En México existe una idea según la cual se confunde gobernar con inaugurar. Esta no es una idea nueva, pero se ha llevado al extremo en los dos últimos sexenios. Con base en esta lógica, la aprobación de los gobernantes se mide por cuántas obras se inauguran, dejando de lado otros factores, como la fortaleza de las instituciones, el uso de las finanzas públicas o las reformas estructurales, que se reducen a simples complementos de las obras.
Esta doctrina incluso cuenta con la aprobación de Palacio Nacional. El 20 de mayo, la presidenta Sheinbaum resumió esta idea con una frase: “¿Qué obra recuerdan del periodo de Calderón? Media barda de una refinería”. Además de ser soberbia, esta sentencia presenta problemas con el criterio en el que se basa, y las obras emblemáticas de la 4T ni siquiera resisten su propia vara. Dos bocas se incendió sin siquiera operar a plena capacidad; el Tren Maya se descarriló en sus primeros meses, y el AIFA opera al 40% y mueve a una tercera parte de las personas que deberían mover. Si el legado de un mandato se mide por sus obras, vale la pena preguntarnos en qué estado están las de la 4T y en qué estado estarán dentro de una década.
El problema no radica en que se valoren las obras públicas; la cuestión es que se conviertan en el único medidor de un buen gobierno. Las reformas fiscales, los sistemas de educación eficaces y las políticas industriales proyectadas a años en el futuro no son cosas que se puedan subir a redes sociales, pero sí son los factores que distinguen a un país que progresa de uno que se queda estancado y México lleva años atrapado en gobiernos que priorizan las obras que rinden votos y olvidan las reformas que dirigen el cambio.
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El mundial de futbol ejemplifica la perfección de este modelo. El gobierno federal ya ha destinado 1,500 millones de pesos a las tres sedes del gobierno federal, además de que la Ciudad de México agregó otros 6,000 millones de un fondo enfocado en el turismo. Solo en Nuevo León, sumando todos los proyectos y obras, la inversión supera los 100 mil millones de pesos. Inversiones millonarias en un país en el que su inversión productiva cae cada día y los recortes presupuestales para mantenerla aumentan. Aunque muchos gobiernos siempre intenten presentar estos proyectos como oportunidades de crecimiento, la evidencia es que rara vez lo son, y pensar que México podría ser diferente es caer en la inocencia.
Ya a pocas semanas del mundial, varias obras en la capital pensadas para este siguen inconclusas, y el gobierno local optó por empezar la “axolotización”, cambiando el color de la ciudad por morado y con figuras de axolotes. Dejando en evidencia que, cuando el tiempo escasea, lo primordial es lo que aparece en las fotos. El problema de esta forma de gobernar radica en los sexenios que le siguen. Ya que les muestra a las personas y a las futuras generaciones que el éxito de un gobierno no es el tamaño de sus cambios estructurales sino las obras que pudieron inaugurar. Siendo esta una más de las herencias políticas que se trancarán y acabarán, y que terminarán costándonos más que cualquier otra obra.
