En México nos encanta explicar la caída de la natalidad con respuestas cómodas: que si la economía, que si el costo de la vida, que si la juventud “ya no quiere compromisos”. Todo eso influye, claro. Pero hay una explicación más incómoda, más contemporánea y, por eso mismo, más difícil de admitir: cabe en el bolsillo, se ilumina con notificaciones y nos acompaña hasta la cama.
La caída global de la natalidad no ocurrió de manera aislada. Según un reciente estudio internacional, desde 2010, países tan distintos como Corea del Sur, Irán, España, México o Chile, entre muchos otros, comenzaron a registrar descensos sincronizados en su fertilidad. La coincidencia es demasiado grande para ignorarla: fue también la década en que el smartphone se masificó y la red 4G convirtió la conexión en una extensión permanente de la vida diaria. No es una prueba cerrada, pero sí una correlación suficientemente fuerte como para dejar de mirar al techo y empezar a mirar al celular.
La explicación económica, por sí sola, se queda corta. Sí, la precariedad pesa, la vivienda cuesta, los salarios no alcanzan y la inseguridad arruina planes. Pero el cambio no se entiende completo si no se mira la transformación de la juventud. Hoy la socialización dejó de ocurrir principalmente en la calle, en la plaza, en la fiesta o en el bar, y se mudó a la pantalla. En México, según el Inegi, más de 97 millones de personas usan teléfono celular con internet, y los jóvenes de 18 a 24 años son quienes más tiempo pasan conectados: 5.9 horas diarias en promedio. No es poca cosa: son más de 2 mil horas al año frente al dispositivo.
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Y ese tiempo no es neutral. Se va en entretenimiento, redes sociales, videos cortos, mensajería, videojuegos, contenido infinito. La vida social se digitalizó, y con eso cambió también la manera de cortejar, de convivir y de sostener una relación. El problema no es solo que haya menos encuentros; es que muchos encuentros ya ni siquiera suceden fuera de una pantalla. Antes uno se enamoraba en una fiesta o al menos en una mala discoteca con música insoportable; ahora se intenta en un feed donde todo compite con todo y nadie dura más de tres segundos sin deslizarse a otra distracción.
En México, además, los datos del Inegi ya no dejan mucho espacio para la nostalgia estadística. En 2023 se registraron 1 millón 820 mil 888 nacimientos, una caída de 3.7 por ciento frente al año previo; la tasa de natalidad fue de 52.2 nacimientos por cada mil mujeres en edad fértil. Y en 2024 el descenso siguió: 1 millón 672 mil 227 nacimientos y una tasa de 47.7, con una baja de 4.5 puntos respecto al año anterior. Dicho sin eufemismos: México ya no está teniendo hijos al ritmo que tuvo durante décadas.
También cayó la fecundidad adolescente, que durante años fue una especie de termómetro brutal de la desigualdad y de la falta de opciones. El Inegi reporta que la tasa pasó de 70.6 a 45.2 nacimientos por cada mil mujeres de 15 a 19 años entre 2018 y 2023. Esa caída puede leerse como avance social, como mejor acceso a información o como resultado de políticas públicas. Todo eso suma. Pero también encaja con una realidad menos elegante: los adolescentes y jóvenes ya viven en otro ecosistema emocional, mucho más mediado por pantallas que por vínculos presenciales.
Dentro de las parejas, la tecnología tampoco ayuda mucho. El celular ya no acompaña la relación: muchas veces la interrumpe. La conversación se fragmenta, la atención se divide, la intimidad compite contra un algoritmo que nunca se cansa y siempre ofrece algo nuevo. TikTok, Netflix, videojuegos y pornografía hacen lo suyo: prometen dopamina inmediata sin el trabajo emocional que exige la convivencia real. Y claro, la dopamina barata gana porque no reclama, no discute y no deja la ropa tirada. La pareja real, en cambio, sí.
A eso se suma una generación que creció conectada pero no necesariamente acompañada. Ansiedad, soledad, vínculos frágiles y una adultez que se recorre hacia adelante: los treinta son los nuevos veinte, pero sin la estabilidad de antes. Por eso los incentivos pronatalistas suelen fracasar. Subsidios, campañas o discursos moralistas pueden ayudar en los márgenes, pero no corrigen el fondo del asunto. El problema no es solo de dinero. Es de soledad, de hábitos, de aspiraciones y de una cultura que ahora premia más la autonomía digital que la construcción de familia.
México todavía habla como si la familia fuera la norma y la excepción fuera no tener hijos. Pero la realidad ya se movió. Las estadísticas lo dicen, aunque nos incomoden: cada vez hay menos nacimientos, menos fecundidad juvenil y menos disposición a convertir la vida privada en un proyecto de crianza. Y no, no se trata de que los jóvenes mexicanos se hayan vuelto egoístas de la noche a la mañana. Se trata de que crecieron en un mundo donde la atención la disputan la escuela, el trabajo, el miedo a la calle, la precariedad y una pantalla que nunca se apaga.
El mundo no dejó de tener hijos porque se hizo más rico. México tampoco. Dejamos de tenerlos cuando empezamos a vivir más hacia adentro de un teléfono que frente a los demás. Y eso, aunque suene exagerado, ya está en los números.
