A unos días de que arranque el Mundial de Fútbol 2026, la Ciudad de México parece correr contra el tiempo. Durante los últimos meses hemos presenciado obras inconclusas, reordenamientos urbanos y una acelerada disputa por el espacio público que revelan que la verdadera contienda ya inició: quién tiene derecho a habitar la ciudad mundialista.
Aunque el 13 de junio de 2018 se anunció oficialmente que México —con sedes en CDMX, Guadalajara y Monterrey— compartiría la organización del Mundial con Estados Unidos y Canadá, no fue sino hasta los últimos meses cuando la Ciudad de México ha experimentado de forma evidente las tensiones urbanas que acompañan a los megaeventos. Incremento de rentas, desalojos, presión turística, reconfiguración del espacio público y una acelerada modernización parecen condensarse en menos de un año, pese a que las autoridades tuvieron casi ocho años para planificar e implementar en la ciudad aquellas obras necesarias para un evento de dicha magnitud.
La lógica detrás de estas transformaciones no es nueva. Los grandes megaeventos suelen venir acompañados de procesos de reordenamiento urbano orientados a proyectar una imagen de modernidad y seguridad. El espacio público deja de ser un lugar de encuentro y convivencia convirtiéndose en un lugar de exclusión, donde solo quienes puedan pagar un boleto del mundial están permitidos. Las personas que con su trabajo mantienen la ciudad viva en la cotidianidad son enviados a casa a observar como la fiesta mundialista sucede sin que las contemplen.
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Mientras los gobiernos se preparan para la llegada de miles de extranjeros, las personas en las ciudades se quedan sin vivienda, transporte público, agua, luz, trabajo. Quien se mueve en transporte público padece de la premura por terminar las remodelaciones superficiales antes de que las cámaras lleguen.
La CDMX se ha convertido en la capital de las obras y las remodelaciones. Como con la “Ciclovía, la Gran Tenochtitlán”, que, si bien es un proyecto necesario, las formas de implementación han sido cuestionables; la construcción de la “Calzada Flotante de Tlalpan”; desalojos en diferentes edificios de la ciudad, entre otras. No obstante, los principales proyectos se han concentrado en la “limpieza” de la ciudad, transformando su imagen a color morado y pintando murales relacionados con el Mundial.
Frente a estos procesos, también se han multiplicado distintas formas de resistencia, movilización y acción colectiva. Algunas utilizan el propio lenguaje del fútbol como herramienta de protesta; otras se articulan con demandas históricas vigentes sobre vivienda, movilidad, derechos sobre el territorio y el agua, así como por la desaparición forzada. Aunque sus causas son distintas, todas comparten una misma preocupación: quiénes quedan fuera de la ciudad y de las prioridades políticas construidas alrededor del Mundial.
Varias movilizaciones han recurrido al fútbol como forma de manifestación. Este tipo de protestas se han presentado desde hace varios meses, particularmente al sur de la ciudad. Uno de los episodios representativos ocurrió el sábado 28 de marzo durante la reinauguración del Estadio Azteca. Tras permanecer cerrado por casi dos años para ser adaptado a las normativas de la FIFA, el recinto volvió a abrir bajo un operativo de blindaje pocas veces visto en la zona.
Mientras algunos celebraban la reapertura del estadio, habitantes de la colonia Santa Úrsula, quienes se han movilizado por problemáticas que se han agudizado por el Mundial, convocaron a una “Mega Reta” en las inmediaciones del estadio. Debido al operativo, la protesta terminó desplazándose frente a la Escuela Nacional de Antropología e Historia. Ahí, entre balones y pancartas, reclamaron que ni el fútbol ni las calles pertenecen a las empresas transnacionales. También denunciaron la escasez de agua, el crecimiento de las viviendas temporales y el despojo a los locales.
Las movilizaciones “Anti-FIFA” han encontrado resonancia con las recientes marchas antigentrificación. Asimismo, las protestas estudiantiles por las fallas constantes en el transporte público dialogan directamente con el contexto mundialista.
Finalmente, en una dimensión todavía más compleja, los colectivos de madres buscadoras también han señalado el contraste entre la atención política, mediática y presupuestal destinada al Mundial y la insuficiente respuesta institucional frente a la crisis de desapariciones en el país. Aunque se trata de una problemática que rebasa por mucho las disputas urbanas, su aparición en este contexto evidencia cómo los grandes espectáculos globales acentúan las prioridades públicas.
Aunque distintas entre sí, estas movilizaciones revelan una misma preocupación, es decir, que detrás de la promesa de la transformación, modernización y el espectáculo también se juega una disputa por el derecho a habitar, transitar y permanecer en la ciudad.
Estos ejemplos nos recuerdan que los megaeventos nunca duran únicamente unas semanas. Sus consecuencias sociales y urbanas permanecen mucho más tiempo que los partidos. Por eso, detrás de las obras, los operativos y la narrativa de transformación, lo que hoy comienza a disputarse en la CDMX es quién tiene derecho sobre la ciudad y quién podrá seguir habitándola.
Lo que está en disputa no es únicamente un evento deportivo, sino el modelo de ciudad que permanecerá después del Mundial. Porque cuando las cámaras se apaguen y el torneo termine, las transformaciones urbanas continuarán ahí: las rentas elevadas, la presión inmobiliaria y las nuevas formas de exclusión sobre el espacio público. La pregunta, entonces, no es sólo para quién se está construyendo la ciudad mundialista, sino qué ciudad quedará para quienes la habitan cuando el espectáculo termine.
Débora C. Espinosa Montesinos*
Licenciada en Historia por la FFyL de la Universidad Nacional Autónoma de México, maestra en Sociología Política por el Instituto Mora. Actualmente, doctoranda en Historia Moderna y Contemporánea en la misma institución. Interesada en los procesos de la memoria en los conflictos universitarios, las culturas del recuerdo y la historia reciente de América Latina.
Luis Carlos Sierra Avila*
Licenciado en Diseño del Hábitat por la Universidad Autónoma de Yucatán, maestro en Sociología Política por el Instituto Mora. Actualmente, doctorando en Ciencias Políticas y Sociales en la UNAM. Interesado en la construcción de narrativas políticas en redes sociodigitales y en los estudios del hábitat y las formas de habitar.
