, solo que la fuerza y la autoridad se combinan con disciplina, autocontrol y mejora continua: «Una mujer quiere seguridad, quiere sentirse estable, así que trabajar con brazos en el gimnasio es una muy buena idea si quieres ser más atractivo» (Hombre10, 2024). Se trata de una masculinidad coherente con la racionalidad neoliberal.
Es un error pensar en los atentados solo como un problema de salud mental. Siendo que expresan imaginarios de género donde los hombres se perciben en pérdida y deben reconstruirse mediante la optimización constante. Aunque estos discursos movilizan emociones y refuerzan antagonismos, quienes participan mantienen la capacidad de interpretación y responsabilidad sobre sus acciones. Por tanto, el coaching de masculinidad es una expresión de este momento histórico y, al mismo tiempo, una práctica que individualiza los malestares.
*Tania Guadalupe Álvarez Ramírez es parte del programa de maestría en Sociología Política en el Instituto Mora. Estudió las licenciaturas en Sociología y Trabajo social, ambas por la Universidad Nacional Autónoma de México. Investiga sobre procesos de socialización en prácticas híbridas modernas.
