En 1819 Benjamín Constant advirtió sobre el peligro de la "libertad de los modernos"; que, absortos en el goce de nuestra independencia privada y en la persecución de nuestros intereses particulares, renunciáramos con demasiada facilidad a nuestro derecho de participación en el poder político. Hoy, en el primer cuarto del siglo XXI, esa advertencia se ha cumplido con una precisión quirúrgica. Nos hemos convertido en soberanos de nuestra alcoba, pero en esclavos de un mercado que dicta nuestros deseos y en clientes de un Estado que gestiona nuestras carencias sin hacernos partícipes de las soluciones.
El ciudadano como cliente y esclavo
La modernidad nos prometió autonomía, pero nos entregó una ciudadanía de baja intensidad. El "ciudadano" contemporáneo ha sido reducido a una categoría jurídica vacía: un sujeto de derechos que consume servicios públicos, pero que ha extraviado la cualidad de actor político. Hemos matado al ciudadano en el altar de la comodidad. Al abandonar la noción de virtud pública, la política dejó de ser la búsqueda de la "vida buena" aristotélica para convertirse en una mera técnica de administración de intereses, a menudo capturada por tecnocracias que ven en la participación popular un estorbo para la eficiencia.
El regreso a Aristóteles: la ciudadanía como ejercicio
Para reconstruir la célula básica de nuestra democracia, es imperativo volver a las fuentes. El ciudadano no nace por decreto legal; el ciudadano se hace a través de la praxis. Como sostenía Aristóteles, la ciudadanía es una función, no un estatus. Es la capacidad de "mandar y ser gobernado" alternativamente, un ejercicio que requiere virtudes específicas: la prudencia para deliberar, la valentía para disentir y la amistad civil para reconocer en el otro a un par necesario.
Te podría interesar
Recuperar la "libertad de los antiguos" no significa renunciar a nuestros derechos individuales, sino entender que estos son frágiles si no existe un cuerpo político que los sostenga. La libertad privada es una ilusión si no se defiende desde la libertad pública.
La tecnología: ¿nueva servidumbre o nueva liberación?
Aquí es donde el siglo XXI ofrece una oportunidad inédita. El gran obstáculo para la libertad de los antiguos fue siempre la necesidad del trabajo rudo, que en el pasado se resolvió mediante la injusticia de la esclavitud. Hoy, la inteligencia artificial y la automatización tienen el potencial de ser los "infra-esclavos" mecánicos que nos liberen de las tareas alienantes.
Sin embargo, esta liberación solo será real si democratizamos la tecnología. Si la técnica se utiliza para profundizar nuestra pasividad de "clientes", habremos perfeccionado nuestra servidumbre. Pero si socializamos estos instrumentos, podemos recuperar el tiempo necesario para la deliberación y el pensamiento crítico. La tecnología debe estar al servicio de la construcción de ciudadanos, no de la gestión de masas.
Busco un ciudadano
Como aquel loco en la plaza que con una linterna buscaba a un hombre, hoy nos toca gritar: “¿Dónde está el ciudadano?” La respuesta no está en las leyes ni en los códigos, sino en la voluntad de recuperar la política como una rama de la ética. Resucitar al ciudadano implica transformar nuestras aulas y plazas en laboratorios de virtud, donde el individuo se atreva a trascender su solipsismo para abrazar de nuevo el destino común.
La pregunta no es qué puede hacer el Estado por nosotros, sino cuándo dejaremos de ser simples espectadores de nuestra propia historia para volver a ser, con todas sus consecuencias, animales políticos.
