EL VUELO DE LAS LUCIÉRNAGAS

Las luciérnagas no deben extinguirse

En el libro El vuelo de las luciérnagas, se plantea entrenar la mirada para distinguir aquello que resiste entre el horror, las esquirlas de un tiempo roto y las nuevas formas de vigilancia y exclusión. | Leonardo Bastida

Escrito en OPINIÓN el

Ver y mirar suelen utilizarse como sinónimos, sin embargo, existe una gran diferencia entre ambos verbos, pues, ver refiere a la capacidad o competencia fisiológica del uso del sentido de la vista, mientras que, mirar alude a un acto voluntario y consciente, e implica, atención, intención y dirección. Puede ser un acto tan simple como sólo observar alrededor y el entorno o fijar los ojos en algún punto disponible a simple vista o escondido de ella. Sociológica y antropológicamente se ha definido a este acto como visibilidad, y al respecto se ha problematizado sobre si la mirada ejerce su acto libremente o deriva de una cierta coerción. 

Este problema ha sido retomado por la antropóloga, Rossana Reguillo, y la especialista en estudios culturales, Alina Peña Iguarán, quienes en su más reciente libro El vuelo de las luciérnagas. Pensar la resistencia frente a la violencia del poder (Siglo XXI Editores, 2026) proponen reaprender a mirar, para que dicha mirada sea un acto político que permita observar aquello que se oculta tras las formas de violencia y el silencio obligado detrás de ellas. 

Como parte de esas estrategias de conducción de la mirada, se han intentado borrar o imponer imágenes, palabras, cuerpos, escenas, y otros elementos, más, las autoras proponen desarmar esos regímenes de visibilidad vigentes, moldeados para mantener ciertas formas de poder y cerrar las opciones a quienes no puedan o no quieran asimilarlas. Todos ellos presentes en películas de diferentes géneros, series de televisión o streaming, noticias, videos de Tiktok, pinturas, documentales, intervenciones artísticas, videos virales, entre otros.

El hilo conductor de su propuesta son las luciérnagas, retomadas metafóricamente del pensamiento del cineasta italiano, Pier Paolo Passolini, quien consideraba que los procesos de modernización les extinguieron o les alejaron debido a los procesos de urbanización y de desarrollo, y de la de Georges Didi -Huberman, quien asegura que estas no han desaparecido del todo, sino que se han encubierto como consecuencia de la luminosidad total de los dispositivos de vigilancia, pero se mantienen presentes en el fondo. 

Un concepto que proponen es el de esquirlas, como recordatorio material de que se vive en un tiempo roto, pues estas refieren a esos fragmentos derivados de una detonación. Tiempos en los que las imágenes dictan un deben ser; en que las tecnologías fungen como mecanismos de control y la violencia es una pedagogía. En este último caso, las ficciones postapocalípticas muestran los escenarios por venir o lo que debe hacerse con el miedo, el odio, la seguridad y los sacrificios requeridos. 

Por ello, para las autoras, el reto está en renovar el ejercicio de mirar para encontrar esas pequeñas luces destelladas por las luciérnagas que, metafóricamente, representan un halo de esperanza. En cierta manera, por la particularidad de los momentos vividos actualmente, en los que la guerra y el capitalismo están basados en la acumulación por desposesión, concepto prestado del geógrafo David Harvey para englobar a la expansión territorial, la captura de recursos, el despojo, la violencia y el fraude. 

Una acumulación exacerbada en el mundo poscovid, donde se erige un modo de gobierno que administra la vida bajo lógicas de excepción normalizada, cálculo de daños y pigmentocracia. Además de reforzarse con restricciones que son cada vez menos físicas, sino que responden a los mecanismos digitales y hacen sus ejercicios de selección a través de cuestionables algoritmos, para fabricar a otro, a un supuesto peligro o a “un monstruo”.

Para desenmarañar lo anterior, las autoras recurren a la revisión de los postulados de Michel Foucault sobre el control de las poblaciones, a la propuesta de Gilles Deleuze de nuevas formas de ejercicio de poder, posibles, gracias a la tecnología, y a la lectura sobre el control de los cuerpos, como lo postula Achille Mbembe. 

En medio de todo este caos, hay ciertas imágenes, cuyo contenido no nace del espectáculo ni del cálculo sino de una urgencia afectiva y política, y un carácter contestatario les coloca en los márgenes del régimen visual. Y en ese sentido, las investigadoras llaman a imaginar, como un acto de romper con aquello que ordena, estabiliza y activa la creación. Pues, “imaginar es un acto insurgente que desafía la naturalización del mundo tal como es”.

Mirar luciérnagas no es cerrar los ojos al horror, sino que, es mirar la catástrofe de frente, reconocer las esquirlas y entrenar la mirada para distinguir aquello que resiste. Es un gesto ético, de resistencia y de sostenimiento de la esperanza. 

 

Leonardo Bastida

@leonardobastida