En la memoria colectiva, destaca el acontecimiento en el que el Monolito de Coatlinchán atravesó la Ciudad de México la tarde-noche del 16 de abril de 1964, con destino al Museo Nacional de Antropología. Este suceso estuvo acompañado de una intensa lluvia, elemento que contribuyó a la construcción de una narrativa en el imaginario urbano, en la que la pieza fue asociada con Tláloc, deidad de la lluvia. No obstante, la idea de trasladar el Monolito a la capital del país se remonta al siglo XIX.
El colosal Monolito se encontraba en la Cañada del Agua, conocida actualmente como Cañada de Santa Clara o Cuna Tláloc. El Monolito se hallaba recostado, con el rostro orientado hacia arriba. Además, era conocido por la comunidad y sus alrededores como la Piedra de los Tecomates, por los doce “orificios” que tiene la pieza, que asemejan a un tecomate —una jícara o vasija— (ver imagen 1).
Imagen 1. Infografía del Monolito de Coatlinchán
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En agosto de 1882 se emprendió una expedición rumbo a Coatlinchán, con el objetivo de conocer al Monolito, encabezada por el director del Museo Nacional de México, Gumersindo Mendoza, el profesor de zoología y botánica Jesús Sánchez y el pintor José María Velasco. Como resultado de esta exploración, se realizó un reporte publicado en 1886 en los Anales del Museo Nacional de México, a través de este medio la Piedra de los Tecomates fue presentada ante la comunidad científica, iniciando su popularización. Acompañando dicha descripción, se incluyó un dibujo realizado por José María Velasco, el cual constituyó la primera imagen difundida del Monolito.
Los integrantes de la expedición de 1882 señalaron la intención de trasladar al Monolito, aunque indicaron que era costoso y difícil, por lo que propusieron la elaboración de una reproducción de la pieza. Otro testimonio que documentó la intención de trasladar a la Piedra de los Tecomates fue el periódico El Álbum de la Mujer, publicado el 10 de noviembre de 1889, en el cual se mencionó que Vicente Riva Palacio y Leopoldo Batres buscaban la manera de trasladar la pieza, empero, el proyecto enfrentaba importantes obstáculos debido a su peso y a las malas condiciones de los caminos.
En 1902, el cartógrafo Luis G. Becerril realizó una expedición a Coatlinchán con el propósito de estudiar al Monolito, y también retomó la posibilidad de trasladarlo a la Ciudad de México. Aunque reconocía las dificultades del terreno, consideraba viable su desplazamiento y destacaba el impacto que tendría su incorporación en el espacio museístico, por sus dimensiones.
Estas ideas se desarrollaron en un contexto en el que ya existían antecedentes de traslados monumentales. Por ejemplo, bajo la dirección de Leopoldo Batres, se trasladó la escultura de Chalchiuhtlicue desde Teotihuacán hasta el Museo Nacional, esto ayudó a consolidar la idea de que este tipo de operaciones eran posibles y, además, deseables.
En este marco, la ubicación del Monolito de Coatlinchán constituyó uno de los principales argumentos para justificar su traslado: su lejanía de la Ciudad de México y su emplazamiento en el fondo de la Cañada, cerca del arroyo. El historiador Alfredo Chavero señalaba que las condiciones que rodeaban la pieza habían contribuido a su deterioro, reforzando la idea de su necesaria reubicación.
La propuesta de trasladar al Monolito se mantuvo latente, pero sin realizarse, hasta que en la década de 1960 se materializó. En el contexto del proyecto de la construcción del Museo Nacional de Antropología, como parte de una política estatal cultural orientada a la consolidación de una narrativa nacional sobre el pasado prehispánico.
El 16 de abril de 1964, a las 6:15 horas, inició el traslado de la Piedra de los Tecomates, acontecimiento de relevancia tanto a nivel local como nacional. Este proceso fue precedido por una serie de negociaciones y por la ocupación del Ejército en la comunidad entre los meses de febrero y abril. El recorrido comenzó desde la Cañada hasta la carretera México-Texcoco. Después siguió por la carretera de Texcoco, y continuó por la Puebla-México, hasta llegar a la Ciudad de México y atravesar las avenidas principales.
Estos testimonios escritos demuestran que, desde finales del siglo XIX y principios del XX ya existía la intención explícita de trasladar al Monolito, aun cuando las condiciones técnicas y de infraestructura no permitieron su movilización. De este modo, el trayecto del Monolito no inició con su desplazamiento material hacia la Ciudad de México, se configuró previamente en las ideas, discursos y decisiones.
Mariana Ortiz Cortés*
Historiadora y docente de educación media superior. Estudiante de la Maestría en Estudios Regionales (MER) Instituto de Investigaciones Dr. José María Luis Mora. Líneas de investigación: historia cultural, procesos de patrimonialización, territorio, memoria e identidad.
