HUMANISMO

Bajar al hombre del pedestal: un humanismo a la mexicana

Un humanismo a la mexicana, en el siglo XXI, no puede fundarse en la exaltación del individuo, sino en el reconocimiento de la interdependencia. | Rubén Islas

Escrito en OPINIÓN el

Durante siglos una idea tan poderosa como engañosa sedujo: el humanismo como la cima del pensamiento. Se enseñó que en ese punto el ser humano rompía con lo divino, asumía el control de su destino y se instalaba en el centro del universo. Desde la libertad radical imaginada por Giovanni Pico della Mirandola hasta la soberbia desatada con la Revolución Industrial, el mandato fue claro: el mundo es un escenario vacío y la naturaleza un recurso inagotable dispuesto para nuestro dominio. Sin embargo, esa narrativa, tan brillante como seductora, ocultaba una violencia fundacional.

Ese fue el verdadero pecado original del humanismo clásico. Al elevar al “Hombre” —masculino, europeo y propietario— a la categoría de deidad terrenal, se legitimó la explotación de todo aquello que no encajaba en ese molde: los bosques, los ríos y, por supuesto, otros seres humanos. Hoy, frente al colapso ecológico y la crudeza de la desigualdad global, ese antropocentrismo arrogante ya no solo resulta insostenible, sino profundamente obsoleto.

Si queremos hablar de humanismo en el siglo XXI, es necesario comenzar por desmontar ese pedestal, y en ese gesto, México ofrece una trinchera intelectual privilegiada, aunque no en los términos en que tradicionalmente se ha pensado. Construir un humanismo a la mexicana exige, en primer lugar, un acto de ruptura: un parricidio intelectual frente a la tradición que durante décadas intentó explicar “lo mexicano” como una herida permanente. Ya no basta con psicoanalizar al país, el mexicano contemporáneo no es el sujeto acomplejado descrito por Samuel Ramos, ni el huérfano simbólico atrapado en el laberinto de Octavio Paz, ni la proyección estética de la “raza cósmica” de Vasconcelos. Esas interpretaciones, lúcidas en su tiempo, terminaron por fijar el dolor como esencia y, en muchos casos, sirvieron como coartada para justificar el paternalismo estatal.

En el contexto contemporáneo, atravesado por el neoliberalismo y las lógicas de la necropolítica, el problema no es una crisis de identidad, sino la existencia de un sistema que administra y desecha la vida. El sujeto mexicano de hoy no se define por su carencia simbólica, sino por algo mucho más radical: su capacidad obstinada de sobrevivir en medio de la catástrofe. Esa persistencia, más que cualquier rasgo cultural esencializado, constituye su verdadera condición ontológica.

Si la academia del siglo XX ya no ofrece una brújula suficiente, entonces es necesario buscar en otro lugar. El origen de un humanismo propiamente mexicano no está en los salones de debate ni en los discursos institucionales, sino en la experiencia concreta de organización comunitaria que emergió desde los márgenes de la historia. En ese sentido, la figura de Vasco de Quiroga resulta fundamental. Más que un pensador en el sentido clásico, fue un estratega de la supervivencia. Mientras en Europa el humanismo se desarrollaba como un ejercicio erudito, en la Nueva España adquiría la forma de una práctica material orientada a sostener la vida.

Al fundar los pueblos-hospitales en Michoacán, inspirados en la Utopía de Tomás Moro, Quiroga invirtió la lógica dominante del humanismo europeo. El individuo dejó de ocupar el centro para dar paso a la comunidad como núcleo organizador. El trabajo dejó de ser una condena para convertirse en una actividad compartida, orientada al sustento colectivo. El hospital, lejos de ser un espacio de confinamiento, se transformó en una red de cuidados. Lo que ahí se gestó no fue un humanismo de dominio, sino un humanismo de sostenimiento: una forma de entender la dignidad como algo que se construye en común.

Retomar hoy esa experiencia no implica nostalgia, sino una apuesta por pensar el presente desde otras coordenadas. Un humanismo a la mexicana, en el siglo XXI, no puede fundarse en la exaltación del individuo, sino en el reconocimiento de la interdependencia. No puede reproducir los modelos del Norte Global, responsables en gran medida de la crisis actual, sino que debe apoyarse en los saberes comunitarios, en las formas locales de organización y en una razón decididamente decolonial. Tampoco puede sostener el antropocentrismo que ha devastado el planeta, sino que debe asumir que no hay humanidad posible sin la defensa integral de la vida, en todas sus formas.

No somos el centro del universo ni los portadores de una esencia mítica. Somos, en todo caso, una sociedad atravesada por fracturas, pero también profundamente entrenada en el arte de recomponerse. Tal vez ahí resida nuestra mayor potencia: en la capacidad de remendar lo roto, de sostenernos en medio del derrumbe. En ese gesto, lejos de las fórmulas agotadas, México puede ofrecer al mundo no un nuevo pedestal, sino algo mucho más urgente: un humanismo más humilde, más firme y radicalmente comprometido con la tarea de sostener la vida.

Rubén Islas

@RubenIslas3