Un hombre naufraga en medio del océano y cuando está a punto de morir aparece milagrosamente un barco que le ofrece rescatarlo; el náufrago rechaza la ayuda y le dice que no la necesita porque sabe que su Dios lo va a rescatar; el barco se va y cuando el hombre se va quedar sin fuerzas para nadar aparece inesperadamente un helicóptero que le arroja una escalera de emergencia; nuevamente el hombre les da las gracias, y le dice que está seguro de que Dios lo habrá de proteger. Finalmente, el hombre muere ahogado y cuando le reclama a la divinidad por haber traicionado su fe, Dios le dice que claro que lo quiso salvar y por eso le mandó hasta un barco y un helicóptero para su salvación.
El viejo chiste sirve para ilustrar la relación que existe hoy entre el gobierno de Claudia Sheinbaum y el gobierno de los Estados Unidos; una relación en la que parece que se trata de ahogar al gobierno mexicano con el combate a los narcopolíticos pero al que en realidad todos los días se le ofrecen opciones para poder sobrevivir.
La primera señal de rescate ocurrió durante meses, si no es que años, en los que a través de la prensa mexicana se le hizo saber al gobierno de Claudia Sheinbaum que había una lista de políticos vinculados al narco que el gobierno de EU quería detener; ante la inacción mexicana, el segundo mensaje fue una petición de detención con fines de extradición para que fuera el gobierno mexicano el que detuviera a los responsables.
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Por si fuera poco, el poder de EU ha dejado pasar semanas en las que el gobierno mexicano pudo haber arrancado sus propias investigaciones en contra de los acusados para acreditar que en México sí se combate a esos crímenes, y que “soberanamente”, podemos limpiar la casa sin necesidad de la ayuda del vecino.
Ninguna de esas cosas ocurrió. Por el contrario, el gobierno de Claudia Sheinbaum se atrincheró en la defensa de los suyos, rechazó las peticiones de extradición argumentando falta de pruebas, sacó la bandera nacional para rechazar las peticiones -aunque se hicieran a través de un tratado avalado por México, como ha advertido Carlos Bravo- e incluso ha doblado la apuesta, ahora reclamando a EU por las peticiones que México ha hecho a ese país y que no han sido atendidas.
El gobierno mexicano incluso se ha cerrado las propias oportunidades para poder escapar de la crisis. En vez de abrir investigaciones propias -que le permitirán en el mejor de los casos combatir la impunidad y en el peor administrar el proceso- ha puesto a su secretario de Seguridad a decir que nunca han encontrado elementos contra el exgobernador de Sinaloa, y ha sido la propia presidenta quien ha defendido la elección con la que llegó Rocha Moya al poder. Con esos planteamientos, ¿cómo puede un día cambiar de opinión?, ¿cómo podría explicar el gobierno que siempre sí actuará cuando ha dicho que todo ha sido limpio?
Incluso, se ha arrinconado tanto narrativa y políticamente, que ahora cualquier entrega de cualquier sospechoso será percibida como una derrota, una renuncia a la soberanía. Lo que antes era un procedimiento normal, lo han convertido en un indicador de la fortaleza de la patria.
Y lo peor es que al rechazar cualquier salida legitiman el discurso desde adentro y desde Estados Unidos que plantea que la intervención externa es necesaria porque internamente no hay forma de que el gobierno mexicano rompa con el pacto de impunidad entre narcos y políticos. En la inacción parecen facilitar justo aquello que dicen querer evitar.
No sé si el gobierno mexicano terminará como el náufrago, lo que sí está claro es que al menos hasta ahora ha rechazado todas las opciones que ha recibido para poderse salvar.
