#ENLAMIRA

No soy yo: son ellos mirándome

El retrato nunca ha sido un espejo fiel, sino una interpretación insistente. A veces cercana, a veces equivocada, pero siempre parcial. | Ulises Castellanos

Créditos: Selva lacandona, Chiapas, 1994. Foto de Raúl Ortega
Escrito en OPINIÓN el

El retrato ha sido, desde que existe la fotografía, una forma de pelearle al tiempo… aunque sepamos que vamos perdiendo. Pienso en aquellos daguerrotipos del siglo XIX, donde la gente debía quedarse inmóvil durante largos segundos, tiesa, solemne, como si ya estuviera ensayando su propia ausencia. Desde entonces, algo no ha cambiado: cada retrato es un intento de fijar una versión de uno mismo que resulte, al menos, soportable. Antes era un lujo; hoy es un reflejo automático. Cambiaron las herramientas, no la intención.

Con los años entendí que el retrato no es inocente. Nunca lo fue. August Sander quiso ordenar a la humanidad; Diane Arbus se metió donde otros no querían mirar; Avedon desnudó el gesto hasta dejarlo casi sin defensa. En México, el retrato se volvió otra cosa: testimonio, evidencia, memoria incómoda. Muchas veces, detrás de una cara hay más historia que en cualquier discurso. Y aun así, siempre queda la duda: cuánto hay de verdad y cuánto de construcción en lo que vemos.

Ahora vivimos rodeados de rostros. Los vemos todo el tiempo, pero rara vez los observamos. La tecnología nos da más herramientas —cámaras precisas, drones, algoritmos que corrigen hasta el alma—, pero no resuelve lo esencial: cada retrato sigue siendo una negociación. Entre quien mira y quien es mirado. Entre lo que se quiere mostrar y lo que inevitablemente se escapa.

Con todo eso en la cabeza —y también con las dudas— llego a la exposición que inauguro el próximo 9 de junio de 2026 en el Museo Archivo de la Fotografía, en la Ciudad de México. Son más de 50 imágenes que recorren distintos momentos de mi trabajo. Hay imágenes clásicas, sí, pero también búsquedas más recientes donde el uso del dron cambia la perspectiva. No por novedad técnica, sino porque a veces basta mover unos metros la mirada para descubrir que no estábamos viendo bien.

Incluí también la nueva serie “Las Vivas de Juárez”. Mujeres que he fotografiado este año y que, de alguna manera, contradicen la narrativa fácil de una ciudad que suele contarse desde la herida. No están ahí como símbolo ni como consigna. Están porque siguen, porque sostienen, porque miran de frente. Y eso, en Juárez, tiene un peso específico.

Pero hay una parte de la exposición que me ha hecho detenerme más de la cuenta. Diez retratos míos, hechos por diez fotógrafos distintos. Amigos, colegas, jefes. Gente con la que he trabajado, discutido, aprendido. Cuando un colega me preguntó para qué incluirlos, no supe responder de inmediato. Y eso, para alguien que pretende explicar cosas, ya era una señal.

He pasado buena parte de mi vida detrás de la cámara, decidiendo cómo se ve alguien más. No es un acto menor. Uno encuadra, ilumina, espera, elige. En ese proceso hay oficio, pero también hay una forma de control. Colocarme ahora del otro lado —frente a la mirada de quienes respeto— ha sido incómodo. Y necesario.

Porque lo que aparece en esos diez retratos no es “yo”, al menos no de una sola manera. Son diez versiones, diez lecturas, diez formas de entender un mismo rostro. En algunas me reconozco; en otras, no tanto. Y ahí es donde la cosa se vuelve interesante: todo este tiempo he hecho exactamente eso con los demás.

Tal vez esa es la respuesta que no supe dar en el momento. No se trata de exhibirme, sino de evidenciar el mecanismo. De aceptar que el retrato nunca ha sido un espejo fiel, sino una interpretación insistente. A veces cercana, a veces equivocada, pero siempre parcial.

Después de tantos años mirando, tocaba ser mirado.

Diez fotógrafos para desmontarme, los autores son: Rogelio Cuéllar, Juan Miranda, Raúl Ortega, Francisco Mata Rosas, Carlos Aranda, Alana Carranza, Marina Morris, Pascal Beltrán del Río, Fernando Villa del Ángel y un último autor del cuál me reservaré su nombre.

Cada fotógrafo vio algo distinto, una luz, una sombra, un gesto. Y ahí aparece la pregunta de fondo: si ni siquiera uno puede fijar su propia imagen, ¿qué estamos haciendo cuando retratamos a los demás?

Y sí, hay ironía en todo esto. Después de décadas intentando capturar la “esencia” de otros, descubro que la mía se multiplica en manos ajenas. No soy uno: soy diez miradas, diez interpretaciones, diez pequeñas traiciones visuales. Cada uno de ellos decidió qué conservar y qué descartar. Exactamente lo mismo que yo he hecho toda la vida.

Nos vemos en el museo.

Ulises Castellanos

@MxUlysses