LIBERALISMO ECONÓMICO

La tiranía del mercado: la “libertad” totalitaria

La dinámica mercantil, librada a su propia inercia, engendra una conspiración permanente de los mercaderes contra el público y somete al ser humano a una división del trabajo que lo atrofia, volviéndolo ignorante y cobarde. | Rubén Islas

Escrito en OPINIÓN el

El mito fundacional de la modernidad capitalista sostiene que el mercado es el garante último de la emancipación humana, una premisa que se desmorona al revisar las advertencias de su propio profeta. Adam Smith, lejos de ser un apologista ciego del lucro irrestricto, diagnosticó con agudeza los vicios intrínsecos del capital y la inevitable sujeción del espíritu al mercado. Comprendió que la dinámica mercantil, librada a su propia inercia, engendra una conspiración permanente de los mercaderes contra el público y somete al ser humano a una división del trabajo que lo atrofia, volviéndolo ignorante y cobarde. Esta subordinación a las fuerzas ciegas de la oferta y la demanda demuestra que la libertad económica absoluta no es más que el preludio de una tiranía material. 

Ante esta evidencia empírica, las categorías históricas con las que el liberalismo económico ha intentado secuestrar el concepto de libertad revelan su vacuidad. Es imperativo desechar la falacia de Benjamin Constant, que escinde ilusoriamente una libertad de los antiguos frente a una de los modernos, así como la trampa conceptual de Isaiah Berlin, que bifurca artificialmente la libertad en negativa y positiva. No existen dos libertades, ni la emancipación se reduce a la mera exigencia de que el Estado se retraiga para dejarnos consumir en paz. 

La verdadera libertad, que es política como afirmó Aristóteles, es un bloque unitario que debe sustentarse ineludiblemente en la areté; una virtud activa y creadora que exige autodominio. Esta excelencia humana es incompatible con el aislamiento del burgués, pues la libertad solo cobra realidad cuando se asume éticamente como relación, como un entramado social donde el sujeto se reconoce en el otro mediante instituciones virtuosas, y no como una individualidad atomizada, caprichosa y egoísta.

Al abandonar la virtud como fundamento del Estado y de la convivencia, el terreno queda dispuesto para el neoliberalismo, que dista de ser una teoría de la libertad para revelarse como la consagración ideológica del abuso. Para esta doctrina posmoderna, la libertad se ha degenerado en irracionalidad pura: el derecho del más fuerte a maximizar sus utilidades aplastando cualquier consideración moral o comunitaria. Quizá, en nuestra limitación epistemológica, no sepamos definir con exactitud matemática qué es el bien absoluto, pero la experiencia histórica es implacable mostrándonos qué es el mal. El mal se conoce padeciéndolo, y su rostro más perdurable a lo largo de los siglos es la servidumbre. Si la esclavitud para los antiguos era una institución jurídica brutal pero explícita, la esclavitud real para los modernos se oculta bajo el eufemismo del contrato libre; es la explotación material y sistemática del individuo que, despojado de medios de subsistencia y arrojado a la tiranía del mercado, se ve coaccionado a vender su vida y su tiempo simulando que elige su propio destino.

Es precisamente esta aplastante evidencia de coacción material la razón por la cual el verdadero anarquismo histórico jamás aprobó el libre mercado ni la propiedad privada de los medios de producción. El pensamiento anarquista comprendió lúcidamente que abolir al Estado para entregar el monopolio de la fuerza a los dueños del capital es simplemente cambiar de amo, sustituyendo la opresión política por una dictadura corporativa privada infinitamente más asfixiante y arbitraria.

Por ello, constituye una obscenidad intelectual y un fraude histórico que los actuales acólitos del neoliberalismo se autodenominen "libertarios" o "anarcocapitalistas". No hay libertad en el latifundio económico ni anarquía liberadora en el monopolio privado; solo hay sumisión a un poder plutocrático que no rinde cuentas a nadie. Así llegamos al ocaso de nuestra época, dominada por los nuevos dictadores de las finanzas globales y los monopolios tecnológicos. Estos actores hegemónicos operan por encima de los Estados y las soberanías, imponiendo un totalitarismo algorítmico y financiero que coloniza hasta nuestros deseos más íntimos. Se presentan ante el mundo como los grandes defensores de la innovación y la libre elección, pero no son más que los apologistas de una libertad diseñada para destruir las virtudes mismas de la libertad, demostrando que cuando el mercado se emancipa de la política y de la areté, la promesa liberal de la individualidad termina por convertirse en la tumba de la civilización humana.

Rubén Islas

@RubenIslas3